martes, 25 de marzo de 2008

NOS QUEDAMOS SIN GUIONISTA

Dibujó, con la mayor ternura, toda la sordidez de la España de los 50, que no era muy diferente a la de otros países de Europa. Dibujo personajes que eran todo un prototipo. Creó situaciones verosímiles para narrar historias totalmente reales. Para hablar de relaciones humanas en momentos difíciles. Creó diálogos brillantes con el más sencillo y pulido de los castellanos. Era, absolutamente real.
Lo suyo no eran guiones de cine, ni artículos de revista, ni relatos cortos. Eran pedazos de realidad puestos sobre el papel. Igual que Velázquez llevo la realidad al lienzo, Rafael Azcona fue capaz de recortar trozos de lo que le rodeaba y ponerlos sobre unas cuartillas con la brillantez que da la sencillez del que no es pretencioso.
Con ese quehacer sencillo, discreto, se hizo imprescindible. Si hay alguien grande en el cine español ese es Azcona. Hizo grandes a muchos directores mediocres. Ofreció momentos sublimes a muchos actores que nunca deberían haberlo sido. Dignifico más de una cinta nacida para no ser estrenada. Y, cuando en algún caso excepcional, se juntó un gran director, unos buenos actores y un equipo competente, Azcona se hizo imprescindible y surgió el milagro.
Si hubiese trabajado con Billy Wilder, con Mankiewicz, con Ford, todo el mundo del cine estaría hoy llorando. Y eso que se fue tan discreto como pasó por la vida. Sin una voz más alta que otra, riéndose de casi todo y quitándose méritos. Para la inmensa mayoría era un nombre sin rostro, un rostro anónimo, una voz sin timbre. Y así debemos recordarlo, como guionista nuestro que fue.

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