"Sí, claro que creo en la justicia. Lo cual no quiere decir que crea en la actuación de todas y cada una de las personas (jueces, abogados y demás) que forman la administración de justicia". Lo ha dicho Ángel Luna, portavoz socialista en las Cortes Valencianas.
Antes de ponerse a alabar o criticar el comentario sin más, poniendo más atención en quién ha dicho qué, que en qué es lo que ha dicho quién quiera que sea el que lo haya dicho, párense un momento a pensar. En el fondo, todos y cada uno de los españoles pensamos un poco eso. Si la justicia dice lo que nosotros queremos que diga, lo alabamos, lo acatamos, lo respetamos y nos mostramos ufanos de todo ello. Si, por el contrario, dice lo contrario de lo que nosotros queremos que diga, aseguramos que lo acatamos, como no podía ser de otra manera pero que discrepamos, y que vamos a recurrir y que, si llegado el caso, tampoco en la instancia superior se nos da la razón, pues habremos agotado la vía judicial, pero seguimos estando en desacuerdo.
Estos días, se ha confirmado uno de esos casos lamentables que se dan en todos los sistemas judiciales, sean del tipo que sean y apliquen la doctrina que apliquen y se produzcan en el país que se produzcan. Un señor, de nombre Rafael Ricardi, acaba de ver como el Tribunal Supremo anulaba una sentencia por violación que le tuvo en la cárcel durante 13 años. Se lo imaginan. Este pobre hombre es un don nadie. Un tipo que en el momento de ser detenido estaba enganchado a la droga y vivía debajo de un puente.
Ahora, ya en libertad, sigue siendo un don nadie. Malvive en Cádiz y su caso apenas ha levantado polvareda. De hecho, él casi ni se entera. Nadie, salvo los carroñeros medios de comunicación, se ha puesto en contacto con él. No está claro si le corresponde una indemnización ni cuál sería la cuantía. No lo sé, no tengo ningún dato al respecto, pero seguro que él se cansó de decir que era inocente. Cuando conoció la sentencia seguro que dijo que no estaba de acuerdo, que le parecía injusta y que la iba a recurrir. Seguro que todos los que entonces le oyeron decir eso pensaron, ya estamos como siempre. Pero al final, se ha demostrado que él tenía razón.
Si admitimos que esos hechos son así, tenemos que admitir que en algunos otros casos, la justicia no sólo se equivoca, sino que nunca sabremos que se ha equivocado. Sin embargo, vivimos en sociedad, entre otras cosas, para poner en manos de unas personas la administración de justicia. Y si se equivocan, y lo hacen de mala fe, ellos mismos se verán atrapados en la rueda de la justicia. Pero si se equivocan, simplemente porque todos nos equivocamos, o porque no disponen de todos los elementos de juicio posibles, no podemos estar cuestionándoles permanentemente. Unos u otros. Ese comportamiento sólo nos hace un poco más débiles a todos. Sólo que no nos damos cuenta.
Así de torpes somos. Si desconfiamos de una persona en concreto, sea una enfermera, un albañil, un juez, una costurera, un policía o un político, busquemos las pruebas de su mal comportamiento para que la justicia juegue su papel. Pero si lo único que no nos gusta es que no siempre tenemos razón, entonces, lo mejor que podemos hacer es callarnos.
martes, 4 de agosto de 2009
viernes, 31 de julio de 2009
ESTÁ EN SUS MANOS
¿A quién le importa si cumplen 50 años, o 60, o los años que quieran cumplir?. ¿Qué más da?. ¿Qué más da que sean 35 o 65?. ¿Qué más da que la fecha sea el 31 de julio, el 27 de noviembre o el 14 de marzo?. No importa nada.
No importaba demasiado en su momento, pero ahora, desde hace un par de décadas, no importa absolutamente nada. Por no importar, no nos va a importar ni la fecha exacta en la que desaparezcan.
Molesta, y mucho. Duele, enormemente, que sigan destruyendo nuestra vida. Que sigan matando a nuestros seres queridos. Que sigan causándonos dolor y que no se den cuenta de que no lo van a conseguir. No dejo de preguntarme si es tan difícil darse cuenta con 18, 20, 25 años de algo y no con 35 ó 40. No dejo de preguntarme si es tan diferente la perspectiva que se tiene estando en la clandestinidad o estando en la cárcel. Supongo que tiene mucho más que ver con el hecho de tener una pistola en el bolsillo. Con el hecho de que te regalen el oído una panda de mentecatos que no quieren, para ellos, la vida que te instan a tener a ti.
Las dinámicas de grupo son siempre perversas. El otro día volví a ver “El viaje de Arián” una película normalita, sin muchas pretensiones, en la que se pretende hacer una aproximación al mundo que rodea a ETA y a sus comandos y a sus terroristas. Seguro que tiene muy poco que ver con la realidad, pero es curioso que la Arián del título sea una persona perfectamente normal, creativa y sensible, que se ve atrapada en una red por su juventud y por una serie de personas que se la van ganando poco a poco hasta inculcarle una sensación de odio que no encaja demasiado con ella pero que ella asume como propia.
Pero llama mucho más la atención que esa Arián tenga tiempo de darse cuenta del error y de rectificar, también a tiempo. No voy a contar el final, obviamente, pero acaba como tiene que acabar. Quizás por eso, quien se asoma a ETA termina matando y en la cárcel. Ese es, desde hace un par de años, el mensaje que no se cansa de repetir el sibilino Rubalcaba. Ese mensaje unido a otros igual de obvios, igual de simples, pero creo que igual de eficaces.
Supongo que nadie, a estas alturas, pensará que el Ministro de Interior improvisa sus ruedas de prensa y las cosas que dice. Lleva las frases y, sobre todo, las ideas, perfectamente estructuradas. Y son mensajes diseñados tanto para impactar entre nosotros como para empapar a los etarras. ¿O es qué nos creemos que habrá más de uno que se lo piense después de que el Ministro amenazase, por cuarta vez en menos de un año, con que no sabemos quién es el nuevo número 1 de ETA, pero ya lo estamos buscando para ponerlo en la cárcel?. Claro que cala.
El problema es que mientras vamos metiéndoles barrotes por el culo a esos hijos de puta, ellos van a seguir matando. Tenemos que darnos prisa, para que nuestras muertes sean las menos posibles. Pero tenemos que tener la tranquilidad de saber que siempre seremos más, de que siempre tendremos más razón y de que cuanto más tiempo pase, más de ellos estarán muchos años en prisión.
En sus manos está.
No importaba demasiado en su momento, pero ahora, desde hace un par de décadas, no importa absolutamente nada. Por no importar, no nos va a importar ni la fecha exacta en la que desaparezcan.
Molesta, y mucho. Duele, enormemente, que sigan destruyendo nuestra vida. Que sigan matando a nuestros seres queridos. Que sigan causándonos dolor y que no se den cuenta de que no lo van a conseguir. No dejo de preguntarme si es tan difícil darse cuenta con 18, 20, 25 años de algo y no con 35 ó 40. No dejo de preguntarme si es tan diferente la perspectiva que se tiene estando en la clandestinidad o estando en la cárcel. Supongo que tiene mucho más que ver con el hecho de tener una pistola en el bolsillo. Con el hecho de que te regalen el oído una panda de mentecatos que no quieren, para ellos, la vida que te instan a tener a ti.
Las dinámicas de grupo son siempre perversas. El otro día volví a ver “El viaje de Arián” una película normalita, sin muchas pretensiones, en la que se pretende hacer una aproximación al mundo que rodea a ETA y a sus comandos y a sus terroristas. Seguro que tiene muy poco que ver con la realidad, pero es curioso que la Arián del título sea una persona perfectamente normal, creativa y sensible, que se ve atrapada en una red por su juventud y por una serie de personas que se la van ganando poco a poco hasta inculcarle una sensación de odio que no encaja demasiado con ella pero que ella asume como propia.
Pero llama mucho más la atención que esa Arián tenga tiempo de darse cuenta del error y de rectificar, también a tiempo. No voy a contar el final, obviamente, pero acaba como tiene que acabar. Quizás por eso, quien se asoma a ETA termina matando y en la cárcel. Ese es, desde hace un par de años, el mensaje que no se cansa de repetir el sibilino Rubalcaba. Ese mensaje unido a otros igual de obvios, igual de simples, pero creo que igual de eficaces.
Supongo que nadie, a estas alturas, pensará que el Ministro de Interior improvisa sus ruedas de prensa y las cosas que dice. Lleva las frases y, sobre todo, las ideas, perfectamente estructuradas. Y son mensajes diseñados tanto para impactar entre nosotros como para empapar a los etarras. ¿O es qué nos creemos que habrá más de uno que se lo piense después de que el Ministro amenazase, por cuarta vez en menos de un año, con que no sabemos quién es el nuevo número 1 de ETA, pero ya lo estamos buscando para ponerlo en la cárcel?. Claro que cala.
El problema es que mientras vamos metiéndoles barrotes por el culo a esos hijos de puta, ellos van a seguir matando. Tenemos que darnos prisa, para que nuestras muertes sean las menos posibles. Pero tenemos que tener la tranquilidad de saber que siempre seremos más, de que siempre tendremos más razón y de que cuanto más tiempo pase, más de ellos estarán muchos años en prisión.
En sus manos está.
martes, 28 de julio de 2009
NO TENGO GANAS DE ESCRIBIR
No tengo mucha disculpa. Ya se que no es este un cuaderno de referencia y de verdad que me gustaría darle un lavado de cara pensando en la nueva temporada y en ese puñado de fieles que todavía lo leen, aunque no lo comenten desde hace meses. Pero, como decía, no tengo disculpa por haber faltado a mi compromiso de escribir, al menos, una vez por semana. Y no es que no haya habido motivos. No.
Positivos, como el inicio de las vacaciones, los éxitos deportivos (menos que en veranos anteriores) y alguna otra cosilla; y negativos, sobre todo en el ámbito político que, como sabeis, tanto me gusta. La verdad es que nuestros políticos se empeñan, cada año, en hacer más breves las vacaciones de todos. Con lo mucho que les agradecemos cuando se quitan de en medio y nos dejan prestar atención a otras cuestiones. Pero, desde hace ya unos años, se empeñan en ocupar también el terreno veraniego. Y son un coñazo, la verdad.
Además, este año, se están empeñando en cuestiones especialmente obtusas, aunque no por ello menos importantes. No vaya a ser que yo me explique mal. Que si Gurtel por aquí, que si financiación autonómica por allá, que si sentencia del estatut por un lado, que si viaje de Moratinos a Gibraltar por otro,... La verdad es que se hace muy pasado seguir la actualidad. Se te quitan las ganas.
Por ejemplo, me parece bochornoso y deplorable el viaje de Moratinos al peñón, esa verguenza con la que los españoles nos hemos acostumbrado a convivir y a ver que remedio nos queda. La verdad es que este ministrillo, uno de los 3 ó 4 que se mantienen con Zapatero desde el principio y el único si atendemos a aquel comité de sabios que ZP constituyó en enero de 2004 para preparar su asalto a Moncloa, ese ministrillo, digo, no ha hecho nada a derechas (a izquierdas si se quiere).
Se le conocen más fracasos y resvalones que otra cosa pero, eso si, con buena cara, con una cierta sonrisa. Sólo me consta que haya perdido las formas hace bien poco y fue con motivo de otro viaje, esta vez a Guinea Ecuatorial. En aquellas ocasión perdió los papeles porque una periodista, una buena periodista, dijo lo que todos sabemos sobre la dictadura de Obiang. Pero a Moratinos se le calentó la boca. Era más importante ponerse una pinza en la nariz porque los negocios son lo más importante.
Vaya por dios, ministro. Eso es más viejo que el cagar o que el follar pagando. Pero es ustede un progresista de esos que defiende las esencias y los principios antes que los dineros y las cuentas de resultados. O es que se le había olvidado. Vaya por dios.
Lo dicho, quizás va siendo hora de que haya otro cambio de gobierno. Pero claro, con la presidencia española de la UE a las puertas, el relevo de Moratinos tendrá que esperar. Quizás para entonces, nos libremos de las ministra de medio y medio, que también está con el presi desde el principio. E, incluso, es posible que nos quitemos de en medio a las dos vices, últimas supervivientes del desembarco del 14-M en Moncloa. En ese caso, sólo quedará ZP. Y la crisis, que, o mucho cambian las cosas o seguirá azotándonos en julio de 2010. Justo dentro de un año. Justo cuando hayamos entregado el bastón de mando de los 27. Justo cuando estemos a 10 meses de las municipales y autonómicas de 2011 y a poco más de media legislatura.
Menuda pereza. A ver si puede ser que de aquí a septiembre tenga tiempo, ganas e ideas para escribir de alguna otra cosa. Ustedes seguro que lo agredecen... y yo, también.
Positivos, como el inicio de las vacaciones, los éxitos deportivos (menos que en veranos anteriores) y alguna otra cosilla; y negativos, sobre todo en el ámbito político que, como sabeis, tanto me gusta. La verdad es que nuestros políticos se empeñan, cada año, en hacer más breves las vacaciones de todos. Con lo mucho que les agradecemos cuando se quitan de en medio y nos dejan prestar atención a otras cuestiones. Pero, desde hace ya unos años, se empeñan en ocupar también el terreno veraniego. Y son un coñazo, la verdad.
Además, este año, se están empeñando en cuestiones especialmente obtusas, aunque no por ello menos importantes. No vaya a ser que yo me explique mal. Que si Gurtel por aquí, que si financiación autonómica por allá, que si sentencia del estatut por un lado, que si viaje de Moratinos a Gibraltar por otro,... La verdad es que se hace muy pasado seguir la actualidad. Se te quitan las ganas.
Por ejemplo, me parece bochornoso y deplorable el viaje de Moratinos al peñón, esa verguenza con la que los españoles nos hemos acostumbrado a convivir y a ver que remedio nos queda. La verdad es que este ministrillo, uno de los 3 ó 4 que se mantienen con Zapatero desde el principio y el único si atendemos a aquel comité de sabios que ZP constituyó en enero de 2004 para preparar su asalto a Moncloa, ese ministrillo, digo, no ha hecho nada a derechas (a izquierdas si se quiere).
Se le conocen más fracasos y resvalones que otra cosa pero, eso si, con buena cara, con una cierta sonrisa. Sólo me consta que haya perdido las formas hace bien poco y fue con motivo de otro viaje, esta vez a Guinea Ecuatorial. En aquellas ocasión perdió los papeles porque una periodista, una buena periodista, dijo lo que todos sabemos sobre la dictadura de Obiang. Pero a Moratinos se le calentó la boca. Era más importante ponerse una pinza en la nariz porque los negocios son lo más importante.
Vaya por dios, ministro. Eso es más viejo que el cagar o que el follar pagando. Pero es ustede un progresista de esos que defiende las esencias y los principios antes que los dineros y las cuentas de resultados. O es que se le había olvidado. Vaya por dios.
Lo dicho, quizás va siendo hora de que haya otro cambio de gobierno. Pero claro, con la presidencia española de la UE a las puertas, el relevo de Moratinos tendrá que esperar. Quizás para entonces, nos libremos de las ministra de medio y medio, que también está con el presi desde el principio. E, incluso, es posible que nos quitemos de en medio a las dos vices, últimas supervivientes del desembarco del 14-M en Moncloa. En ese caso, sólo quedará ZP. Y la crisis, que, o mucho cambian las cosas o seguirá azotándonos en julio de 2010. Justo dentro de un año. Justo cuando hayamos entregado el bastón de mando de los 27. Justo cuando estemos a 10 meses de las municipales y autonómicas de 2011 y a poco más de media legislatura.
Menuda pereza. A ver si puede ser que de aquí a septiembre tenga tiempo, ganas e ideas para escribir de alguna otra cosa. Ustedes seguro que lo agredecen... y yo, también.
viernes, 17 de julio de 2009
¿CREAR O DESTRUIR?
Es mucho más fácil criticar, desmontar, arruinar que apoyar, construir, crear.
No es que me dé por el pesimismo. Ni mucho menos, me encuentro más positivo y optimista de lo que en mi suele ser habitual, que ya es mucho. Es una realidad que me parece difícilmente cuestionable y que, esta misma semana, nos ofrece algunos ejemplos más que interesantes.
Da lo mismo que una persona, cualquiera que sea su profesión, la desempeñe con el mejor de los resultados durante años y años. Da lo mismo. Es suficiente que meta la pata en una ocasión para que sea considerado como un torpe, como poco. Y digo como poco porque, a medida que la importancia y/o repercusión de su labor profesional aumente, será tachado de incapaz, de inútil, de riesgo para la comunidad o de asesino sin consideraciones edulcoradas de por medio.
Si alguien es capaz de hacer algo que a ti no se te había ocurrido o que tú no puedes hacer, no trates de aprender y, mucho menos, busques sus puntos débiles para desmontar su aportación. No, para qué. Directamente acúsalo de estar cogiendo algo a lo que no tiene derecho, o de poner en riesgo a los que están a su alrededor o, simplemente, de querer acabar con todas aquellas personas (tú incluida) que no son capaces de hacer lo que él hace.
Evidentemente, no es comparable el trabajo de un panadero, pongo por caso, que el de un médico o el de un enfermero. El primero puede hacernos enormemente felices con un buen pan o un mejor dulce. Incluso puede intoxicarnos con una mala mezcla (involuntariamente) o con un veneno (a conciencia colocado) pero, a priori, nuestra vida no está en sus manos. En el caso de los profesionales, sí. Es inevitable. Estudian y se preparan para ello. A decir de todos los expertos, dichos profesionales, en España, están muy por encima de la media internacional.
Poco, casi nunca, la verdad, nos acordamos de ellos cuando salvan vidas, o miembros, o nos evitan un dolor insoportable. Pero vale con que cometan un error para que nos lancemos sobre ellos como posesos. Claro que hay negligencias difíciles de perdonar o comportamientos claramente criminales (vale con acordarnos de aquel anestesista Maeso que contagió a miles centenares de personas la hepatitis y que fue condenado por ello) pero también hay errores que, cuando hablamos de la salud y la vida de las personas, pueden tener consecuencias definitivas.
Todos deberíamos pensarlo cuando nos ponemos en manos de un centro de salud, ambulatorio, hospital, clínica o lo que sea. Todos. Ellos para procurar que no se produzca ningún error y nosotros para no buscar culpables donde sólo hay responsables, que creo que no es exactamente lo mismo.
Escribe hoy, en ABC, mi admirado Carlos Herrera un artículo sobre las fobias. No sobre las irracionales que casi todos sentimos en algún momento (a las alturas, a estar solos, a estar con demasiada gente, a un examen,…) sino a las que muchos se esfuerzan por manifestar para criticar a alguien cuando no quieren hacer el esfuerzo de contra-argumentar mejor.
El caso de la enfermera del Gregorio Marañón que estaba cuidando de Rayan y que equivocó las vías de alimentación y la polémica y cruce de acusaciones generados por el nuevo sistema de financiación (más bien de reparto de dineros) son ejemplos de esto que digo.
Algún medio decía el otro día que la enfermera “había asesinado” al neonato. Me parece tremendo. No conozco de nada a la buena señora pero no puedo creer que se haya equivocado a propósito. Cargar contra ella como si fuese una criminal me parece increíble, no menos increíble que los que aprovechan la ocasión para criticar la gestión del hospital, la de la propia Comunidad de Madrid o el sistema de selección y preparación de los enfermeros. Alguno está desquiciado.
Sobre el reparto de dineros, ya aviso que me voy a quedar en la superficie, pero es que es uno de los elementos clave, bajo mi punto de vista. Cuando las Comunidades Autónomas sólo recibían la pasta querían cogestionar. Luego, el 15 % les parecía poco, el 33 % tampoco era suficiente. Y ya aviso (y no es que sea muy listo) el 50 % tampoco va a ser la solución. Por cierto, cuantos recordamos que alguna Comunidad Autónoma haya bajado su tipo del IRPF o haya bajado, en su tramo, los impuestos del tabaco o el alcohol?. Más bien pocas o casi ninguna (la de Madrid recientemente, como para pitorrearse del nuevo sistema) pero tampoco lo han subido. Y podrían haberlo hecho si tanto necesitaban más dinero.
Lo dicho, destruyendo, criticando y desmontando se vive mejor que aportando, creando, construyendo.
No es que me dé por el pesimismo. Ni mucho menos, me encuentro más positivo y optimista de lo que en mi suele ser habitual, que ya es mucho. Es una realidad que me parece difícilmente cuestionable y que, esta misma semana, nos ofrece algunos ejemplos más que interesantes.
Da lo mismo que una persona, cualquiera que sea su profesión, la desempeñe con el mejor de los resultados durante años y años. Da lo mismo. Es suficiente que meta la pata en una ocasión para que sea considerado como un torpe, como poco. Y digo como poco porque, a medida que la importancia y/o repercusión de su labor profesional aumente, será tachado de incapaz, de inútil, de riesgo para la comunidad o de asesino sin consideraciones edulcoradas de por medio.
Si alguien es capaz de hacer algo que a ti no se te había ocurrido o que tú no puedes hacer, no trates de aprender y, mucho menos, busques sus puntos débiles para desmontar su aportación. No, para qué. Directamente acúsalo de estar cogiendo algo a lo que no tiene derecho, o de poner en riesgo a los que están a su alrededor o, simplemente, de querer acabar con todas aquellas personas (tú incluida) que no son capaces de hacer lo que él hace.
Evidentemente, no es comparable el trabajo de un panadero, pongo por caso, que el de un médico o el de un enfermero. El primero puede hacernos enormemente felices con un buen pan o un mejor dulce. Incluso puede intoxicarnos con una mala mezcla (involuntariamente) o con un veneno (a conciencia colocado) pero, a priori, nuestra vida no está en sus manos. En el caso de los profesionales, sí. Es inevitable. Estudian y se preparan para ello. A decir de todos los expertos, dichos profesionales, en España, están muy por encima de la media internacional.
Poco, casi nunca, la verdad, nos acordamos de ellos cuando salvan vidas, o miembros, o nos evitan un dolor insoportable. Pero vale con que cometan un error para que nos lancemos sobre ellos como posesos. Claro que hay negligencias difíciles de perdonar o comportamientos claramente criminales (vale con acordarnos de aquel anestesista Maeso que contagió a miles centenares de personas la hepatitis y que fue condenado por ello) pero también hay errores que, cuando hablamos de la salud y la vida de las personas, pueden tener consecuencias definitivas.
Todos deberíamos pensarlo cuando nos ponemos en manos de un centro de salud, ambulatorio, hospital, clínica o lo que sea. Todos. Ellos para procurar que no se produzca ningún error y nosotros para no buscar culpables donde sólo hay responsables, que creo que no es exactamente lo mismo.
Escribe hoy, en ABC, mi admirado Carlos Herrera un artículo sobre las fobias. No sobre las irracionales que casi todos sentimos en algún momento (a las alturas, a estar solos, a estar con demasiada gente, a un examen,…) sino a las que muchos se esfuerzan por manifestar para criticar a alguien cuando no quieren hacer el esfuerzo de contra-argumentar mejor.
El caso de la enfermera del Gregorio Marañón que estaba cuidando de Rayan y que equivocó las vías de alimentación y la polémica y cruce de acusaciones generados por el nuevo sistema de financiación (más bien de reparto de dineros) son ejemplos de esto que digo.
Algún medio decía el otro día que la enfermera “había asesinado” al neonato. Me parece tremendo. No conozco de nada a la buena señora pero no puedo creer que se haya equivocado a propósito. Cargar contra ella como si fuese una criminal me parece increíble, no menos increíble que los que aprovechan la ocasión para criticar la gestión del hospital, la de la propia Comunidad de Madrid o el sistema de selección y preparación de los enfermeros. Alguno está desquiciado.
Sobre el reparto de dineros, ya aviso que me voy a quedar en la superficie, pero es que es uno de los elementos clave, bajo mi punto de vista. Cuando las Comunidades Autónomas sólo recibían la pasta querían cogestionar. Luego, el 15 % les parecía poco, el 33 % tampoco era suficiente. Y ya aviso (y no es que sea muy listo) el 50 % tampoco va a ser la solución. Por cierto, cuantos recordamos que alguna Comunidad Autónoma haya bajado su tipo del IRPF o haya bajado, en su tramo, los impuestos del tabaco o el alcohol?. Más bien pocas o casi ninguna (la de Madrid recientemente, como para pitorrearse del nuevo sistema) pero tampoco lo han subido. Y podrían haberlo hecho si tanto necesitaban más dinero.
Lo dicho, destruyendo, criticando y desmontando se vive mejor que aportando, creando, construyendo.
lunes, 6 de julio de 2009
UN BANQUILLO
Hay una tierra, tan cercana como próxima cuyo presidente, hasta hace sólo unas semanas, era un tío mal encarado. Eso sería lo de menos, lo de más es que, además, era un tío estaba obsesionado con bordear la ley y con convertirse en el moisés de su pueblo. Aquel individuo, hoy afortunadamente desaparecido del mapa, dicho sea de modo metafórico, aquel individuo, digo, hace seis meses se vio obligado a sentarse en el banquillo.
Él, que se había sentado a charlar con todos, incluidos los asesinos, y no por obligación, como le gustaba decir, sino por puro convencimiento, él no se sentía cómodo en esa silla que le habilitó la justicia. Es curioso, pero siempre que oigo la palabra banquillo pienso en un objeto más bien incómodo, poco dado al lujo y en nada favorecedor de los necesarios procesos mentales de los humanos.
En el caso de este ex presidente, no había peligro. Por cómodo que hubiese sido el banquillo no hubiese favorecido la reflexión del personaje. Cosa de la presencia o ausencia de neuronas. De donde no hay, no se puede sacar. Si hubiese podido pensar, tal vez se hubiese dado cuenta de que cuando un cargo público se sienta (le sientan, para ser exactos) en un banquillo, no puede seguir siendo cargo público.
Da lo mismo que le condenen o que le absuelvan. Da lo mismo que la acusación sea saltarse un semáforo o haber matado a mil personas. La condena será diferente pero él, o ella, no puede seguir llamándose cargo público. En el caso de este individuo que nos ocupa, obviamente, se resistió hasta el final. No dimitió, faltaría más. Y, al final, cuando fue archivado el caso sin ni siquiera celebrarse la vista oral, apeló a todas esas circunstancias para defenderse y defender su decisión de no dimitir.
Error, grave error. Un cargo público y, mucho más, un cargo electo, no puede defenderse a base de declararse inocente. Cuando la justicia te lleva al banquillo sólo cabe esperar a la celebración del juicio y el veredicto final. No es de recibo esperar a ser condenado y que la Guardia Civil vaya a buscarte a tu despacho para esposarte y llevarte al trullo.
Entre otras muchas cosas, porque la política no es un trabajo ni una profesión. Es un servicio, o al menos eso dicen ellos. Los políticos (las personas, se entiende) no son lo importante. Lo importante es el proyecto. Y, antes que nada, están los ciudadanos.
¿O no?
Él, que se había sentado a charlar con todos, incluidos los asesinos, y no por obligación, como le gustaba decir, sino por puro convencimiento, él no se sentía cómodo en esa silla que le habilitó la justicia. Es curioso, pero siempre que oigo la palabra banquillo pienso en un objeto más bien incómodo, poco dado al lujo y en nada favorecedor de los necesarios procesos mentales de los humanos.
En el caso de este ex presidente, no había peligro. Por cómodo que hubiese sido el banquillo no hubiese favorecido la reflexión del personaje. Cosa de la presencia o ausencia de neuronas. De donde no hay, no se puede sacar. Si hubiese podido pensar, tal vez se hubiese dado cuenta de que cuando un cargo público se sienta (le sientan, para ser exactos) en un banquillo, no puede seguir siendo cargo público.
Da lo mismo que le condenen o que le absuelvan. Da lo mismo que la acusación sea saltarse un semáforo o haber matado a mil personas. La condena será diferente pero él, o ella, no puede seguir llamándose cargo público. En el caso de este individuo que nos ocupa, obviamente, se resistió hasta el final. No dimitió, faltaría más. Y, al final, cuando fue archivado el caso sin ni siquiera celebrarse la vista oral, apeló a todas esas circunstancias para defenderse y defender su decisión de no dimitir.
Error, grave error. Un cargo público y, mucho más, un cargo electo, no puede defenderse a base de declararse inocente. Cuando la justicia te lleva al banquillo sólo cabe esperar a la celebración del juicio y el veredicto final. No es de recibo esperar a ser condenado y que la Guardia Civil vaya a buscarte a tu despacho para esposarte y llevarte al trullo.
Entre otras muchas cosas, porque la política no es un trabajo ni una profesión. Es un servicio, o al menos eso dicen ellos. Los políticos (las personas, se entiende) no son lo importante. Lo importante es el proyecto. Y, antes que nada, están los ciudadanos.
¿O no?
martes, 23 de junio de 2009
EL FUEGO
Veo, en la distancia, como se preparan las hogueras de San Juan, San Joan, San Xoan o cómo coño quieran llamarlas ahora. Los recuerdos se agolpan en mi cabeza. Recuerdo esos primeros años cuando los más mayores tenían que levantar algunos adoquines de mi calle para plantar la guía en torno a la cual construir la hoguera. Recuerdo aquel monigote siempre coronando la pila de madera, cartón, papel y malos augurios.
Dicen, los que saben de simbología, que el fuego es reparador. Es un hecho que el fuego tiene una atracción hipnótica para mucha gente, para los más pequeños, especialmente. Muchas veces me ha contado mi madre que desde muy chico me gustaba jugar con cerillas. Con esa pedagogía eficaz (que, precisamente por serlo, se está perdiendo) me dejó que “jugase” con el fuego hasta que, impepinablemente, me quemé. Dice, mi madre, que entonces dejé de jugar. Pero no perdí la fascinación.
Hay dos elementos que, en determinadas circunstancias, producen una atracción magnética sobre mí. Uno es el fuego. Llamas grandes, con varios colores alternándose sin ninguna lógica aparente. Creciendo y decreciendo. Cambiando de forma. Curiosamente, el otro es el agua. Esa agua escanciada con la violencia de las olas. Ribeteada de espuma de varios tonos y diversas espesuras. Me encanta el batir del mar con formas tan cambiantes que es imposible memorizarlas. En ambos casos se trata de una experiencia visual (también sonora, pero sobre todo visual) que no se puede retener en la memoria.
Puedes acordarte del momento y las circunstancias en las que viste ese incendio o ese batir del mar embravecido. Pero no puedes recordar qué forma tenían las olas o las llamas. Qué catálogo de colores envolvió dicha experiencia. Que sonidos le ponían acordes. Lástima.
Sí recuerdo que la tradición marca que hay que saltar la hoguera como culminación del rito de expiación. A los críos, al menos entonces, nos ponían unas brasas acotadas para poder imitar a los mayores que, unos metros más allá se afanaban en cruzar las llamas. Bajas, sí, pero llamas. Los cativos los mirábamos deseando que pasasen pronto tantos solsticios como fuese necesario para ocupar ese lugar. ¡Ay, media vida queriendo que pase rápido el tiempo para que llegue pronto la otra media en la que queremos que el tiempo pase cadencioso, ya que no puede detenerse!.
Recuerdo ese penetrante olor a sardinas asadas a la brasa, a pan de hogaza empapado en aceite. A brasas, sobre todo a brasas. Olor a fuego.
Y recuerdo un no entender que podía nacer o iniciarse de las llamas. Por más que los mayores te lo explicaban no eras capaz de entenderlo. El fuego era destrucción, no creación. Qué le vamos a hacer, es lo que tiene la simbología. Y el pelele ese que corona el palo de guía es el símbolo de todo lo que quieres dejar atrás. Pues vale, pero yo quiero dejar atrás otro año que no me han regalado el scalextric. Qué puñetas tiene eso que ver con un pelele que, además, todos los años iba vestido con un mono de trabajo y una boina. Incomprensible.
Ahora que recuerdo y que, incluso, puedo creer que entiendo lo del simbolismo, no tengo ningún sitio cerca donde se celebren las hogueras como entonces. Ahora que tendría unas cuantas cosas y unas cuantas personas que echar, sim-bo-li-ca-men-te desde luego, al fuego reparador del verano, ahora resulta que no tengo llamas. Vaya por dios. Espero que llegue el día en que una cosa y la otra encajen como piezas de puzle.
Dicen, los que saben de simbología, que el fuego es reparador. Es un hecho que el fuego tiene una atracción hipnótica para mucha gente, para los más pequeños, especialmente. Muchas veces me ha contado mi madre que desde muy chico me gustaba jugar con cerillas. Con esa pedagogía eficaz (que, precisamente por serlo, se está perdiendo) me dejó que “jugase” con el fuego hasta que, impepinablemente, me quemé. Dice, mi madre, que entonces dejé de jugar. Pero no perdí la fascinación.
Hay dos elementos que, en determinadas circunstancias, producen una atracción magnética sobre mí. Uno es el fuego. Llamas grandes, con varios colores alternándose sin ninguna lógica aparente. Creciendo y decreciendo. Cambiando de forma. Curiosamente, el otro es el agua. Esa agua escanciada con la violencia de las olas. Ribeteada de espuma de varios tonos y diversas espesuras. Me encanta el batir del mar con formas tan cambiantes que es imposible memorizarlas. En ambos casos se trata de una experiencia visual (también sonora, pero sobre todo visual) que no se puede retener en la memoria.
Puedes acordarte del momento y las circunstancias en las que viste ese incendio o ese batir del mar embravecido. Pero no puedes recordar qué forma tenían las olas o las llamas. Qué catálogo de colores envolvió dicha experiencia. Que sonidos le ponían acordes. Lástima.
Sí recuerdo que la tradición marca que hay que saltar la hoguera como culminación del rito de expiación. A los críos, al menos entonces, nos ponían unas brasas acotadas para poder imitar a los mayores que, unos metros más allá se afanaban en cruzar las llamas. Bajas, sí, pero llamas. Los cativos los mirábamos deseando que pasasen pronto tantos solsticios como fuese necesario para ocupar ese lugar. ¡Ay, media vida queriendo que pase rápido el tiempo para que llegue pronto la otra media en la que queremos que el tiempo pase cadencioso, ya que no puede detenerse!.
Recuerdo ese penetrante olor a sardinas asadas a la brasa, a pan de hogaza empapado en aceite. A brasas, sobre todo a brasas. Olor a fuego.
Y recuerdo un no entender que podía nacer o iniciarse de las llamas. Por más que los mayores te lo explicaban no eras capaz de entenderlo. El fuego era destrucción, no creación. Qué le vamos a hacer, es lo que tiene la simbología. Y el pelele ese que corona el palo de guía es el símbolo de todo lo que quieres dejar atrás. Pues vale, pero yo quiero dejar atrás otro año que no me han regalado el scalextric. Qué puñetas tiene eso que ver con un pelele que, además, todos los años iba vestido con un mono de trabajo y una boina. Incomprensible.
Ahora que recuerdo y que, incluso, puedo creer que entiendo lo del simbolismo, no tengo ningún sitio cerca donde se celebren las hogueras como entonces. Ahora que tendría unas cuantas cosas y unas cuantas personas que echar, sim-bo-li-ca-men-te desde luego, al fuego reparador del verano, ahora resulta que no tengo llamas. Vaya por dios. Espero que llegue el día en que una cosa y la otra encajen como piezas de puzle.
miércoles, 10 de junio de 2009
¿LEYES PARA QUÉ?
La próxima vez que salgas a la calle, que camines por tu ciudad, que pases un rato en un parque, fíjate bien. Fíjate en algo a lo que seguro que nunca le habías prestado atención. Te darás cuenta de que hay, en todos los rincones, decenas de personas retorciéndose de dolor. Gimiendo y gritando sin poder soportar su sufrimiento. Te darás cuenta de que esos espacios públicos están llenos de gente que ha salido de sus casas para morirse en público, a la vista de todos, con el mayor de los sufrimientos.
No pretendas llevarlos a su hogar, o al de algún familiar. No intentes siquiera llevártelos a tu casa y, mucho menos, llames a una ambulancia para que sean conducidos a un hospital donde les atiendan convenientemente. No. Tampoco preguntes si hay un médico cerca que pueda aconsejarte si con tal o cual analgésico se le va a pasar, en parte, el dolor que le retuerce. No. Todo eso sería lamentable y desconsiderado.
Por si no te habías dado cuenta. En esta sociedad nuestra, en este país, miembro cuasi clandestino del G-20 por la gracia de Zapatero y sus muchachos, se muere en público, con gran dolor y alargando innecesariamente la vida con el único propósito de sufrir más, pasarlo peor y que se vea.
Sólo así se entiende que una comunidad autónoma se haya visto en la necesidad de aprobar una ley en la que se establezca el derecho a morir sin dolor, con privacidad y sin alargar la vida artificialmente. Sólo así se explica que algún medio de comunicación y varios grupos de avanzados ciudadanos consideren que todo ello son Avances Sociales. Manda rosas a Sandra que se va de la ciudad.
Creo, sin temor a equivocarme, que en alguna otra Comunidad Autónoma (quizás en el mismísimo gobierno de España) se está preparando otra ley para garantizar que todos los españoles tenemos derecho a tener dos orejas y cinco dedos en cada mano. Creo haber oído que en otra están pensando en garantizar, también por ley, que todos tenemos derecho a tener una pareja (hombre o mujer) con quién compartir la vida y la hipoteca. Y puestos a legislar, sería posible contemplar la posibilidad de reconocer derechos como el de visitar las pirámides de Egipto antes de cumplir los 40 o probar el caviar beluga, al menos, una vez en la vida.
Siempre he oído en mi casa que cuando el diablo no tiene que hacer, con el rabo mata moscas. Estos, que ni son diablos, ni tienen rabo y sí tienen muchas cosas que hacer, o no saben, o no entienden o nos toman por tontos. Aplicando un poquito de demagogia, tampoco mucha, podría decir que está muy bien eso de tener derecho a morir sin dolor. Ahora, si estás simplemente enfermo, pero no de morirte, te jodes y sufres todo el dolor que puedas aguantar y más, por no saber cuáles son tus prioridades. Podría decir que, si quieres una habitación en el hospital para ti sólo, ya te puedes poner a morir, porque, de lo contrario, si eres un simple enfermo, por muy jodido que te encuentres, ya sabes, a compartir la estancia con todos los que la dirección considere oportunos, enfermos y familiares de. Y eso, todo eso, es pensar y defender la sanidad pública. Que construir hospitales y ambulatorios es privatizarla. ¿Te enteras?.
Insisto, si no fuese tan preocupante, causaría risa. Pero claro, buena parte de la culpa la tenemos nosotros mismos, que no hacemos más que juzgar el comportamiento de nuestros múltiples gobiernos aplicando, entre otros criterios, el de comprobar cuantas leyes se han aprobado. Como si el mero hecho de aprobar leyes fuese un síntoma del buen gobierno. Para leyes como estas, por favor, mejor que se tomen vacaciones.
No pretendas llevarlos a su hogar, o al de algún familiar. No intentes siquiera llevártelos a tu casa y, mucho menos, llames a una ambulancia para que sean conducidos a un hospital donde les atiendan convenientemente. No. Tampoco preguntes si hay un médico cerca que pueda aconsejarte si con tal o cual analgésico se le va a pasar, en parte, el dolor que le retuerce. No. Todo eso sería lamentable y desconsiderado.
Por si no te habías dado cuenta. En esta sociedad nuestra, en este país, miembro cuasi clandestino del G-20 por la gracia de Zapatero y sus muchachos, se muere en público, con gran dolor y alargando innecesariamente la vida con el único propósito de sufrir más, pasarlo peor y que se vea.
Sólo así se entiende que una comunidad autónoma se haya visto en la necesidad de aprobar una ley en la que se establezca el derecho a morir sin dolor, con privacidad y sin alargar la vida artificialmente. Sólo así se explica que algún medio de comunicación y varios grupos de avanzados ciudadanos consideren que todo ello son Avances Sociales. Manda rosas a Sandra que se va de la ciudad.
Creo, sin temor a equivocarme, que en alguna otra Comunidad Autónoma (quizás en el mismísimo gobierno de España) se está preparando otra ley para garantizar que todos los españoles tenemos derecho a tener dos orejas y cinco dedos en cada mano. Creo haber oído que en otra están pensando en garantizar, también por ley, que todos tenemos derecho a tener una pareja (hombre o mujer) con quién compartir la vida y la hipoteca. Y puestos a legislar, sería posible contemplar la posibilidad de reconocer derechos como el de visitar las pirámides de Egipto antes de cumplir los 40 o probar el caviar beluga, al menos, una vez en la vida.
Siempre he oído en mi casa que cuando el diablo no tiene que hacer, con el rabo mata moscas. Estos, que ni son diablos, ni tienen rabo y sí tienen muchas cosas que hacer, o no saben, o no entienden o nos toman por tontos. Aplicando un poquito de demagogia, tampoco mucha, podría decir que está muy bien eso de tener derecho a morir sin dolor. Ahora, si estás simplemente enfermo, pero no de morirte, te jodes y sufres todo el dolor que puedas aguantar y más, por no saber cuáles son tus prioridades. Podría decir que, si quieres una habitación en el hospital para ti sólo, ya te puedes poner a morir, porque, de lo contrario, si eres un simple enfermo, por muy jodido que te encuentres, ya sabes, a compartir la estancia con todos los que la dirección considere oportunos, enfermos y familiares de. Y eso, todo eso, es pensar y defender la sanidad pública. Que construir hospitales y ambulatorios es privatizarla. ¿Te enteras?.
Insisto, si no fuese tan preocupante, causaría risa. Pero claro, buena parte de la culpa la tenemos nosotros mismos, que no hacemos más que juzgar el comportamiento de nuestros múltiples gobiernos aplicando, entre otros criterios, el de comprobar cuantas leyes se han aprobado. Como si el mero hecho de aprobar leyes fuese un síntoma del buen gobierno. Para leyes como estas, por favor, mejor que se tomen vacaciones.
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