Desaparece una niña en El Algarve y todo el mundo, incluído el Papa, se vuelca en la busqueda y en la ayuda a los padres. Y a todos nos parece lógico y razonable. Otra joven, algo más mayor, lleva desaparecida 24 años en pleno centro de la Europa más civilizada y a nadie parece importarle. La policía española reconoce que tiene abiertos decenas de casos de niños, jóvenes y adolescentes desaparecidos en los últimos 20 años. Expedientes que, en el mejor de los casos, se resolverán cuando una casualidad encaje las piezas. Los familiares suelen estar preocupados por un único binomio: vive o ha muerto. Pero, la realidad es que existen alternativas mucho más dramáticas, dolorosas, inhumanas, increibles.
Josef Fritzl, modélico padre y abuelo, ciudadano ejemplar en la muy ejemplar Austria, era y es un auténtico indeseable. El catálogo de su inhumanidad es tan amplio y completo como para poder suministrar información, él sólo, a un manual completo de parafilias. Dominante con su familia. Duro y tiránico según se va sabiendo ahora. Pedófilo y violador de su propia hija. Incestuoso confeso. Secuestrador, maltratador, impostor, carnicero. Capaz de dejar morir a sus hijo-nietos y de deshacerse de un cuerpecito de pocos días sin cambiar sus rutinas. ¿Qué más se podría decir de alguien con semejante catálogo?.
Estremece pensar en como era la vida en esa doble casa, con esa doble familia. Estremece más pensar que, al menos, esa situación se prolongó durante un cuarto de siglo sin que nadie notase nada. ¿Cómo es posible construir un duplex sin que nadie se percate?. ¿Cómo pueden vivir 4 ó 5 personas sin que nadie lo note?. Y estremece más aún pensar que algo parecido puede pasar en cualquier otro piso, casa, vivienda en cualquier otra parte del mundo. ¿Habrá más jóvenes secuestrados por sus familiares que, en el colmo de la crueldad, han denunciado su desaparición?. Es cruel pensar así, pero en estos momentos, resulta inevitable.
Los aforismos pueden cumplirse o no. En este caso, ese que dice que "quién bien te quiere te hará llorar" llega a su máxima expresión de realidad y crueldad. Creo que no queda nada claro lo que pienso de éste y de casos parecidos. Es cierto. No se que pensar. La sorpresa y la indignación se agolpan en mi cabeza sin dejarme claridad suficiente como para elaborar un pensamiento coherente.
Con gran escándalo de mis cercanos, siempre me he considerado un punto asocial. No me interesa demasiado la vida de mis vecinos y no quiero que ellos tengan demasiados datos de la mía. No tengo mayor interés, salvo el de la pura corrección y educación, en conocerlos y en que me conozcan. Procuro pasar desapercivido y no me interesa lo que ocurre en casa de cada quien. Las miles de personas que conviven en mi misma ciudad, en mi mismo edificio, me dan bastante igual. No les deseo nada malo. En realidad, no les deseo nada. Sólo exijo que no se metan en mi vida igual que yo no me meto en la suya. Pero cuando se conocen casos como el de Josef Fritzl no puedo evitar replantearme esta forma de pensar. Incluso con casos menos dramáticos también.
No podemos permanecer indiferentes. No debemos.
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