sábado, 9 de enero de 2010

DESAHOGO

Pocas, muy pocas veces he estado tan de acuerdo con Ibarra. Esta semana publicaba uno de esos artículos provocadores suyos que tanta polvareda generan. Este era sobre los famosos derechos de autor. Armaba dos o tres argumentos claramente demagógicos pero no menos esclarecedores el que fuera presidente perpetuo de Extremadura. Digo demagógicos porque soy el primero que, incluso sin ser creador ni autor ni nada que se le parezca (y dios me libre), se da cuenta de que no es lo mismo un tema de Sabina o un libro de Zafón o una película de Trueba que un kilo de naranjas. Ya lo sé.
Claro, el regocijo que me produjo el artículo de Ibarra fue mayor cuando, 48 horas después, comprobé que alguien tan moderado como Muñoz Molina se lanzaba a la yugular del ex político con argumentos igual de demagógicos pero mucho más peregrinos. La pupa que le habían hechos las palabras de Ibarra afloraba desde el primer párrafo en el que llamaba presidente jubilado al socialista. Y después se metía en disquisiciones sobre qué pasaría si Ibarra se llevase el famoso kilo de naranjas de la tienda sin pagarlo.
Pasaría, por supuesto, que sería perseguido y detenido por ladrón. Pero no es eso de lo que hablaba Ibarra ni de lo que hablamos los pobres usuarios. Hablamos de otro robo, aquel al que nos vemos sometidos porque algunos creadores se han hecho fuertes y se han asociado al poder para cogernos por el escroto y no soltarnos. Y eso si que no. No es que le tenga demasiado aprecio a mis testículos, no sirven para gran cosa, la verdad. Es que me molesta tener ahí una mano desconocida con la amenaza perpetua de apretar, porque duele mucho oiga, cuando aprieta.
Qué pasaría si nosotros compramos un libro, un disco, una película o un grabado y cada vez que vamos a leerlo, escucharlo, verla o mirarlo tenemos que pagar. Pues pasaría que estaríamos en un país de locos. Sin embargo, aquí hay una sociedad que cobra cada vez que alguien quiere hacer una versión de una canción; cobra cuando esa versión se graba de forma efectiva; cobra por cada orquesta que graba esa versión; cobra cuando usted compra el disco en cuestión; y cobra cada vez que alguien reproduce ese disco fuera de su ámbito privado (cada vez más circunscrito a su cuarto de baño). Eso es lo que pasa. A la mayoría no nos parece normal pero la inmensa mayoría no hace nada. Ya está bien.
En mi opinión, el problema nace en el mismo planteamiento de los derechos de autor aunque se haya multiplicado ahora con el desarrollo vertiginoso de la tecnología. Vamos a ver en la antigüedad había básicamente dos grupos de “artistas” (por simplificar y llamarlos de alguna manera). Uno de esos grupos estaría formado por aquellos habilidosos que eran contratados para hacer una obra a la mayor gloria de quién los contrataba. Ese podría ser el caso de alguien como Fidias, escultor, pintor, arquitecto de la Grecia clásica que era requerido y cobraba su sueldo o remuneración por ello. Sin salir del panorama clásico, el ejemplo del otro grupo podría ser Homero, recopilador de la tradición oral y autor de dos libros tan leídos, vendidos y citados como La Iliada y La Odisea que no consta que cobrase por ellos ni por sus derechos de autor. Componía sus textos porque se le daba bien, le gustaba y resultaba eficaz. El que esos textos se hayan convertido en libros y en obras de arte de referencia en todo el mundo es secundario.
Hasta aquí tenemos a dos grupos de personas que tienen y desarrollan ciertas habilidades como mejor les parece. Luego existen otros dos grupos que no tienen nada que ver con los anteriores pero que, en algunos casos, van surgiendo al amparo de ellos. Son aquellos que sin tener ninguna habilidad conocida y reconocible pretenden cobrar como Fidias y pasar a la posteridad como Homero. Los jetas, vamos. El segundo de estos grupos lo forman los que quieren aprovecharse del trabajo de los dos primeros grupos para sobrevivir ellos de la mejor manera posible sin tener que aportar gran cosa (nada en absoluto, para ser exactos) al producto final. En este último grupo podemos retomar el caso del kilo de naranjas.
Resulta que cuando nos enteramos que a los agricultores que producen las naranjas les pagan 25 céntimos de euro por kilo aunque nosotros lo paguemos a 3 ó 4 euros cargamos contra esos malvados intermediarios que encarecen el precio, se quedan con la inmensa mayoría del beneficio y tienen sometidos a los pobres agricultores. Pero cuando conocemos que los 20 eurazos que nosotros pagamos por un disco no llegan para mantener al pobre de Alejandro Sanz en su mansión de Miami, ni para que Teddy Bautista pueda seguir comprando edificios con fines no siempre confesables o legales, todo el mundo mira a los que se bajan el disco en cuestión de internet. Resulta que la culpa es de esa gente y de la tecnología. Manda huevos, como si las naranjas se siguiesen trayendo de levante a Madrid en carros de burras y no en potentes camiones frigorífico. Como si no se metiesen en cámaras para poder ampliar la temporada de consumo.
Es tan patético y absurdo que me he permitido, yo también, ser un poco demagógico. Pero creo que queda clara mi postura. A ver si en menos palabras logro lo mismo con otros dos casos que también nos han azotado esta semana. El primero es el de ese petimetre de nombre Juan López de Uralde, a la sazón Director Ejecutivo de Greenpeace España. Este personaje no tuvo reparos en cometer un delito al servicio de los intereses de su asociación. Dicho sea de paso, asociación especialista en cometer todo tipo de delitos (menores desde luego, pero delitos) con el amparo de los loables objetivos (o no) que la animan. Lo estaba cometiendo digo y sabía a lo que se exponía pero, claro, era mucho mayor el beneficio que iba a obtener. Y estaba el negocio completo. Pongo por delante y sin matices que me parece una pasada que se tenga a alguien 20 días entre rejas por entrar en un edificio público. No hay duda. Pero esta gente son unos jetas que se creen con patente de corso y ya está bien. Me gustaría saber qué pensarían todos los defensores y justificadores que les han salido estos días si un día fuesen a entrar en su casa y se encontrasen a alguien en su salón, bebiéndose un par de las cervezas que tenían en la nevera. Claro, ya sé que me olvido que Uralde es de Greenpeace y los ocupas de la casa no. Perdón.
Finalmente, tengo que decir que condeno firmemente la agresión a Hermann Terscht de hace un mes. Firmemente. Y la condeno no porque él sea periodista. No tienen los periodistas, en mi opinión, ningún mérito superior al resto de los ciudadanos. La condeno porque no me parece bien la violencia. Punto. Condeno y denuncio, con la misma firmeza, la campaña de intoxicación lamentable que han generado desde algunos medios y desde algunos ámbitos políticos al calor de este suceso. Lamentable que hayan querido relacionar esta agresión con un enfrentamiento político y/o mediático de la índole que sea. No me gusta el enfrentamiento entre posiciones ideológicas que estamos viviendo en España desde hace años, y lo he dicho, pero no se puede relacionar con una pelea de bar de madrugada que son un clásico en toda la historia. Por cierto, Hermann, deberías volver a la primera versión que diste de la agresión. Aquella moderada declaración que hiciste para Telemadrid el sábado 12 de diciembre, antes de sentirte el mártir protagonista de la cruzada lanzada desde algún edificio importante del centro más importante de Madrid. Una cruzada que ha sido acallada por los hechos y cuyos inventores no han dicho nada en las últimas 48 horas, desde que se ha conocido que el detenido es un broncas profesional entre los borrachos, drogadictos y maleantes de la noche de la capital. Dicho sea sin ofender, Hermann.

miércoles, 30 de diciembre de 2009

SIEMBRA, QUE ALGO QUEDA

Hace años, durante la parte más tensa de la guerra fría, había una revista que publicaba en portada, en todos sus números, un termómetro. En él, media cual era el riesgo que cada mes (era una publicación mensual) existía de que se desencadenase un conflicto nuclear. Era, insisto, una revista. Prestigiosa, pero una revista. Y, además, lo publicaba todos los meses. Cuando aumentaba el riesgo, cuando se mantenía y cuando descendía.
En Estados Unidos, como se encargan de recordarnos numerosos columnistas estos días, se publica semanalmente el nivel de alerta terrorista. Un nivel que viene también dado por una escala de colores que recuerda, y mucho, a un termómetro. Cuando el otro día, el ministro de Interior dijo, así, sin más, que había un serio riesgo de atentado de ETA, en forma de bomba y/o de secuestro (hemos sabido después) no se movía en estos parámetros.
Tradicionalmente, los cambios de año, los acontecimientos destacados o los momentos de máxima visibilidad, sobre todo internacional, son escaparate para los asesinos. Tradicionalmente, el nivel de alerta se eleva en esos casos. Pero se suele hacer de forma discreta y se hace público cuando están tomadas las posiciones.
Si Rubalcaba tenía información fiable (y si no la tiene él, ya me dirás quién puñetas la va a tener) debería haber puesto en alerta a todas las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado. Haber hablado con los escoltas y los grupos de seguridad privada, con los consejeros de Interior de las comunidades autónomas, con las personas amenazadas,… Debería haber alertado a todos los que se ven más directamente afectados por la amenaza de los terroristas. Y luego, cuando todas las medidas hubiesen sido tomadas, haber alertado a la ciudadanía, o no.
Pero no lo ha hecho así.
He de decir que llevo unos días, desde que Rubalcaba habló, dándole vueltas, sin hallar respuesta, a la razón que le ha llevado a actuar así. Y hoy he leído, de pie, que es como se le tiene que leer, a Florencio Domínguez en La Vanguardia. Y, cómo casi siempre, me ha llevado por unos derroteros que no se me hubiesen ocurrido a mi solito.
Dice Florencio, y de esto sabe, que la izquierda radical asesina está bastante “acojonada” (traduzco yo) por la presión que ejerce el ministerio con Rubalcaba al frente. Dice que se sienten acorralados, amenazados, asfixiados. Y dice Florencio que las palabras del ministro iban dirigidas a Batasuna. Qué es una forma de decirles que sabe en lo que andan y que es mejor que no lo intenten porque se van a arrepentir.
A la tesis, lógicamente, cabría contraponer diversos argumentos. Si sabe lo que van a hacer, que los trinque y listo el bote. Si lo sabe, que lo evite. Lo sepa o no lo sepa, no se acaba de entender porque les da opciones. Pero también es cierto que sembrar el desconcierto, la duda, la incertidumbre, la cizaña, puede dar buenos resultados. Veremos.

lunes, 28 de diciembre de 2009

VUELA QUE ALGO QUEDA

No creo que a estas alturas valga de mucho, pero aviso, lo que sigue no es una inocentada. Hace 5 años, en 2004, miles de aves fueron anilladas en el Delta del Ebro. Entre esas aves había ejemplares de flamenco. Ya sabes, esas zancudas rosas con un gran pico curvo y negro. El pasado día de Navidad, una de esas aves fue localizada en Central Park, allá, en Nueva York.
Lo que me sorprende, visto como está la cosa, no es que el ave haya llegado hasta allí. Volar es lo que tiene. Te pones a darle a las alas y cuando te das cuenta has recorrido 5.000 kilómetros, has cruzado todo un océano y te entran unas ganas locas de descansar un rato. Lo que me sorprende es que, tal y como está la cosa, un objeto volante, no identificado y de procedencia europea intente entrar en Estados Unidos y no hayan despegado, de cualquier base militar un comando de F-18 para derribarlo.
Muy curioso.


A todas éstas, mira una cosa, si siguen apretando la cuestión de viajar en avión con restricciones, prohibiciones, impedimentos y desaparición de compañías, que de todo hay, vamos a dejar lo del mundo globalizado sólo para internet. Todos los que saben un poco de la seguridad en los vuelos aseguran que las medidas adoptadas después el 11-S no sirven, en realidad, para nada. Que son más disuasorias que otra cosa. Pero lo cierto es que sirven para dos cuestiones: una, cabrear a los viajeros; dos, alentar la prepotencia de los agentes (sean oficiales o no) encargados de aplicar esas medidas.
Nunca, jamás, en ningún país y en ninguna circunstancia se ha abortado un plan terrorista, criminal o delictivo en los controles de los aeropuertos. Nunca. Pero ahí seguimos mostrando nuestros calcetines remendados, sujetando los pantalones con los dientes o tratando de explicar en otro idioma que no es el nuestro que maldita la hora en la que se nos ocurrió colocarnos un piercing en la misma punta del capullo. Ese piercing que ahora está haciendo saltar las alarmas.
No te creas. Si tu, en lugar de estar pensando en que te vas de vacaciones, o que vuelves de vacaciones. Que llegas tarde a una reunión de trabajo o que estás a punto de cerrar el negocio de tu vida. Si en lugar de eso te vieses en la tesitura de tener una gorra de plato, un uniforme azul y una porra y pudieses hacer que los demás se quitasen el cinto y se descalzasen, a buenas horas te ibas a reprimir por el mero hecho de que no valiese para nada.
Naranjas de la china. Por mucho que los flamencos, los rosas con alas y zancos, pueden volar libremente tu no vas a hacer dejación de tus obligaciones, faltaría más. Vale que los estadounidenses de norteamérica del norte no sean capaces de sellar sus fronteras, por mucho que presuman de ello. Pero a mí me han dado una porra y voy a manejarla antes de que me manden a la ídem.


Perdón, he perdido el hilo. En cualquier caso, me gustaría añadir que, a este paso, lo de los vuelos va a ser de chiste. Los controladores, los pilotos, el personal de cabina y el de tierra te montan un gori cuando quieren y te jo… fastidian tus planes. Las compañías venden más billetes de los que caben en el avión, cambian los precios cuando quieren, te cobran los suplementos que les sale de las narices y suspenden vuelos en cuanto ven las orejas al lobo. Los organismos gestores de los aeropuertos te obligan a estar 2 ó 3 horas antes y te obligan a hacer todo tipo de majaderías antes de subir al avión y después de bajar.
Y nosotros, pobres estúpidos, seguimos volando. No tenemos arreglo.

sábado, 26 de diciembre de 2009

UNA LÁSTIMA DE SUDOKU

Seguro que sabes perfectamente que es un sudoku. Es más, estoy convencido de que has hecho más de uno. Ya sabes, 9 cuadros, 9 números, 9 combinaciones. Sencillo. Lo mejor de todo es que sabes cuales son los elementos. Sólo tienes que buscarles el sitio. Pero tiene su aquel.
Últimamente se ha puesto de moda aplicar el término sudoku a demasiadas cosas. Los presupuestos (sobre todo los del Gobierno) son un sudoku. La financiación autonómica fue y es un sudoku. Llegar a fin de mes es un sudoku. Como casi siempre, yo no estoy de acuerdo en la aplicación del término. En realidad, en todos estos casos, no sabemos de qué elementos partimos. Nos falta la certeza que es la premisa del verdadero sudoku. Más bien, en esos casos, se trata de la cuadratura del círculo. Algo imposible. Pero esa es una expresión manida. Antes se utilizaba también lo de la alquimia (como sinónimo de imposible) pero ahora también está pasado de moda. Ahora todo es un sudoku.
Pero sí creo que es aplicable, este término, a otra situación cada vez más común. Cuando los políticos, los periodistas y hasta el común de los mortales vamos a opinar sobre algo o a juzgar algo, en realidad partimos de unas premisas y las ajustamos sin considerar el fondo real de lo que juzgamos. Da lo mismo. Nosotros lo reducimos todo a esos 9 cuadraditos pegue o no pegue.
Lo que tantas veces se ha llamado la reducción al absurdo. O los apriorismos. Pero elevado a la enésima potencia porque nos afecta a todos. Qué le vamos a hacer. En lugar de absorber lo que nos rodea y aprender de ello. En lugar de estar abiertos a otras opiniones y aprender de todo o de casi todo, reducimos lo que nos rodea a nuestra estrecha mente.
Esta misma semana ha pasado con el mensaje del Rey por Nochebuena, era de esperar. Ha pasado con la sentencia contra dos periodistas (sus compañeros, de medio o no, en contra; los juristas, progresistas o conservadores, a favor). Ha pasado con los últimos trámites parlamentarios. Ha pasado con las candidaturas a los Globos de Oro. Está pasando con los balances del año…
Una lastima

domingo, 22 de noviembre de 2009

SIGO AQUÍ

Te voy de decir una cosa, por si no te habías dado cuenta. Los días tienen 24 horas. Las semanas 7 días. Las horas 60 minutos. Los meses… Ay! Los meses tienen los días que quieren.
En realidad, todo no es así de exacto. Parece que las 24 horas y los 7 días y los 60 minutos son un poco más elásticos de lo que queremos pensar. Da igual. He hecho esta pequeña introducción porque no sabía cómo pedir disculpas.
No es que haya perdido las ganas de escribir o las cosas de las que hablar. No es que me haya olvidado de este rincón de las ideas perdidas. Simplemente es que los minutos, las horas, las semanas y los meses no dan más de sí. Al menos en mi caso. Al menos, yo no sé sacarles más partido. No voy a hacer un lloriqueo, entre otras cosas porque no es cosa que se me dé demasiado bien. Pero hace más de un mes que no escribía y no ha sido por falta de ganas.
He podido hablar de deportes, comenzando por el desastre del Madrid en la Copa del Rey de fútbol ante el Alcorcón, o a los problemas de los jugadores españoles en la NBA en este inicio de campaña (salvo en las honrosas excepciones de Calderón y Marc). Podría haber hablado de la última película de Amenabar o de la nueva polémica de los best-sellers al hilo de la publicación de lo último de Dan Brown.
Para tirar por mis fijaciones más habituales tampoco habría tenido problemas. La patética gestión del secuestro del Alakrana por parte de nuestro Gobierno de bien pensantes. La super oreja de mi admirado Rubalcaba en forma de Sitel. La enésima polémica (patética) de las cabezas de la hidra-PP.
Hay más cosas como la manifestación en contra de la Ley del aborto que se tramita en el Congreso. Y digo la Ley porque, para mi asombro, la inmensa mayoría de este país sigue hablando de reforma cuando no es tal. En España hoy, sigue sin haber ley del aborto ni nunca la ha habido. Sólo se despenalizaron casos concretos. Pero el aborto, por principio, sigue siendo un delito en España. Eso sí, el hábil juego de las palabras de la izquierda moderna y bien pensante de este país nuestro ha conseguido que parezca que sólo se va a reforman una ley. Y un cojón de pato pa ellos.
Podría haber abordado otros temas sociales o algún aniversario como el de los 20 años de la caída del Muro de Berlín. Aún recuerdo aquellas clases de primero en la Universidad Complutense aquel noviembre de 1989. Impagables las de Bernardino Hernando, ahora ya jubilado. Gran profesor y mejor persona a la que acudo de vez en cuando (menos de lo que debería, la verdad) y en la que siempre he encontrado una palabra inteligente y más apoyo del que creo merecer. Pero así son las cosas.
Resumiendo, y para que quede claro, no ha sido por falta de materia prima. Ha sido absoluta falta de capacidad por mi parte para mantener un compromiso por mi adquirido sin que nadie me obligase a ello. Lo curioso es que este desatino se debe, en buena medida, a otra serie de compromisos de la misma índole. Es decir, pantanos en los que me he metido sin pensar demasiado en ello. Suele ser mi forma de actuar en muchos casos, demasiados según mis más cercanos. Pero no sé cómo evitarlo.
La principal conclusión, además de las disculpas, es que esta situación puede prolongarse. Estoy seguro de que, de hecho, se va a prolongar. Por eso pido una cierta comprensión. Y una cierta fidelidad.
Si alguien se aburre de esperar, lo entenderé. Y si alguien sigue ahí, me sorprenderé. Pero lo cierto es que las cosas van como van. Y esto nunca se para.
Gracias.

sábado, 24 de octubre de 2009

IGUALES, CON TODAS LAS CONSECUENCIAS

Me acuerdo, y no soy tan mayor, de un día que en la escuela nos hablaron de los derechos del niño. Ese año, no recuerdo cual fue, 1983, 1984, más o menos, había sido declarado el año internacional de los derechos del niño. El bombardeo con el tema era tremendo y estábamos menos acostumbrados que ahora a los mono-temas.
Evidentemente, como buen pedante, llegué a casa y empecé a pasarle por el morro a mis padres los susodichos derechos del niño. No era gratuito, trataba de ponerme en valor apelando a la ONU y a mi condición de ser especial por tener derechos reconocidos y un año para nosotros solos. ¿Quién coño se creían mis padres para tratarme a mi sin tener eso en cuenta?. Lo dicho, un repipi de mucho cuidado.
Como es lógico a mis padres les faltó tiempo para recordarme que los derechos van ligados a deberes. De lo contrario, no son tales. Ahí me dejaron planchado. Años después, me ha dado por pensar que ese puede ser uno de los motivos, uno de los momentos, en los que la infancia se ha ido de las manos a esta sociedad nuestra. El inculcar a los cerebros en formación que sólo son poseedores de derechos y que no están sometidos a deberes y obligaciones los convierte en los déspotas que son ahora. Si a todo ello le sumamos las basuras educativas que en forma de ley se han ido aplicando en este país en los últimos años, tenemos el pack completo.
No, no empiece a desconfiar, querido lector. No voy a seguir por esa vereda. Traigo esto hoy a colación por la absurda polémica que se ha desatado esta semana a propósito del debate de las enmiendas de totalidad de los presupuestos generales del estado. Ese debate en el que la pobre Elena Salgado ha salido más que esquilada, y mira que es difícil esquilar un cuerpo como el suyo.
Ella, la gestora que no se arredra, la que planta cara a quien se atreva a ponerse en una mesa a negociar, la que no fue capaz de prolongar el mandato de los hombres de su antecesor ni siquiera apelando a la transición tranquila, la que puso a todos los fumadores del país en la puta calle, la que presume de haber hecho una carrera profesional en un mundo de hombres para demostrar su valía. Ella va y se queja de machismo cuando un contrincante la da un revolcón de órdago.
Y digo yo, no será que la querida vicepresidenta quiere ser como esas damas a las que se les hincha la boca de decir que quieren igualdad en todo, que se les llena la boca de sus muchos méritos, cualidades, etc., que no se cansan de cantar sus virtudes sin dejar de ser mujeres y que luego, ante la primera dificultad, quieren ser tratadas como mujeres y no como personas?.
Señora Salgado, el ser mujer, en los tiempos que corren, es una garantía de igualdad en todos los sentidos. En todos. Aténgase a las consecuencias, por favor.

jueves, 8 de octubre de 2009

LA MÁS LISTA

Es muy lista, la más lista de la clase, con diferencia.
No diré yo que esté ni más ni menos salpicada que nadie en el PP, ya se verá, pero lo cierto es que es la única que pisa firme. Si le vale para algo, ya se verá. No es fácil recordar (y pongo por delante que no presumo yo de memoria) casos encadenados de mayor rapidez y contundencia a la hora de tomar medidas inmediatas cuando hay colaboradores afectados por una investigación judicial en el escalón que sea. Pero lo cierto es que La Presidenta está dando todo un ejemplo.
Primero se quedó sin consejero de Deportes, al que, por otra parte, nunca debería haber nombrado, la verdad. Luego fue descolgando alcaldes, no sin gran laboriosidad. Luego dejó sin responsabilidades a distintos diputados regionales. Más adelante los suspendió de militancia. Y finalmente, los relegó a un segundo plano en la Asamblea de Madrid. Todo ello por propia iniciativa y antes de que nadie pensase en destituciones o responsabilidades políticas. A no pocos les pilló (nos pilló) por sorpresa y con la guardia baja.
Ahora, cuando toda la artillería a derecha e izquierda carga contra los pusilánimes y timoratos Camps y Rajoy por la falta de decisión, va ella y se quita de enmedio a esos mismos diputados y ex-alcaldes. Ya no los puede tener más lejos. Sólo le queda echarlos del partido a todos los efectos.
Ya he dicho que mi memoria no es muy buena pero sólo recuerdo otros tres diputados en el grupo mixto de la Asamblea de Madrid, a saber, Nicolás Piñeiro (tránsfuga del PP que impidió la investidura de Ruiz-Gallardón en 1989) y Eduardo Tamayo y Maite Sáez, tránsfugas del PSOE que impidieron la investidura de Rafael Simancas en 2003. Ahora hay, de golpe, otros tres que no son tránsfugas pero a los que La Jefa quiere poner físicamente lejos. Vaya por dios.
El margen de diputados que tiene el PP en Madrid es tan grande que se puede permitir este lujo y, además, venderlo como gran ejemplo de intransigencia con los malos, de dignidad elevada a la categoría de pauta de comportamiento político irreprochable. Y de paso, calla a la oposición, que minutos después tenía previsto preguntarle por la tan cacareada remodelación de gobierno que se lleve por delante a su fiel vicepresidente para retirarlo en la presidencia de Caja Madrid. Y de paso, le da un par de collejas a Rajoy, por pusilánime. Y de paso, se regodea en la semana negra de Alberto Ruiz-Gallardón, al que no dejan de preguntar por los Juegos, y lo que le queda. Y de paso... demuestra que es muy lista, la más lista para ser exactos.