Lo mejor para que los brotes afloren es regarlos. Por eso, el ansioso presidente que nos ha tocado en suerte, no ha esperado ni un minuto. Primero de septiembre y a llover se ha dicho. Si el verano no ha sido todo lo bueno que muchos esperaban, adelantemos el otoño. Cualquiera diría que, aprovechando su estancia en Asia (para evitar Rodiezmo) ha convencido a alguna nube monzónica para que se pase por nuestra España a dejar lluvia.
¡Ay -pensará Zapatero- si todo el mundo se mostrase tan colaborador!. Y un poco de razón no le falta. Si CiU no se mostrase tan insistente en que se adelanten las elecciones (ya van a gobernar en Cataluña, aunque Montilla termine convocando las elecciones el fin de semana del Barça-Madrid o en un día de diario, que nada es descartable). Si el PNV apoyase los presupuestos sin poner en solfa el gobierno socialista de Vitoria. Si Mariano Rajoy no se mostrase tan quieto como los bisontes de Altamira y le metiese un poco de presión a la caldera. Si los analistas internacionales dejasen de hacer pronósticos de décadas de crisis. ¡Ay, si todo el mundo se mostrase un poco más patriota! Comenzando por la selección de baloncesto, que parece dispuesta a sumarse a la banda de los agoreros, de la mano de Sergio Scariolo.
Y los periodistas, sobre todo los malditos periodistas que no hacen más que cargar las tintas con el negro otoño que se avecina, con la amenaza de elecciones anticipadas, con el complot de una parte del PSOE contra el hasta ahora intocable Zapatero, con una posible alianza entre CiU y el PNV para hacer caer el Gobierno,...
Si no fuese porque las cosas suelen ser más simples me atrevería a pensar que todo es una gran representación teatral. Que el propio Zapatero está interesado en que parezca que todo está a punto de romperse porque eso le hace más fuerte. Pero no podemos perder de vista, teniendo en cuenta los antecedentes de este nuestro presidente, que podemos estar a punto de vivir unas semanas cruciales para el futuro del país.
¿Hará una de esas concesiones al PNV que todo el mundo considera imposibles? ¿Abrirá la puerta a un nuevo intento de acuerdo con los terroristas de ETA? ¿Estará dispuesto a seguir mirando hacia otro lado y dejando que la situación económica gangrene a los españoles? ¿Será Zapatero capaz de conducirnos a todos al precipicio antes de anunciar que no se presenta a la reelección y “ahí os quedáis con ese muerto?
Yo me atrevo a pensar que, sabiendo como sabemos, le gusta aquello de hacer lo que nadie había hecho antes, es capaz de plantearse gobernar un año más con unos presupuestos prorrogados, dejar que el PSOE se pegue una piña histórica en las municipales y autonómicas de 2011 y, finalmente, anunciar que no se presenta y dejar que el PSOE se desangre en la elección de un sucesor.
Pero a lo mejor me equivoco.
miércoles, 1 de septiembre de 2010
martes, 3 de agosto de 2010
POR NO ESTAR CALLADOS
Vamos a ver si yo me aclaro. Esperanza Aguirre tiene que volver a ganar, por mayoría absoluta, para poder seguir gobernando en la Comunidad de Madrid. En principio, el PSOE tiene suficiente con evitar esa mayoría absoluta para evitar que Aguirre siga en la Puerta del Sol. Sólo si UPyD entrase en al Asamblea de Madrid (algo no del todo descartable) esta ecuación se iría a hacer puñetas.
Teniendo en cuenta que el PSOE lleva 15 años en la oposición en la Comunidad de Madrid, es de suponer que ha tenido tiempo más que de sobra para aprender bien su papel y su labor. Pero en estos 15 años le ha pasado de casi todo y han pasado casi todos por el potro de tortura. Ahora llevan 3 años con un tipo que si se hubiese concentrado en aplicarse a la labor de oposición podría haber tenido opciones.
Pero lo cierto es que ha estado más entretenido en hacer otras cosas que a los ciudadanos les importan más bien una higa. Y a falta de 9 meses para las elecciones a todos les entran las prisas. Pero mis dudas no iban sólo por ahí.
Suponemos que Trinidad Jiménez, como dicen las encuestas, es una de las ministras más valoradas del Gobierno. Eso, tampoco es decir mucho si tenemos en cuenta que es un gobierno de trapillo. Pero es de las más valoradas. Se supone, pues, que está haciendo más o menos bien su labor. Y algún genio ha decidido que es el momento de meterla en una trituradora para que deje de hacer bien lo que está haciendo bien por el bien de todos, para que haga lo que cualquiera podría hacer en beneficio de nadie. No lo entiendo.
Si las cosas le saliesen de cine a la Trini tendría una opción de formar gobierno con IU. Ahí, partimos de la base de que habría sido elegida por la santa voluntad del ministro de Deportes, ZP, tendría que lidiar con las familias ansiosas del socialismo madrileño. Esas familias esperan desde junio de 2003 para hacer el reparto del pastel que entonces quedó interruptus por el tamayazo. A esas familias se ha sumado alguna otra y, además, habría que hacer hueco a las familias de IU que tampoco es manca la cosa.
Si queremos pintar mal el panorama podemos incluir la variable de UPyD y vereomos que la posibilidad de cuadrar las piezas son casi nulas. Y pese a todo hay quien piensa que se puede hacer y que es factible. Y yo sigo sin entender nada. Alguien muy acostumbrado a hacer campañas (a favor y en contra) a gestionar gobiernos y a desmontar enemigos me dijo una vez que lo primero que hay que hacer para sacar a Esperanza Aguirre de Sol es darle duro, siempre, sin miramientos y donde más le duele. Y, al mismo tiempo, preparar la casa propia para cuando llegue el momento de ocupar el puesto que quedaría vacante.
El PSOE lleva 15 años sin hacer ni una cosa ni la otra en la Comunidad de Madrid y pretende fiarlo todo a la buena de Trinidad Jiménez. ¿Se puede ser más torpe? Si no fuese porque lo sabemos todos me negaría a pensar que en esa estrategia están Zapatero, Blanco y Chaves. Claro que la última implicación directa de Blanco en una campaña (la de las autonómicas de Galicia) ya sabemos como terminó.
Como estas líneas no llevan a ningún sitio me voy a permitir hacer un planteamiento. El que yo haría si tuviese potestad para ello. Dejaría presentarse a Tomás, con todo el apoyo posible. Trataría de lograr el mejor resultado en las presentes condiciones, que no será mucho. A continuación le daría una salida honrosa y pondría a un equipo serio de verdad. Y empezaría con la descrita estrategia inmisericorde de recortarle el terreno en todos los ámbitos a Aguirre. Y en esas condiciones, tal vez, dentro de 4 años, el PSOE no tendría que estar pensando en una estrategia a 12 ó 16 años, que es el panorama que tiene ante sí en este 2010.
Teniendo en cuenta que el PSOE lleva 15 años en la oposición en la Comunidad de Madrid, es de suponer que ha tenido tiempo más que de sobra para aprender bien su papel y su labor. Pero en estos 15 años le ha pasado de casi todo y han pasado casi todos por el potro de tortura. Ahora llevan 3 años con un tipo que si se hubiese concentrado en aplicarse a la labor de oposición podría haber tenido opciones.
Pero lo cierto es que ha estado más entretenido en hacer otras cosas que a los ciudadanos les importan más bien una higa. Y a falta de 9 meses para las elecciones a todos les entran las prisas. Pero mis dudas no iban sólo por ahí.
Suponemos que Trinidad Jiménez, como dicen las encuestas, es una de las ministras más valoradas del Gobierno. Eso, tampoco es decir mucho si tenemos en cuenta que es un gobierno de trapillo. Pero es de las más valoradas. Se supone, pues, que está haciendo más o menos bien su labor. Y algún genio ha decidido que es el momento de meterla en una trituradora para que deje de hacer bien lo que está haciendo bien por el bien de todos, para que haga lo que cualquiera podría hacer en beneficio de nadie. No lo entiendo.
Si las cosas le saliesen de cine a la Trini tendría una opción de formar gobierno con IU. Ahí, partimos de la base de que habría sido elegida por la santa voluntad del ministro de Deportes, ZP, tendría que lidiar con las familias ansiosas del socialismo madrileño. Esas familias esperan desde junio de 2003 para hacer el reparto del pastel que entonces quedó interruptus por el tamayazo. A esas familias se ha sumado alguna otra y, además, habría que hacer hueco a las familias de IU que tampoco es manca la cosa.
Si queremos pintar mal el panorama podemos incluir la variable de UPyD y vereomos que la posibilidad de cuadrar las piezas son casi nulas. Y pese a todo hay quien piensa que se puede hacer y que es factible. Y yo sigo sin entender nada. Alguien muy acostumbrado a hacer campañas (a favor y en contra) a gestionar gobiernos y a desmontar enemigos me dijo una vez que lo primero que hay que hacer para sacar a Esperanza Aguirre de Sol es darle duro, siempre, sin miramientos y donde más le duele. Y, al mismo tiempo, preparar la casa propia para cuando llegue el momento de ocupar el puesto que quedaría vacante.
El PSOE lleva 15 años sin hacer ni una cosa ni la otra en la Comunidad de Madrid y pretende fiarlo todo a la buena de Trinidad Jiménez. ¿Se puede ser más torpe? Si no fuese porque lo sabemos todos me negaría a pensar que en esa estrategia están Zapatero, Blanco y Chaves. Claro que la última implicación directa de Blanco en una campaña (la de las autonómicas de Galicia) ya sabemos como terminó.
Como estas líneas no llevan a ningún sitio me voy a permitir hacer un planteamiento. El que yo haría si tuviese potestad para ello. Dejaría presentarse a Tomás, con todo el apoyo posible. Trataría de lograr el mejor resultado en las presentes condiciones, que no será mucho. A continuación le daría una salida honrosa y pondría a un equipo serio de verdad. Y empezaría con la descrita estrategia inmisericorde de recortarle el terreno en todos los ámbitos a Aguirre. Y en esas condiciones, tal vez, dentro de 4 años, el PSOE no tendría que estar pensando en una estrategia a 12 ó 16 años, que es el panorama que tiene ante sí en este 2010.
sábado, 31 de julio de 2010
PANDILLAS ADOLESCENTES
Hoy voy a hablar de un libro que acabo de leer. Lo compre por dos o tres razones, todas ellas tan absurdas como pintorescas. Primero me llamó la atención el título “Fin”. Al cogerlo y ojearlo y leer la sinopsis me di cuenta de algo que he pensado muchas veces. Yo nunca tuve una pandilla de amigos en la adolescencia. No le echo la culpa a nadie y no hecho de menos esas pandillas pero me hace gracia todos los relatos (libros, cuentos, series de televisión, películas,...) que se pueden armar en torno a un grupo de jóvenes.
El libro va de eso, pero 20 años después. Un grupo de amigos que se reúnen de nuevo de mayores para recordar tiempos pasados. Eso también me atrajo. Pero, sobre todo, me atrajo la editorial Acantilado. La descubrí por casualidad pero he ido comprobando que algunos de los libros que más disfruto (y, normalmente, son los que me encuentro, no los busco) han sido publicados por esta editorial. La cosa es que me lo compré y lo leí y me gustó.
El otro día, leyendo a mi admirado Enric Juliana en La Vanguardia, descubrí con sorpresa que recomendaba el libro. Y me hizo gracia. Admiro a Juliana, no porque piense como él (argumento que suele imperar en nuestra sociedad. El de admirar al que es capaz de exponer los argumentos que nosotros tenemos pero de forma mucho más brillante) sino porque creo que escribe bien y es razonado en sus exposiciones. El artículo en cuestión (lo recomiendo, por él mismo, y por la cantidad de libros interesantes que aconseja) se publicó al día siguiente de la reunión de Zapatero y Montilla en Moncloa.
Desde entonces estoy dándole vueltas a una idea (yo no soy Juliana y necesito de reflexionar mucho más para llegar a mucho menos). El libro de David Monteaguado comienza como una reunión de amigos 20 años después de ser pandilla adolescente. En los primeros capítulos dibuja a cada uno de los personajes en su situación presente. Luego llega la fiesta del re-encuentro, el nudo de la trama, la desaparición de los sucesivos personajes y el desenlace.
Y, de repente, pensé en la minifiesta que se produjo el otro día con motivo de los 10 años de la elección de Zapatero como Secretario General del PSOE. El que tenga curiosidad por leer el libro se dará cuenta que no se da una razón de peso para la celebración de esa fiesta. La cuestión es juntarlos a todos de nuevo. En el caso del PSOE, lo de juntarse de nuevo era más necesario porque eran muchos los que se habían ido quedando por el camino. Se han quedado más de los que siguen juntos.
En el libro, cada uno ha seguido su vida, se reúnen y los protagonistas van desapareciendo. En la realidad, todos se colgaron de un proyecto, que los fue descolgando según las necesidades y luego pretendían reunirse de nuevo como si nada hubiese pasado. Sin revelar el final del libro “Fin” me atrevo a asegurar que Zapatero terminará mirando hacia delante agarrado a la mano que menos sospechamos. Sólo confío en que no pasen otros 10 años y que el paisaje que vea el susodicho sea algo más alentador que el que ven los protagonistas del libro en las últimas páginas.
Y si no nos gusta, siempre tenemos otras opciones de pandillas adolescentes tipo Los Cinco.
El libro va de eso, pero 20 años después. Un grupo de amigos que se reúnen de nuevo de mayores para recordar tiempos pasados. Eso también me atrajo. Pero, sobre todo, me atrajo la editorial Acantilado. La descubrí por casualidad pero he ido comprobando que algunos de los libros que más disfruto (y, normalmente, son los que me encuentro, no los busco) han sido publicados por esta editorial. La cosa es que me lo compré y lo leí y me gustó.
El otro día, leyendo a mi admirado Enric Juliana en La Vanguardia, descubrí con sorpresa que recomendaba el libro. Y me hizo gracia. Admiro a Juliana, no porque piense como él (argumento que suele imperar en nuestra sociedad. El de admirar al que es capaz de exponer los argumentos que nosotros tenemos pero de forma mucho más brillante) sino porque creo que escribe bien y es razonado en sus exposiciones. El artículo en cuestión (lo recomiendo, por él mismo, y por la cantidad de libros interesantes que aconseja) se publicó al día siguiente de la reunión de Zapatero y Montilla en Moncloa.
Desde entonces estoy dándole vueltas a una idea (yo no soy Juliana y necesito de reflexionar mucho más para llegar a mucho menos). El libro de David Monteaguado comienza como una reunión de amigos 20 años después de ser pandilla adolescente. En los primeros capítulos dibuja a cada uno de los personajes en su situación presente. Luego llega la fiesta del re-encuentro, el nudo de la trama, la desaparición de los sucesivos personajes y el desenlace.
Y, de repente, pensé en la minifiesta que se produjo el otro día con motivo de los 10 años de la elección de Zapatero como Secretario General del PSOE. El que tenga curiosidad por leer el libro se dará cuenta que no se da una razón de peso para la celebración de esa fiesta. La cuestión es juntarlos a todos de nuevo. En el caso del PSOE, lo de juntarse de nuevo era más necesario porque eran muchos los que se habían ido quedando por el camino. Se han quedado más de los que siguen juntos.
En el libro, cada uno ha seguido su vida, se reúnen y los protagonistas van desapareciendo. En la realidad, todos se colgaron de un proyecto, que los fue descolgando según las necesidades y luego pretendían reunirse de nuevo como si nada hubiese pasado. Sin revelar el final del libro “Fin” me atrevo a asegurar que Zapatero terminará mirando hacia delante agarrado a la mano que menos sospechamos. Sólo confío en que no pasen otros 10 años y que el paisaje que vea el susodicho sea algo más alentador que el que ven los protagonistas del libro en las últimas páginas.
Y si no nos gusta, siempre tenemos otras opciones de pandillas adolescentes tipo Los Cinco.
jueves, 15 de julio de 2010
POR TONTOS
Después de casi cuatro años esperándola, la sentencia del TC sobre el Estatuto de Cataluña nos sorprendió a casi todos. ¿Por qué a las puertas del verano?, ¿por qué con tanta prisa la publicación de los mil folios del fallo y de los votos particulares?, ¿por qué tantas cosas?. Las voces también se dispararon por el momento elegido para publicar esos mil folios. Los más moderados lo entendieron como una provocación a catalanistas e independentistas que se juntaban al día siguiente para restar legitimidad al primero de nuestros tribunales.
Viendo ayer el Debate sobre el Estado de la Nación, me inclino a pensar que, una vez más, el Presidente del Gobierno ha sabido mover los hilos para amoldar la realidad a su conveniencia. Le vino de perlas tener el tema del Estatuto tan abierto y tan reciente para salir airoso de las acometidas de Mariano Rajoy. Le vino de perlas para sacrificar a un moribundo Montilla y a un tocado PSC en el altar de una más que necesaria cercanía con CiU a costa del proclamado catalanismo de Zapatero.
Cierto es que, a priori, no tenía demasiadas dudas de que Zapatero volvería a salir airoso de este debate. Es cierto que la fórmula tiende a favorecer al presidente, sea el que sea, y no es menos cierto que este presidente se maneja mejor en estas lides que en las de gobernar. Pero, pensaba yo, que el éxito, este año, le vendría más por la vía de poner en valor sus rectificaciones en materia económica y por agitar los éxitos deportivos. Pero no. El salvavidas fue el Estatuto.
Salió airoso, con resuello y con opciones de sacar los presupuestos y agotar los 20 meses que quedan de legislatura. No podemos perder de vista que esos 20 meses están adoquinados de procesos electorales y largas campañas que van a condicionar todo el panorama. Aún más, el año que viene, probablemente por estas fechas, tendremos otro debate como éste. El último de la legislatura. Y Zapatero encontrará otro tronco al que asirse, si es que para entonces sigue en riesgo de ahogamiento.
No es descartable que en los próximos 20 meses vivamos una serie de circunstancias que nos lleven a sufrir un nuevo triunfo zapateril y cuatro años más de tortura, degradación y deterioro. Pero no podemos buscar excusas. La culpa será nuestra. Volveremos a comprar una mercancía averiada que nos ha parecido de lo más pinturera en el escaparate, quizás porque la tienda de al lado no tiene bien iluminado el suyo. Pero no podemos acudir de nuevo a la oficina de atención al consumidor con excusas baratas, porque nos van a dar con la puerta en los morros.
Por tontos.
Viendo ayer el Debate sobre el Estado de la Nación, me inclino a pensar que, una vez más, el Presidente del Gobierno ha sabido mover los hilos para amoldar la realidad a su conveniencia. Le vino de perlas tener el tema del Estatuto tan abierto y tan reciente para salir airoso de las acometidas de Mariano Rajoy. Le vino de perlas para sacrificar a un moribundo Montilla y a un tocado PSC en el altar de una más que necesaria cercanía con CiU a costa del proclamado catalanismo de Zapatero.
Cierto es que, a priori, no tenía demasiadas dudas de que Zapatero volvería a salir airoso de este debate. Es cierto que la fórmula tiende a favorecer al presidente, sea el que sea, y no es menos cierto que este presidente se maneja mejor en estas lides que en las de gobernar. Pero, pensaba yo, que el éxito, este año, le vendría más por la vía de poner en valor sus rectificaciones en materia económica y por agitar los éxitos deportivos. Pero no. El salvavidas fue el Estatuto.
Salió airoso, con resuello y con opciones de sacar los presupuestos y agotar los 20 meses que quedan de legislatura. No podemos perder de vista que esos 20 meses están adoquinados de procesos electorales y largas campañas que van a condicionar todo el panorama. Aún más, el año que viene, probablemente por estas fechas, tendremos otro debate como éste. El último de la legislatura. Y Zapatero encontrará otro tronco al que asirse, si es que para entonces sigue en riesgo de ahogamiento.
No es descartable que en los próximos 20 meses vivamos una serie de circunstancias que nos lleven a sufrir un nuevo triunfo zapateril y cuatro años más de tortura, degradación y deterioro. Pero no podemos buscar excusas. La culpa será nuestra. Volveremos a comprar una mercancía averiada que nos ha parecido de lo más pinturera en el escaparate, quizás porque la tienda de al lado no tiene bien iluminado el suyo. Pero no podemos acudir de nuevo a la oficina de atención al consumidor con excusas baratas, porque nos van a dar con la puerta en los morros.
Por tontos.
domingo, 2 de mayo de 2010
UNA DE SINDICATOS
4.600.000 parados según la última EPA conocida el viernes. No más de 10.000 se manifiestan, al día siguiente, con motivo del 1 de mayo. Por pensar bien, podríamos llegar a la conclusión de que, siendo el 1 de mayo la fiesta del trabajo, poco tenían que celebrar el 20 por ciento de los españoles en edad de trabajar que no pueden hacerlo. Por pensar bien, porque si pensamos mal, cabría llegar a la conclusión de que esos 4.600.000 españoles están cansados de los sindicatos.
Motivos, sin duda, tienen. No han sido capaces de alcanzar ningún acuerdo para mejorar las condiciones de contratación en España, con la que está cayendo. No han tenido reparo en respaldar en todo a un Gobierno que no ha hecho nada por mejorar las condiciones laborales de los españoles. Es cierto que estaba demasiado enfrascado en ver de dónde sacaba la pasta para pagar el paro a tanto desempleado. Y no han sido capaces (más bien no han querido) de movilizar a sus afiliados y simpatizantes para dejar claro que un país como el nuestro, así, no puede seguir.
No tienen ningún reparo en seguir enchufándose la parte correspondiente de los ERE que se están registrando en los últimos meses en España. No tienen problema en sumarse a cuanta campaña les parece interesante (para lo cual están en su derecho, desde luego) aunque no hagan aquello para lo que están legitimados en una sociedad estructurada como la nuestra. Pero se han encontrado con que los ciudadanos han pasado de ellos.
No hace mucho tiempo, no más de una década en cualquier caso, el minoritario sindicato USO, que suele ir un poco por libre, juntaba a 2.000 ó 3.000 personas en su celebración del día del trabajo mientras veía que sus hermanos mayores metía en las calles a varios miles. Pero este año no han sido capaces de llenar, con todo su aparataje, la madrileña Puerta del Sol. Mientras que USO volvía a reunir a un millar con su convocatoria. ¿Qué ha pasado?
Es posible que los irreductibles sean siempre más fieles que los ligeros de cascos, pero UGT y CC OO deberían hacérselo mirar. Son, o deberían de ser, una parte importante del estado y vamos teniendo síntomas de que no es así. Deberían tomar nota de que cuando la calle, la gente, los ciudadanos empiezan a pasar de un organismo, un colectivo estructurado, el batacazo suele ser de órdago. Y suele ser difícil recuperarse. Además, quién se arrima demasiado al poder sin ostentarlo suele terminar achicharrado para beneficio del propio poder.
Mal asunto para los sindicatos, desde luego. Pero mucho peor para el conjunto de los trabajadores que se quedarían (nos quedaríamos) más plantaos que un geranio si la sociedad diese la espalda a los citados sindicatos por sus errores estratégicos a corto plazo.
Motivos, sin duda, tienen. No han sido capaces de alcanzar ningún acuerdo para mejorar las condiciones de contratación en España, con la que está cayendo. No han tenido reparo en respaldar en todo a un Gobierno que no ha hecho nada por mejorar las condiciones laborales de los españoles. Es cierto que estaba demasiado enfrascado en ver de dónde sacaba la pasta para pagar el paro a tanto desempleado. Y no han sido capaces (más bien no han querido) de movilizar a sus afiliados y simpatizantes para dejar claro que un país como el nuestro, así, no puede seguir.
No tienen ningún reparo en seguir enchufándose la parte correspondiente de los ERE que se están registrando en los últimos meses en España. No tienen problema en sumarse a cuanta campaña les parece interesante (para lo cual están en su derecho, desde luego) aunque no hagan aquello para lo que están legitimados en una sociedad estructurada como la nuestra. Pero se han encontrado con que los ciudadanos han pasado de ellos.
No hace mucho tiempo, no más de una década en cualquier caso, el minoritario sindicato USO, que suele ir un poco por libre, juntaba a 2.000 ó 3.000 personas en su celebración del día del trabajo mientras veía que sus hermanos mayores metía en las calles a varios miles. Pero este año no han sido capaces de llenar, con todo su aparataje, la madrileña Puerta del Sol. Mientras que USO volvía a reunir a un millar con su convocatoria. ¿Qué ha pasado?
Es posible que los irreductibles sean siempre más fieles que los ligeros de cascos, pero UGT y CC OO deberían hacérselo mirar. Son, o deberían de ser, una parte importante del estado y vamos teniendo síntomas de que no es así. Deberían tomar nota de que cuando la calle, la gente, los ciudadanos empiezan a pasar de un organismo, un colectivo estructurado, el batacazo suele ser de órdago. Y suele ser difícil recuperarse. Además, quién se arrima demasiado al poder sin ostentarlo suele terminar achicharrado para beneficio del propio poder.
Mal asunto para los sindicatos, desde luego. Pero mucho peor para el conjunto de los trabajadores que se quedarían (nos quedaríamos) más plantaos que un geranio si la sociedad diese la espalda a los citados sindicatos por sus errores estratégicos a corto plazo.
sábado, 1 de mayo de 2010
AQUELLAS PELOTAS
Cuando era crio vivíamos en una calle con poco tránsito. En realidad, era una pequeña calle, con nombre de avenida, de la que salían otras dos calles, todavía más pequeñas y sin salida. Para que te hagas una idea, era como si fuese la letra griega pi. En ese cruce de caminos con más coches aparcados que en circulación, a pesar de que había una autoescuela y toda una estación de autobuses en la zona, desarrollábamos nuestros juegos a la que podíamos.
Juegos que siempre estaban encabezados por el fútbol. Ahora que lo pienso, éramos una calle de lo más machista. Recuerdo a alguna moza, pero no la integro en los recuerdos de nuestros juegos. Supongo que mis tratos con el sexo opuesto de mi misma edad no se normalizó hasta muchos años después. Estamos en el fútbol. También había carreras, batallas y peleas en toda regla, pero el fútbol se llevaba la palma. Siempre que hubiese un balón, claro.
En los años de los que hablo no era difícil que alguien tuviese una pelota, auténtico tesoro según los recuerdos de mi padre que no se cansa de hablar de una famosa pelota de trapo, hecha de retales, con la que emularon a Zarra, Ciriaco, Quincoces y compañía él y sus compañeros. Nosotros teníamos siempre alguna. La conmemorativa del mundial de naranjito era un clásico, pero tuvimos alguna de Mikasa y otras.
El problema es que la pelota siempre era de alguien. Bueno, en realidad era que ese alguien solía ser muy malo jugando. Mucho peor que la media, que no pasábamos de ser una mezcla cutre de Arteche, Goicoechea y Migueli. Además, solía ser un mocoso caprichoso y mal criado que, por el mero hecho de aportar la pelota, se creía que tenía derecho a imponer todas las normas. Una versión primitiva del “aceptamos pulpo como animal de compañía”. Nosotros no siempre aceptábamos pulpo, pero cuando nos resistíamos solíamos acabar jugando al pilla pilla o al tú la llevas o a darnos de hostias, sin más contemplaciones.
Éramos críos y no nos gustaba que los mayores se metiesen en nuestras cosas.
Pero a los mayores, también les pasan cosas parecidas. Siempre hay alguno que quiere imponer las normas bajo la amenaza de irse con la pelota, o recordando que su papá es el presidente de la comunidad de vecinos. Siempre hay alguno que no se conforma con ser uno más y asumir las tesis de Coubertain de participar y divertirse. Quieren que siempre sea lo qué ellos quieren, cómo ellos quieren y cuándo ellos quieren.
La pena es que son adultos. Ya no queda bien que los demás se vayan a jugar a otra cosa y los dejen tirados con su tontería. Y mucho peor resulta si la alternativa es partirles la cara. Lo de la violencia está muy mal visto. Pero por mentirosos, egoístas y otras muchas cosas, algunos mayores se merecen, cuando menos, unos azotes. Y estas últimas semanas, más.
Juegos que siempre estaban encabezados por el fútbol. Ahora que lo pienso, éramos una calle de lo más machista. Recuerdo a alguna moza, pero no la integro en los recuerdos de nuestros juegos. Supongo que mis tratos con el sexo opuesto de mi misma edad no se normalizó hasta muchos años después. Estamos en el fútbol. También había carreras, batallas y peleas en toda regla, pero el fútbol se llevaba la palma. Siempre que hubiese un balón, claro.
En los años de los que hablo no era difícil que alguien tuviese una pelota, auténtico tesoro según los recuerdos de mi padre que no se cansa de hablar de una famosa pelota de trapo, hecha de retales, con la que emularon a Zarra, Ciriaco, Quincoces y compañía él y sus compañeros. Nosotros teníamos siempre alguna. La conmemorativa del mundial de naranjito era un clásico, pero tuvimos alguna de Mikasa y otras.
El problema es que la pelota siempre era de alguien. Bueno, en realidad era que ese alguien solía ser muy malo jugando. Mucho peor que la media, que no pasábamos de ser una mezcla cutre de Arteche, Goicoechea y Migueli. Además, solía ser un mocoso caprichoso y mal criado que, por el mero hecho de aportar la pelota, se creía que tenía derecho a imponer todas las normas. Una versión primitiva del “aceptamos pulpo como animal de compañía”. Nosotros no siempre aceptábamos pulpo, pero cuando nos resistíamos solíamos acabar jugando al pilla pilla o al tú la llevas o a darnos de hostias, sin más contemplaciones.
Éramos críos y no nos gustaba que los mayores se metiesen en nuestras cosas.
Pero a los mayores, también les pasan cosas parecidas. Siempre hay alguno que quiere imponer las normas bajo la amenaza de irse con la pelota, o recordando que su papá es el presidente de la comunidad de vecinos. Siempre hay alguno que no se conforma con ser uno más y asumir las tesis de Coubertain de participar y divertirse. Quieren que siempre sea lo qué ellos quieren, cómo ellos quieren y cuándo ellos quieren.
La pena es que son adultos. Ya no queda bien que los demás se vayan a jugar a otra cosa y los dejen tirados con su tontería. Y mucho peor resulta si la alternativa es partirles la cara. Lo de la violencia está muy mal visto. Pero por mentirosos, egoístas y otras muchas cosas, algunos mayores se merecen, cuando menos, unos azotes. Y estas últimas semanas, más.
martes, 13 de abril de 2010
LAS VÍCTIMAS
Hubo un tiempo en el que estaba convencido de que casi todos habíamos sido víctimas del franquismo. Daba lo mismo que sólo hubiésemos compartido el país unos pocos años con el dictador. Daba lo mismo que hubiésemos manifestado públicamente o no nuestras ideas políticas. Daba lo mismo. España, que éramos todos, habíamos sufrido el franquismo y, por lo tanto, éramos víctimas.
Ahora no. Ahora tienes que presentar determinadas credenciales para que te den el carné de víctima del franquismo. Puedes ser, incluso, un auténtico indeseable. Un delincuente, un don nadie, un jeta, una buena persona, un vividor, o, incluso, un auténtico y genuino franquista. Pero, si por un casual, un tío tuyo, un primo, un compañero de trabajo, está enterrado en una fosa común, o fue encarcelado injustamente, puede ser que estos tipejos bien pensantes te otorguen el carné de víctima. Si es así, date por jodido.
Estos que reparten carnés de víctimas del franquismo son los mismos que se han pasado años tratando de diferenciar a las víctimas del terrorismo. Y lo han conseguido. Les interesaba mucho destacar que no todos los asesinados por ETA eran igual. En realidad, pensaban que los supervivientes podían ser buenos (si eran de los suyos y no montaban mucho lío cuando no convenía) o malos, si actuaban por su cuenta y no se callaban cuando no querían callarse (aunque, a veces, hubiese sido mejor que estuviesen en silencio). Pero ellos, ahora, como han hecho muchas veces a lo largo de la historia, se han quedado con la máquina de imprimir y repartir carnés. Son muy listos.
Tan listos que seguimos asumiendo sus tesis, sus denominaciones y sus etiquetas sin inmutarnos y, cuando queremos reaccionar, es necesariamente tarde.
Yo me siento y me declaro víctima del franquismo. Por la misma razón que me siento amparado por la transición española que me ha permitido vivir como vivo y no como unos y otros querían que viviese. Bajo uno u otro totalitarismo, igual de perverso el uno que el otro. Yo sé donde están enterrados todos mis antepasados. Pero me da lo mismo. No voy a los cementerios. No me interesa ese culto a los muertos y me parece absolutamente innecesario.
Entiendo, perfectamente, que todo el mundo tiene derecho a saber donde está enterrado su padre, su hermana, su mujer o su hijo. Y cuando digo todo el mundo, quiero decir y digo todo el mundo. No sólo los que expiden los carnés antedichos. Pero a mi me gustaría saber donde está enterrado Velázquez y no veo ni a Gallardón, ni a Aguirre, ni a Zapatero, ni a Sinde, ni a Garzón muy interesados en el asunto. No. No pretendo comparar. Pero cuando hay quienes llevan años diciendo tonterías, que quieres que te diga, a mi me salen las mías.
Una cosa es tener memoria (y la memoria sólo puede ser histórica, no puede ser futurista) y otra cosa es convertirse en rehén de esa memoria. Otra cosa es vivir en el pasado. Otra cosa, bien distinta, es querer ajustar unas cuentas cuando se cree que se tiene poder para imponer una determinada tesis y eso, lo haga quien lo haga, siempre está mal.
Claro que la transición ofreció muchas soluciones. Muchas. Ninguna perfecta. Ninguna. Pero soluciones, al fin y al cabo. Y la esencia de todas ellas fue simple. Todos cedieron. Todos cedimos. Si ahora hay quienes quieren cambiar las reglas de ese acuerdo, deberían pensar, tener en cuenta y sopesar que todos pueden reclamar lo mismo. Y eso sería un desastre.
Ahora no. Ahora tienes que presentar determinadas credenciales para que te den el carné de víctima del franquismo. Puedes ser, incluso, un auténtico indeseable. Un delincuente, un don nadie, un jeta, una buena persona, un vividor, o, incluso, un auténtico y genuino franquista. Pero, si por un casual, un tío tuyo, un primo, un compañero de trabajo, está enterrado en una fosa común, o fue encarcelado injustamente, puede ser que estos tipejos bien pensantes te otorguen el carné de víctima. Si es así, date por jodido.
Estos que reparten carnés de víctimas del franquismo son los mismos que se han pasado años tratando de diferenciar a las víctimas del terrorismo. Y lo han conseguido. Les interesaba mucho destacar que no todos los asesinados por ETA eran igual. En realidad, pensaban que los supervivientes podían ser buenos (si eran de los suyos y no montaban mucho lío cuando no convenía) o malos, si actuaban por su cuenta y no se callaban cuando no querían callarse (aunque, a veces, hubiese sido mejor que estuviesen en silencio). Pero ellos, ahora, como han hecho muchas veces a lo largo de la historia, se han quedado con la máquina de imprimir y repartir carnés. Son muy listos.
Tan listos que seguimos asumiendo sus tesis, sus denominaciones y sus etiquetas sin inmutarnos y, cuando queremos reaccionar, es necesariamente tarde.
Yo me siento y me declaro víctima del franquismo. Por la misma razón que me siento amparado por la transición española que me ha permitido vivir como vivo y no como unos y otros querían que viviese. Bajo uno u otro totalitarismo, igual de perverso el uno que el otro. Yo sé donde están enterrados todos mis antepasados. Pero me da lo mismo. No voy a los cementerios. No me interesa ese culto a los muertos y me parece absolutamente innecesario.
Entiendo, perfectamente, que todo el mundo tiene derecho a saber donde está enterrado su padre, su hermana, su mujer o su hijo. Y cuando digo todo el mundo, quiero decir y digo todo el mundo. No sólo los que expiden los carnés antedichos. Pero a mi me gustaría saber donde está enterrado Velázquez y no veo ni a Gallardón, ni a Aguirre, ni a Zapatero, ni a Sinde, ni a Garzón muy interesados en el asunto. No. No pretendo comparar. Pero cuando hay quienes llevan años diciendo tonterías, que quieres que te diga, a mi me salen las mías.
Una cosa es tener memoria (y la memoria sólo puede ser histórica, no puede ser futurista) y otra cosa es convertirse en rehén de esa memoria. Otra cosa es vivir en el pasado. Otra cosa, bien distinta, es querer ajustar unas cuentas cuando se cree que se tiene poder para imponer una determinada tesis y eso, lo haga quien lo haga, siempre está mal.
Claro que la transición ofreció muchas soluciones. Muchas. Ninguna perfecta. Ninguna. Pero soluciones, al fin y al cabo. Y la esencia de todas ellas fue simple. Todos cedieron. Todos cedimos. Si ahora hay quienes quieren cambiar las reglas de ese acuerdo, deberían pensar, tener en cuenta y sopesar que todos pueden reclamar lo mismo. Y eso sería un desastre.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
