Después de casi cuatro años esperándola, la sentencia del TC sobre el Estatuto de Cataluña nos sorprendió a casi todos. ¿Por qué a las puertas del verano?, ¿por qué con tanta prisa la publicación de los mil folios del fallo y de los votos particulares?, ¿por qué tantas cosas?. Las voces también se dispararon por el momento elegido para publicar esos mil folios. Los más moderados lo entendieron como una provocación a catalanistas e independentistas que se juntaban al día siguiente para restar legitimidad al primero de nuestros tribunales.
Viendo ayer el Debate sobre el Estado de la Nación, me inclino a pensar que, una vez más, el Presidente del Gobierno ha sabido mover los hilos para amoldar la realidad a su conveniencia. Le vino de perlas tener el tema del Estatuto tan abierto y tan reciente para salir airoso de las acometidas de Mariano Rajoy. Le vino de perlas para sacrificar a un moribundo Montilla y a un tocado PSC en el altar de una más que necesaria cercanía con CiU a costa del proclamado catalanismo de Zapatero.
Cierto es que, a priori, no tenía demasiadas dudas de que Zapatero volvería a salir airoso de este debate. Es cierto que la fórmula tiende a favorecer al presidente, sea el que sea, y no es menos cierto que este presidente se maneja mejor en estas lides que en las de gobernar. Pero, pensaba yo, que el éxito, este año, le vendría más por la vía de poner en valor sus rectificaciones en materia económica y por agitar los éxitos deportivos. Pero no. El salvavidas fue el Estatuto.
Salió airoso, con resuello y con opciones de sacar los presupuestos y agotar los 20 meses que quedan de legislatura. No podemos perder de vista que esos 20 meses están adoquinados de procesos electorales y largas campañas que van a condicionar todo el panorama. Aún más, el año que viene, probablemente por estas fechas, tendremos otro debate como éste. El último de la legislatura. Y Zapatero encontrará otro tronco al que asirse, si es que para entonces sigue en riesgo de ahogamiento.
No es descartable que en los próximos 20 meses vivamos una serie de circunstancias que nos lleven a sufrir un nuevo triunfo zapateril y cuatro años más de tortura, degradación y deterioro. Pero no podemos buscar excusas. La culpa será nuestra. Volveremos a comprar una mercancía averiada que nos ha parecido de lo más pinturera en el escaparate, quizás porque la tienda de al lado no tiene bien iluminado el suyo. Pero no podemos acudir de nuevo a la oficina de atención al consumidor con excusas baratas, porque nos van a dar con la puerta en los morros.
Por tontos.
jueves, 15 de julio de 2010
domingo, 2 de mayo de 2010
UNA DE SINDICATOS
4.600.000 parados según la última EPA conocida el viernes. No más de 10.000 se manifiestan, al día siguiente, con motivo del 1 de mayo. Por pensar bien, podríamos llegar a la conclusión de que, siendo el 1 de mayo la fiesta del trabajo, poco tenían que celebrar el 20 por ciento de los españoles en edad de trabajar que no pueden hacerlo. Por pensar bien, porque si pensamos mal, cabría llegar a la conclusión de que esos 4.600.000 españoles están cansados de los sindicatos.
Motivos, sin duda, tienen. No han sido capaces de alcanzar ningún acuerdo para mejorar las condiciones de contratación en España, con la que está cayendo. No han tenido reparo en respaldar en todo a un Gobierno que no ha hecho nada por mejorar las condiciones laborales de los españoles. Es cierto que estaba demasiado enfrascado en ver de dónde sacaba la pasta para pagar el paro a tanto desempleado. Y no han sido capaces (más bien no han querido) de movilizar a sus afiliados y simpatizantes para dejar claro que un país como el nuestro, así, no puede seguir.
No tienen ningún reparo en seguir enchufándose la parte correspondiente de los ERE que se están registrando en los últimos meses en España. No tienen problema en sumarse a cuanta campaña les parece interesante (para lo cual están en su derecho, desde luego) aunque no hagan aquello para lo que están legitimados en una sociedad estructurada como la nuestra. Pero se han encontrado con que los ciudadanos han pasado de ellos.
No hace mucho tiempo, no más de una década en cualquier caso, el minoritario sindicato USO, que suele ir un poco por libre, juntaba a 2.000 ó 3.000 personas en su celebración del día del trabajo mientras veía que sus hermanos mayores metía en las calles a varios miles. Pero este año no han sido capaces de llenar, con todo su aparataje, la madrileña Puerta del Sol. Mientras que USO volvía a reunir a un millar con su convocatoria. ¿Qué ha pasado?
Es posible que los irreductibles sean siempre más fieles que los ligeros de cascos, pero UGT y CC OO deberían hacérselo mirar. Son, o deberían de ser, una parte importante del estado y vamos teniendo síntomas de que no es así. Deberían tomar nota de que cuando la calle, la gente, los ciudadanos empiezan a pasar de un organismo, un colectivo estructurado, el batacazo suele ser de órdago. Y suele ser difícil recuperarse. Además, quién se arrima demasiado al poder sin ostentarlo suele terminar achicharrado para beneficio del propio poder.
Mal asunto para los sindicatos, desde luego. Pero mucho peor para el conjunto de los trabajadores que se quedarían (nos quedaríamos) más plantaos que un geranio si la sociedad diese la espalda a los citados sindicatos por sus errores estratégicos a corto plazo.
Motivos, sin duda, tienen. No han sido capaces de alcanzar ningún acuerdo para mejorar las condiciones de contratación en España, con la que está cayendo. No han tenido reparo en respaldar en todo a un Gobierno que no ha hecho nada por mejorar las condiciones laborales de los españoles. Es cierto que estaba demasiado enfrascado en ver de dónde sacaba la pasta para pagar el paro a tanto desempleado. Y no han sido capaces (más bien no han querido) de movilizar a sus afiliados y simpatizantes para dejar claro que un país como el nuestro, así, no puede seguir.
No tienen ningún reparo en seguir enchufándose la parte correspondiente de los ERE que se están registrando en los últimos meses en España. No tienen problema en sumarse a cuanta campaña les parece interesante (para lo cual están en su derecho, desde luego) aunque no hagan aquello para lo que están legitimados en una sociedad estructurada como la nuestra. Pero se han encontrado con que los ciudadanos han pasado de ellos.
No hace mucho tiempo, no más de una década en cualquier caso, el minoritario sindicato USO, que suele ir un poco por libre, juntaba a 2.000 ó 3.000 personas en su celebración del día del trabajo mientras veía que sus hermanos mayores metía en las calles a varios miles. Pero este año no han sido capaces de llenar, con todo su aparataje, la madrileña Puerta del Sol. Mientras que USO volvía a reunir a un millar con su convocatoria. ¿Qué ha pasado?
Es posible que los irreductibles sean siempre más fieles que los ligeros de cascos, pero UGT y CC OO deberían hacérselo mirar. Son, o deberían de ser, una parte importante del estado y vamos teniendo síntomas de que no es así. Deberían tomar nota de que cuando la calle, la gente, los ciudadanos empiezan a pasar de un organismo, un colectivo estructurado, el batacazo suele ser de órdago. Y suele ser difícil recuperarse. Además, quién se arrima demasiado al poder sin ostentarlo suele terminar achicharrado para beneficio del propio poder.
Mal asunto para los sindicatos, desde luego. Pero mucho peor para el conjunto de los trabajadores que se quedarían (nos quedaríamos) más plantaos que un geranio si la sociedad diese la espalda a los citados sindicatos por sus errores estratégicos a corto plazo.
sábado, 1 de mayo de 2010
AQUELLAS PELOTAS
Cuando era crio vivíamos en una calle con poco tránsito. En realidad, era una pequeña calle, con nombre de avenida, de la que salían otras dos calles, todavía más pequeñas y sin salida. Para que te hagas una idea, era como si fuese la letra griega pi. En ese cruce de caminos con más coches aparcados que en circulación, a pesar de que había una autoescuela y toda una estación de autobuses en la zona, desarrollábamos nuestros juegos a la que podíamos.
Juegos que siempre estaban encabezados por el fútbol. Ahora que lo pienso, éramos una calle de lo más machista. Recuerdo a alguna moza, pero no la integro en los recuerdos de nuestros juegos. Supongo que mis tratos con el sexo opuesto de mi misma edad no se normalizó hasta muchos años después. Estamos en el fútbol. También había carreras, batallas y peleas en toda regla, pero el fútbol se llevaba la palma. Siempre que hubiese un balón, claro.
En los años de los que hablo no era difícil que alguien tuviese una pelota, auténtico tesoro según los recuerdos de mi padre que no se cansa de hablar de una famosa pelota de trapo, hecha de retales, con la que emularon a Zarra, Ciriaco, Quincoces y compañía él y sus compañeros. Nosotros teníamos siempre alguna. La conmemorativa del mundial de naranjito era un clásico, pero tuvimos alguna de Mikasa y otras.
El problema es que la pelota siempre era de alguien. Bueno, en realidad era que ese alguien solía ser muy malo jugando. Mucho peor que la media, que no pasábamos de ser una mezcla cutre de Arteche, Goicoechea y Migueli. Además, solía ser un mocoso caprichoso y mal criado que, por el mero hecho de aportar la pelota, se creía que tenía derecho a imponer todas las normas. Una versión primitiva del “aceptamos pulpo como animal de compañía”. Nosotros no siempre aceptábamos pulpo, pero cuando nos resistíamos solíamos acabar jugando al pilla pilla o al tú la llevas o a darnos de hostias, sin más contemplaciones.
Éramos críos y no nos gustaba que los mayores se metiesen en nuestras cosas.
Pero a los mayores, también les pasan cosas parecidas. Siempre hay alguno que quiere imponer las normas bajo la amenaza de irse con la pelota, o recordando que su papá es el presidente de la comunidad de vecinos. Siempre hay alguno que no se conforma con ser uno más y asumir las tesis de Coubertain de participar y divertirse. Quieren que siempre sea lo qué ellos quieren, cómo ellos quieren y cuándo ellos quieren.
La pena es que son adultos. Ya no queda bien que los demás se vayan a jugar a otra cosa y los dejen tirados con su tontería. Y mucho peor resulta si la alternativa es partirles la cara. Lo de la violencia está muy mal visto. Pero por mentirosos, egoístas y otras muchas cosas, algunos mayores se merecen, cuando menos, unos azotes. Y estas últimas semanas, más.
Juegos que siempre estaban encabezados por el fútbol. Ahora que lo pienso, éramos una calle de lo más machista. Recuerdo a alguna moza, pero no la integro en los recuerdos de nuestros juegos. Supongo que mis tratos con el sexo opuesto de mi misma edad no se normalizó hasta muchos años después. Estamos en el fútbol. También había carreras, batallas y peleas en toda regla, pero el fútbol se llevaba la palma. Siempre que hubiese un balón, claro.
En los años de los que hablo no era difícil que alguien tuviese una pelota, auténtico tesoro según los recuerdos de mi padre que no se cansa de hablar de una famosa pelota de trapo, hecha de retales, con la que emularon a Zarra, Ciriaco, Quincoces y compañía él y sus compañeros. Nosotros teníamos siempre alguna. La conmemorativa del mundial de naranjito era un clásico, pero tuvimos alguna de Mikasa y otras.
El problema es que la pelota siempre era de alguien. Bueno, en realidad era que ese alguien solía ser muy malo jugando. Mucho peor que la media, que no pasábamos de ser una mezcla cutre de Arteche, Goicoechea y Migueli. Además, solía ser un mocoso caprichoso y mal criado que, por el mero hecho de aportar la pelota, se creía que tenía derecho a imponer todas las normas. Una versión primitiva del “aceptamos pulpo como animal de compañía”. Nosotros no siempre aceptábamos pulpo, pero cuando nos resistíamos solíamos acabar jugando al pilla pilla o al tú la llevas o a darnos de hostias, sin más contemplaciones.
Éramos críos y no nos gustaba que los mayores se metiesen en nuestras cosas.
Pero a los mayores, también les pasan cosas parecidas. Siempre hay alguno que quiere imponer las normas bajo la amenaza de irse con la pelota, o recordando que su papá es el presidente de la comunidad de vecinos. Siempre hay alguno que no se conforma con ser uno más y asumir las tesis de Coubertain de participar y divertirse. Quieren que siempre sea lo qué ellos quieren, cómo ellos quieren y cuándo ellos quieren.
La pena es que son adultos. Ya no queda bien que los demás se vayan a jugar a otra cosa y los dejen tirados con su tontería. Y mucho peor resulta si la alternativa es partirles la cara. Lo de la violencia está muy mal visto. Pero por mentirosos, egoístas y otras muchas cosas, algunos mayores se merecen, cuando menos, unos azotes. Y estas últimas semanas, más.
martes, 13 de abril de 2010
LAS VÍCTIMAS
Hubo un tiempo en el que estaba convencido de que casi todos habíamos sido víctimas del franquismo. Daba lo mismo que sólo hubiésemos compartido el país unos pocos años con el dictador. Daba lo mismo que hubiésemos manifestado públicamente o no nuestras ideas políticas. Daba lo mismo. España, que éramos todos, habíamos sufrido el franquismo y, por lo tanto, éramos víctimas.
Ahora no. Ahora tienes que presentar determinadas credenciales para que te den el carné de víctima del franquismo. Puedes ser, incluso, un auténtico indeseable. Un delincuente, un don nadie, un jeta, una buena persona, un vividor, o, incluso, un auténtico y genuino franquista. Pero, si por un casual, un tío tuyo, un primo, un compañero de trabajo, está enterrado en una fosa común, o fue encarcelado injustamente, puede ser que estos tipejos bien pensantes te otorguen el carné de víctima. Si es así, date por jodido.
Estos que reparten carnés de víctimas del franquismo son los mismos que se han pasado años tratando de diferenciar a las víctimas del terrorismo. Y lo han conseguido. Les interesaba mucho destacar que no todos los asesinados por ETA eran igual. En realidad, pensaban que los supervivientes podían ser buenos (si eran de los suyos y no montaban mucho lío cuando no convenía) o malos, si actuaban por su cuenta y no se callaban cuando no querían callarse (aunque, a veces, hubiese sido mejor que estuviesen en silencio). Pero ellos, ahora, como han hecho muchas veces a lo largo de la historia, se han quedado con la máquina de imprimir y repartir carnés. Son muy listos.
Tan listos que seguimos asumiendo sus tesis, sus denominaciones y sus etiquetas sin inmutarnos y, cuando queremos reaccionar, es necesariamente tarde.
Yo me siento y me declaro víctima del franquismo. Por la misma razón que me siento amparado por la transición española que me ha permitido vivir como vivo y no como unos y otros querían que viviese. Bajo uno u otro totalitarismo, igual de perverso el uno que el otro. Yo sé donde están enterrados todos mis antepasados. Pero me da lo mismo. No voy a los cementerios. No me interesa ese culto a los muertos y me parece absolutamente innecesario.
Entiendo, perfectamente, que todo el mundo tiene derecho a saber donde está enterrado su padre, su hermana, su mujer o su hijo. Y cuando digo todo el mundo, quiero decir y digo todo el mundo. No sólo los que expiden los carnés antedichos. Pero a mi me gustaría saber donde está enterrado Velázquez y no veo ni a Gallardón, ni a Aguirre, ni a Zapatero, ni a Sinde, ni a Garzón muy interesados en el asunto. No. No pretendo comparar. Pero cuando hay quienes llevan años diciendo tonterías, que quieres que te diga, a mi me salen las mías.
Una cosa es tener memoria (y la memoria sólo puede ser histórica, no puede ser futurista) y otra cosa es convertirse en rehén de esa memoria. Otra cosa es vivir en el pasado. Otra cosa, bien distinta, es querer ajustar unas cuentas cuando se cree que se tiene poder para imponer una determinada tesis y eso, lo haga quien lo haga, siempre está mal.
Claro que la transición ofreció muchas soluciones. Muchas. Ninguna perfecta. Ninguna. Pero soluciones, al fin y al cabo. Y la esencia de todas ellas fue simple. Todos cedieron. Todos cedimos. Si ahora hay quienes quieren cambiar las reglas de ese acuerdo, deberían pensar, tener en cuenta y sopesar que todos pueden reclamar lo mismo. Y eso sería un desastre.
Ahora no. Ahora tienes que presentar determinadas credenciales para que te den el carné de víctima del franquismo. Puedes ser, incluso, un auténtico indeseable. Un delincuente, un don nadie, un jeta, una buena persona, un vividor, o, incluso, un auténtico y genuino franquista. Pero, si por un casual, un tío tuyo, un primo, un compañero de trabajo, está enterrado en una fosa común, o fue encarcelado injustamente, puede ser que estos tipejos bien pensantes te otorguen el carné de víctima. Si es así, date por jodido.
Estos que reparten carnés de víctimas del franquismo son los mismos que se han pasado años tratando de diferenciar a las víctimas del terrorismo. Y lo han conseguido. Les interesaba mucho destacar que no todos los asesinados por ETA eran igual. En realidad, pensaban que los supervivientes podían ser buenos (si eran de los suyos y no montaban mucho lío cuando no convenía) o malos, si actuaban por su cuenta y no se callaban cuando no querían callarse (aunque, a veces, hubiese sido mejor que estuviesen en silencio). Pero ellos, ahora, como han hecho muchas veces a lo largo de la historia, se han quedado con la máquina de imprimir y repartir carnés. Son muy listos.
Tan listos que seguimos asumiendo sus tesis, sus denominaciones y sus etiquetas sin inmutarnos y, cuando queremos reaccionar, es necesariamente tarde.
Yo me siento y me declaro víctima del franquismo. Por la misma razón que me siento amparado por la transición española que me ha permitido vivir como vivo y no como unos y otros querían que viviese. Bajo uno u otro totalitarismo, igual de perverso el uno que el otro. Yo sé donde están enterrados todos mis antepasados. Pero me da lo mismo. No voy a los cementerios. No me interesa ese culto a los muertos y me parece absolutamente innecesario.
Entiendo, perfectamente, que todo el mundo tiene derecho a saber donde está enterrado su padre, su hermana, su mujer o su hijo. Y cuando digo todo el mundo, quiero decir y digo todo el mundo. No sólo los que expiden los carnés antedichos. Pero a mi me gustaría saber donde está enterrado Velázquez y no veo ni a Gallardón, ni a Aguirre, ni a Zapatero, ni a Sinde, ni a Garzón muy interesados en el asunto. No. No pretendo comparar. Pero cuando hay quienes llevan años diciendo tonterías, que quieres que te diga, a mi me salen las mías.
Una cosa es tener memoria (y la memoria sólo puede ser histórica, no puede ser futurista) y otra cosa es convertirse en rehén de esa memoria. Otra cosa es vivir en el pasado. Otra cosa, bien distinta, es querer ajustar unas cuentas cuando se cree que se tiene poder para imponer una determinada tesis y eso, lo haga quien lo haga, siempre está mal.
Claro que la transición ofreció muchas soluciones. Muchas. Ninguna perfecta. Ninguna. Pero soluciones, al fin y al cabo. Y la esencia de todas ellas fue simple. Todos cedieron. Todos cedimos. Si ahora hay quienes quieren cambiar las reglas de ese acuerdo, deberían pensar, tener en cuenta y sopesar que todos pueden reclamar lo mismo. Y eso sería un desastre.
martes, 16 de marzo de 2010
LOS AUTODENOMINADOS
Hubo un tiempo en que los intelectuales eran otra cosa. No sólo habían leído más que la media y cosas que no todo el mundo tenía el cerebro necesario para leer. También habían sido capaces de desarrollar ideas propias y de ponerlas al servicio de los demás. Hubo un tiempo en el que los intelectuales eran pocos, selectos, como todo lo realmente importante, y servían de guías a las sociedades de las que formaban parte.
Desde la mitológica revolución del 68, los intelectuales han pasado a ser todos aquellos que aprenden a vivir sin trabajar… demasiado. Esa panda que probablemente ha leído pero que no ha asimilado todo lo que le ha entrado por los ojos. Los que presumen de hacer aquello que el común de los mortales no podemos o no queremos o no nos atrevemos a hacer. La primera perversión nace de la propia denominación. En aquel tiempo, eran otros los que calificaban a los intelectuales como tales. Y a ellos les solía dar reparo el término. Ahora se llaman intelectuales ellos mismos a sí mismos. Y ya hay que tener valor.
En un país como el nuestro, en el que se muere un señor como Delibes y casi nadie le llama intelectual es síntoma de dos cosas. Una, que el propio término “intelectual” está devaluado. Dos, que los que se autodenominan intelectuales tienen claro cuáles son las características que tiene que cumplir un intelectual. Por ejemplo, no ser castellano y estar orgulloso de serlo. No ser cazador, no haber criticado nunca a la izquierda, aunque se lo merezca, no haber tenido 7 hijos (eso suena a opusino y retrógrado),…
Cuando un país como el nuestro sólo ve posible ser intelectual y de izquierdas es que estamos al borde de no tener solución y, quizás, lo mejor sea decir “a la mierda los intelectuales, regenerémonos desde abajo”.
Por mi parte, hace años que siento el mayor de los desprecios cada vez que veo la palabra “intelectual” adosada a lo que sea, pero claro, vamos teniendo sobrado ejemplos de lo que estoy diciendo. Los últimos, los del Guillermo ese diciendo que algo habrá hecho Zapata para estar en la cárcel en Cuba. Me he acordado de la cantidad de veces que decían eso de la gente que asesinaba ETA a finales de los 70, en los 80 y hasta bien entrados los 90.
Hoy mismo leo que una panda de autodenominados que encabeza Pilar Bardem, Juan Diego o Miguel Ríos dicen que es perverso que unos presuntos delincuentes conviertan al juez Garzón en reo. Vaya por dios. Ellos, los mismos que quieren no se qué justicia sobre hechos de hace casi un siglo se niegan a que haya justicia sobre hechos de antes de ayer. Porque de eso estamos hablando, de justicia. Y no nos confundamos. Ningún juez es la justicia. Los jueces, también Garzón, son instrumentos para impartir justicia.
Desgraciadamente, no es la primera vez que en España se juzga a un juez (parece un trabalenguas), ni será la última, si llega el caso. Ni es la primera vez que se condena a un juez, ni será la última, si llega el caso. Y no entiendo, o sí, porque hay tanto alboroto de los radicales folclóricos autodenominados intelectuales. Pero habría que decírselo a la cara, porque ellos no tienen ninguna superioridad moral sobre el resto de los españoles, por mucho que se empeñen. Por cierto, en su torpeza llevan la penitencia. Si esos que han denunciado a Garzón son “presuntos” según sus propias palabras, están en el mismo estatus que Garzón, que sigue siendo “presunto” mientras no sea condenado. Como todos. Ni más ni menos.
Desde la mitológica revolución del 68, los intelectuales han pasado a ser todos aquellos que aprenden a vivir sin trabajar… demasiado. Esa panda que probablemente ha leído pero que no ha asimilado todo lo que le ha entrado por los ojos. Los que presumen de hacer aquello que el común de los mortales no podemos o no queremos o no nos atrevemos a hacer. La primera perversión nace de la propia denominación. En aquel tiempo, eran otros los que calificaban a los intelectuales como tales. Y a ellos les solía dar reparo el término. Ahora se llaman intelectuales ellos mismos a sí mismos. Y ya hay que tener valor.
En un país como el nuestro, en el que se muere un señor como Delibes y casi nadie le llama intelectual es síntoma de dos cosas. Una, que el propio término “intelectual” está devaluado. Dos, que los que se autodenominan intelectuales tienen claro cuáles son las características que tiene que cumplir un intelectual. Por ejemplo, no ser castellano y estar orgulloso de serlo. No ser cazador, no haber criticado nunca a la izquierda, aunque se lo merezca, no haber tenido 7 hijos (eso suena a opusino y retrógrado),…
Cuando un país como el nuestro sólo ve posible ser intelectual y de izquierdas es que estamos al borde de no tener solución y, quizás, lo mejor sea decir “a la mierda los intelectuales, regenerémonos desde abajo”.
Por mi parte, hace años que siento el mayor de los desprecios cada vez que veo la palabra “intelectual” adosada a lo que sea, pero claro, vamos teniendo sobrado ejemplos de lo que estoy diciendo. Los últimos, los del Guillermo ese diciendo que algo habrá hecho Zapata para estar en la cárcel en Cuba. Me he acordado de la cantidad de veces que decían eso de la gente que asesinaba ETA a finales de los 70, en los 80 y hasta bien entrados los 90.
Hoy mismo leo que una panda de autodenominados que encabeza Pilar Bardem, Juan Diego o Miguel Ríos dicen que es perverso que unos presuntos delincuentes conviertan al juez Garzón en reo. Vaya por dios. Ellos, los mismos que quieren no se qué justicia sobre hechos de hace casi un siglo se niegan a que haya justicia sobre hechos de antes de ayer. Porque de eso estamos hablando, de justicia. Y no nos confundamos. Ningún juez es la justicia. Los jueces, también Garzón, son instrumentos para impartir justicia.
Desgraciadamente, no es la primera vez que en España se juzga a un juez (parece un trabalenguas), ni será la última, si llega el caso. Ni es la primera vez que se condena a un juez, ni será la última, si llega el caso. Y no entiendo, o sí, porque hay tanto alboroto de los radicales folclóricos autodenominados intelectuales. Pero habría que decírselo a la cara, porque ellos no tienen ninguna superioridad moral sobre el resto de los españoles, por mucho que se empeñen. Por cierto, en su torpeza llevan la penitencia. Si esos que han denunciado a Garzón son “presuntos” según sus propias palabras, están en el mismo estatus que Garzón, que sigue siendo “presunto” mientras no sea condenado. Como todos. Ni más ni menos.
lunes, 15 de marzo de 2010
PERDÓN POR EL RETRASO
He llegado tarde a muchas cosas en mi vida. Y he de decir que no me ha pasado nada. En algunos casos, es cierto, he pensado más de una vez como hubiese sido si hubiese llegado antes. De todas formas, como tampoco soy de arrepentirme, cierro rápido capítulos y a otra cosa.
Por ejemplo, he pensado más de una vez si hubiese podido llegar a ser un deportista profesional. He practicado varios pero o los empecé un poco tarde, o fui inconstante o no supe aprender de las enseñanzas, o todo ello junto. No me arrepiento. A día de hoy sigo disfrutando y he descubierto otros deportes y me da mucha pereza pensar en los problemas físicos que arrastran los ex deportistas para toda su vida.
Llegué tarde al tema de las chicas. En realidad, sería más correcto decir que ni llegué. Me tope con la indicada a lo que podríamos calificar como una edad provecta y no ha habido ni antes, ni después, ni falta que hace. Pero me causa cierta ternura cuando mis amigos, cada vez más, hablan de sus novias de juventud o comparan lo que tuvieron con lo que tienen. Se me escapan sus reflexiones.
Llegue tarde a los idiomas y, parar ser justos, no me esforcé demasiado. Me dio miedo. Temí al fracaso. Y ahora intento casi cada día ponerle remedio. Me costó mucho quitarme la vergüenza. Me la he quitado. Pero, siendo mucho, no es suficiente. Y conozco mucha gente de mi edad y más mayor que está tomando decisiones drásticas del tipo de me voy unos meses a un país que no conozco para asentar lo que sé y aprender lo que no sé. Tal vez, en esta ocasión sí lo haga. Ya veremos.
Pero una de las cosas a las que llegué tarde y más rabia me da es la lectura. Esa es culpa sólo mía. En casa de mis padres había miles de libros. Soy incapaz de recordar un rincón de casa que no tuviese libros. Todos los días, después del pis del primer minuto, había que coger el periódico que había en la puerta. ¡Qué hermosura!. Y los fines de semana había 3 ó 4 periódicos para elegir, ¡con sus correspondientes revistas!.
Recuerdo la colección de Mortadelos, de Astérix, de Mafaldas, de Rompetechos,… Esos sí que los devoraba, como la prensa, pero el salto a los libros no me fue sencillo. Ni con los Cinco, ni con Guillermo el Travieso,… No fui capaz. Desarrollé una gran habilidad para torear las lecturas obligatorias en el colegio y en el instituto. Es el día de hoy que hay profesores y amigos (no es incompatible) que no se explican cómo pude llegar a la universidad sin haber leído El Lazarillo de Tormes, El Quijote, o Zalacaín. Con esas carencias no es de extrañar que todavía cometa faltas de ortografía. Los milagros no existen por mucho que se empeñe Frank Capra.
Pero aunque llegué tarde, he hecho un gran esfuerzo, uno de los mayores de mi vida, por arreglarlo. Y hay un puñado de personas que me han ayudado, guiado y encauzado bien. Pilar, profesora magnífica que pulsó la tecla precisa en segundo de carrera para interesarme de verdad por los libros. Jose, que sigue siendo un ejemplo a mi lado después de 20 años de amistad. Antonio, que me enseñó a cerrar cualquier libro y pasar a otro que me interesase más.
Y también algunos autores que han dejado páginas que me ha gustado mucho leer. Páginas sencillas, salidas de una mente privilegiada que recogen historias que he sido capaz de interiorizar. Para no perder la tradición que vengo volcando en estas frases, he llegado tarde a la muerte de Miguel Delibes, una de esas personas que me han ayudado. Un tipo, dicen los que le conocieron, tan sencillo como su literatura. Alguien que se merecía el respeto y el cariño de todos nosotros, el que los anónimos han sabido darle y el que algunas autoridades le han dado entre dientes y de mala manera. Ellos sabrán. Peor para ellos.
Gracias, Delibes. Y perdón por el retraso.
Por ejemplo, he pensado más de una vez si hubiese podido llegar a ser un deportista profesional. He practicado varios pero o los empecé un poco tarde, o fui inconstante o no supe aprender de las enseñanzas, o todo ello junto. No me arrepiento. A día de hoy sigo disfrutando y he descubierto otros deportes y me da mucha pereza pensar en los problemas físicos que arrastran los ex deportistas para toda su vida.
Llegué tarde al tema de las chicas. En realidad, sería más correcto decir que ni llegué. Me tope con la indicada a lo que podríamos calificar como una edad provecta y no ha habido ni antes, ni después, ni falta que hace. Pero me causa cierta ternura cuando mis amigos, cada vez más, hablan de sus novias de juventud o comparan lo que tuvieron con lo que tienen. Se me escapan sus reflexiones.
Llegue tarde a los idiomas y, parar ser justos, no me esforcé demasiado. Me dio miedo. Temí al fracaso. Y ahora intento casi cada día ponerle remedio. Me costó mucho quitarme la vergüenza. Me la he quitado. Pero, siendo mucho, no es suficiente. Y conozco mucha gente de mi edad y más mayor que está tomando decisiones drásticas del tipo de me voy unos meses a un país que no conozco para asentar lo que sé y aprender lo que no sé. Tal vez, en esta ocasión sí lo haga. Ya veremos.
Pero una de las cosas a las que llegué tarde y más rabia me da es la lectura. Esa es culpa sólo mía. En casa de mis padres había miles de libros. Soy incapaz de recordar un rincón de casa que no tuviese libros. Todos los días, después del pis del primer minuto, había que coger el periódico que había en la puerta. ¡Qué hermosura!. Y los fines de semana había 3 ó 4 periódicos para elegir, ¡con sus correspondientes revistas!.
Recuerdo la colección de Mortadelos, de Astérix, de Mafaldas, de Rompetechos,… Esos sí que los devoraba, como la prensa, pero el salto a los libros no me fue sencillo. Ni con los Cinco, ni con Guillermo el Travieso,… No fui capaz. Desarrollé una gran habilidad para torear las lecturas obligatorias en el colegio y en el instituto. Es el día de hoy que hay profesores y amigos (no es incompatible) que no se explican cómo pude llegar a la universidad sin haber leído El Lazarillo de Tormes, El Quijote, o Zalacaín. Con esas carencias no es de extrañar que todavía cometa faltas de ortografía. Los milagros no existen por mucho que se empeñe Frank Capra.
Pero aunque llegué tarde, he hecho un gran esfuerzo, uno de los mayores de mi vida, por arreglarlo. Y hay un puñado de personas que me han ayudado, guiado y encauzado bien. Pilar, profesora magnífica que pulsó la tecla precisa en segundo de carrera para interesarme de verdad por los libros. Jose, que sigue siendo un ejemplo a mi lado después de 20 años de amistad. Antonio, que me enseñó a cerrar cualquier libro y pasar a otro que me interesase más.
Y también algunos autores que han dejado páginas que me ha gustado mucho leer. Páginas sencillas, salidas de una mente privilegiada que recogen historias que he sido capaz de interiorizar. Para no perder la tradición que vengo volcando en estas frases, he llegado tarde a la muerte de Miguel Delibes, una de esas personas que me han ayudado. Un tipo, dicen los que le conocieron, tan sencillo como su literatura. Alguien que se merecía el respeto y el cariño de todos nosotros, el que los anónimos han sabido darle y el que algunas autoridades le han dado entre dientes y de mala manera. Ellos sabrán. Peor para ellos.
Gracias, Delibes. Y perdón por el retraso.
lunes, 8 de marzo de 2010
DE NIEVES
No seré yo quien diga que estamos teniendo un invierno de perros pero sí que en mi corta experiencia no recuerdo uno con tantas nevadas. No han sido nevadas imposibles, permanentes, de frío helador e incómodo. No. Pero sí lo suficientemente permanente como para que no se me vaya de la cabeza con facilidad.
Hace 20 años que vivo en Madrid y en este tiempo he visto unas cuantas nevadas. Los primeros años las esperaba, venía yo de zona de costa y no era habitual vivir un invierno blanco, con cierta alegría. Pero no llegaban. Luego se iban sucediendo a un ritmo de año sí, dos años no. Y resultaba entretenido. De un quinquenio para acá nieva todos los inviernos. Una nevadita (en la capital, se entiende) que hace que todos marquemos ese día en el calendario. Más por lo anecdótico que otra cosa. Además, casi todos hacemos alguna foto, como si nunca más fuese a nevar. Y tenemos una colección que ya ya.
Lo de este año está siendo diferente. Que recuerde, ha nevado media docena de veces. En alguno de los días de forma copiosa. Además, si lo normal era que nevase en torno a navidades o en febrero, este año ha nevado antes de fiestas, después de fiestas, en febrero, en marzo,… Y ya veremos si no volvemos a ver la nieve. No ha sido un invierno especialmente crudo, duro o frío. Los recuerdo peores, pero parece que es más fácil recordar la nieve que el frío.
Hablando de recordar, tanta nieve me ha traído a la memoria a un buen amigo que es fanático de los refranes, y de otras muchas cosas. Durante años trabajé con él y lo de buscar refranes para ilustrar lo que quería decir en cada momento se convirtió en una de mis tareas cuando la cosa se salía de lo más habitual. En este caso ha venido a mi cabeza un refrán muy conocido. Aquel que dice “Año de nieves, año de bienes”. Lo he utilizado ya en algunas ocasión en las últimas semanas y no puedo dejar de pensar que los estrategas políticos de Rajoy estarán deseando que en horas 24 no pase de las musas a… la realidad. De lo contrario, les joderá la estrategia para la segunda mitad de la legislatura.
No es probable que las cosas cambien porque en invierno haya nevado pero sí lo es, en mi opinión, que vamos a tener un buen verano en muchos aspectos. El turismo ajustará márgenes y la actividad será importante. Además, el agua caída traerá una excelente primavera que dejará una naturaleza reventona de esas que gusta ver casi tanto como a Charlize Theron en la pantalla. Y todo eso nos animará a todos. Además, es difícil seguir empeorando al ritmo que lo íbamos haciendo, con lo cual empezaremos todos a convencernos de que las cosas empiezan a ir menos mal.
Además, nada más terminar el verano empezaremos el maratón electoral de 18 meses que nos llevará a las generales de 2012 pasando por las catalanas de noviembre, las municipales y autonómicas de 2011 y las que vayan surgiendo por el camino. Y ya sabemos que los periodos electorales son propicios para grandes euforias y sonoros gorrazos. La realidad se maquilla, ya sea para disimular los defectos o para resaltarlos y nunca podemos estar seguros de si lo que estamos viendo es lo que creemos o lo que quieren que veamos.
Por eso, somos tantos los que disfrutamos viendo la nieve. Porque nadie le da forma pero deja un paisaje uniforme, suave, agradable. Hasta que llegamos los demás y empezamos a pisotearlo. ¡Qué le vamos a hacer!.
Hace 20 años que vivo en Madrid y en este tiempo he visto unas cuantas nevadas. Los primeros años las esperaba, venía yo de zona de costa y no era habitual vivir un invierno blanco, con cierta alegría. Pero no llegaban. Luego se iban sucediendo a un ritmo de año sí, dos años no. Y resultaba entretenido. De un quinquenio para acá nieva todos los inviernos. Una nevadita (en la capital, se entiende) que hace que todos marquemos ese día en el calendario. Más por lo anecdótico que otra cosa. Además, casi todos hacemos alguna foto, como si nunca más fuese a nevar. Y tenemos una colección que ya ya.
Lo de este año está siendo diferente. Que recuerde, ha nevado media docena de veces. En alguno de los días de forma copiosa. Además, si lo normal era que nevase en torno a navidades o en febrero, este año ha nevado antes de fiestas, después de fiestas, en febrero, en marzo,… Y ya veremos si no volvemos a ver la nieve. No ha sido un invierno especialmente crudo, duro o frío. Los recuerdo peores, pero parece que es más fácil recordar la nieve que el frío.
Hablando de recordar, tanta nieve me ha traído a la memoria a un buen amigo que es fanático de los refranes, y de otras muchas cosas. Durante años trabajé con él y lo de buscar refranes para ilustrar lo que quería decir en cada momento se convirtió en una de mis tareas cuando la cosa se salía de lo más habitual. En este caso ha venido a mi cabeza un refrán muy conocido. Aquel que dice “Año de nieves, año de bienes”. Lo he utilizado ya en algunas ocasión en las últimas semanas y no puedo dejar de pensar que los estrategas políticos de Rajoy estarán deseando que en horas 24 no pase de las musas a… la realidad. De lo contrario, les joderá la estrategia para la segunda mitad de la legislatura.
No es probable que las cosas cambien porque en invierno haya nevado pero sí lo es, en mi opinión, que vamos a tener un buen verano en muchos aspectos. El turismo ajustará márgenes y la actividad será importante. Además, el agua caída traerá una excelente primavera que dejará una naturaleza reventona de esas que gusta ver casi tanto como a Charlize Theron en la pantalla. Y todo eso nos animará a todos. Además, es difícil seguir empeorando al ritmo que lo íbamos haciendo, con lo cual empezaremos todos a convencernos de que las cosas empiezan a ir menos mal.
Además, nada más terminar el verano empezaremos el maratón electoral de 18 meses que nos llevará a las generales de 2012 pasando por las catalanas de noviembre, las municipales y autonómicas de 2011 y las que vayan surgiendo por el camino. Y ya sabemos que los periodos electorales son propicios para grandes euforias y sonoros gorrazos. La realidad se maquilla, ya sea para disimular los defectos o para resaltarlos y nunca podemos estar seguros de si lo que estamos viendo es lo que creemos o lo que quieren que veamos.
Por eso, somos tantos los que disfrutamos viendo la nieve. Porque nadie le da forma pero deja un paisaje uniforme, suave, agradable. Hasta que llegamos los demás y empezamos a pisotearlo. ¡Qué le vamos a hacer!.
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