4.600.000 parados según la última EPA conocida el viernes. No más de 10.000 se manifiestan, al día siguiente, con motivo del 1 de mayo. Por pensar bien, podríamos llegar a la conclusión de que, siendo el 1 de mayo la fiesta del trabajo, poco tenían que celebrar el 20 por ciento de los españoles en edad de trabajar que no pueden hacerlo. Por pensar bien, porque si pensamos mal, cabría llegar a la conclusión de que esos 4.600.000 españoles están cansados de los sindicatos.
Motivos, sin duda, tienen. No han sido capaces de alcanzar ningún acuerdo para mejorar las condiciones de contratación en España, con la que está cayendo. No han tenido reparo en respaldar en todo a un Gobierno que no ha hecho nada por mejorar las condiciones laborales de los españoles. Es cierto que estaba demasiado enfrascado en ver de dónde sacaba la pasta para pagar el paro a tanto desempleado. Y no han sido capaces (más bien no han querido) de movilizar a sus afiliados y simpatizantes para dejar claro que un país como el nuestro, así, no puede seguir.
No tienen ningún reparo en seguir enchufándose la parte correspondiente de los ERE que se están registrando en los últimos meses en España. No tienen problema en sumarse a cuanta campaña les parece interesante (para lo cual están en su derecho, desde luego) aunque no hagan aquello para lo que están legitimados en una sociedad estructurada como la nuestra. Pero se han encontrado con que los ciudadanos han pasado de ellos.
No hace mucho tiempo, no más de una década en cualquier caso, el minoritario sindicato USO, que suele ir un poco por libre, juntaba a 2.000 ó 3.000 personas en su celebración del día del trabajo mientras veía que sus hermanos mayores metía en las calles a varios miles. Pero este año no han sido capaces de llenar, con todo su aparataje, la madrileña Puerta del Sol. Mientras que USO volvía a reunir a un millar con su convocatoria. ¿Qué ha pasado?
Es posible que los irreductibles sean siempre más fieles que los ligeros de cascos, pero UGT y CC OO deberían hacérselo mirar. Son, o deberían de ser, una parte importante del estado y vamos teniendo síntomas de que no es así. Deberían tomar nota de que cuando la calle, la gente, los ciudadanos empiezan a pasar de un organismo, un colectivo estructurado, el batacazo suele ser de órdago. Y suele ser difícil recuperarse. Además, quién se arrima demasiado al poder sin ostentarlo suele terminar achicharrado para beneficio del propio poder.
Mal asunto para los sindicatos, desde luego. Pero mucho peor para el conjunto de los trabajadores que se quedarían (nos quedaríamos) más plantaos que un geranio si la sociedad diese la espalda a los citados sindicatos por sus errores estratégicos a corto plazo.
domingo, 2 de mayo de 2010
sábado, 1 de mayo de 2010
AQUELLAS PELOTAS
Cuando era crio vivíamos en una calle con poco tránsito. En realidad, era una pequeña calle, con nombre de avenida, de la que salían otras dos calles, todavía más pequeñas y sin salida. Para que te hagas una idea, era como si fuese la letra griega pi. En ese cruce de caminos con más coches aparcados que en circulación, a pesar de que había una autoescuela y toda una estación de autobuses en la zona, desarrollábamos nuestros juegos a la que podíamos.
Juegos que siempre estaban encabezados por el fútbol. Ahora que lo pienso, éramos una calle de lo más machista. Recuerdo a alguna moza, pero no la integro en los recuerdos de nuestros juegos. Supongo que mis tratos con el sexo opuesto de mi misma edad no se normalizó hasta muchos años después. Estamos en el fútbol. También había carreras, batallas y peleas en toda regla, pero el fútbol se llevaba la palma. Siempre que hubiese un balón, claro.
En los años de los que hablo no era difícil que alguien tuviese una pelota, auténtico tesoro según los recuerdos de mi padre que no se cansa de hablar de una famosa pelota de trapo, hecha de retales, con la que emularon a Zarra, Ciriaco, Quincoces y compañía él y sus compañeros. Nosotros teníamos siempre alguna. La conmemorativa del mundial de naranjito era un clásico, pero tuvimos alguna de Mikasa y otras.
El problema es que la pelota siempre era de alguien. Bueno, en realidad era que ese alguien solía ser muy malo jugando. Mucho peor que la media, que no pasábamos de ser una mezcla cutre de Arteche, Goicoechea y Migueli. Además, solía ser un mocoso caprichoso y mal criado que, por el mero hecho de aportar la pelota, se creía que tenía derecho a imponer todas las normas. Una versión primitiva del “aceptamos pulpo como animal de compañía”. Nosotros no siempre aceptábamos pulpo, pero cuando nos resistíamos solíamos acabar jugando al pilla pilla o al tú la llevas o a darnos de hostias, sin más contemplaciones.
Éramos críos y no nos gustaba que los mayores se metiesen en nuestras cosas.
Pero a los mayores, también les pasan cosas parecidas. Siempre hay alguno que quiere imponer las normas bajo la amenaza de irse con la pelota, o recordando que su papá es el presidente de la comunidad de vecinos. Siempre hay alguno que no se conforma con ser uno más y asumir las tesis de Coubertain de participar y divertirse. Quieren que siempre sea lo qué ellos quieren, cómo ellos quieren y cuándo ellos quieren.
La pena es que son adultos. Ya no queda bien que los demás se vayan a jugar a otra cosa y los dejen tirados con su tontería. Y mucho peor resulta si la alternativa es partirles la cara. Lo de la violencia está muy mal visto. Pero por mentirosos, egoístas y otras muchas cosas, algunos mayores se merecen, cuando menos, unos azotes. Y estas últimas semanas, más.
Juegos que siempre estaban encabezados por el fútbol. Ahora que lo pienso, éramos una calle de lo más machista. Recuerdo a alguna moza, pero no la integro en los recuerdos de nuestros juegos. Supongo que mis tratos con el sexo opuesto de mi misma edad no se normalizó hasta muchos años después. Estamos en el fútbol. También había carreras, batallas y peleas en toda regla, pero el fútbol se llevaba la palma. Siempre que hubiese un balón, claro.
En los años de los que hablo no era difícil que alguien tuviese una pelota, auténtico tesoro según los recuerdos de mi padre que no se cansa de hablar de una famosa pelota de trapo, hecha de retales, con la que emularon a Zarra, Ciriaco, Quincoces y compañía él y sus compañeros. Nosotros teníamos siempre alguna. La conmemorativa del mundial de naranjito era un clásico, pero tuvimos alguna de Mikasa y otras.
El problema es que la pelota siempre era de alguien. Bueno, en realidad era que ese alguien solía ser muy malo jugando. Mucho peor que la media, que no pasábamos de ser una mezcla cutre de Arteche, Goicoechea y Migueli. Además, solía ser un mocoso caprichoso y mal criado que, por el mero hecho de aportar la pelota, se creía que tenía derecho a imponer todas las normas. Una versión primitiva del “aceptamos pulpo como animal de compañía”. Nosotros no siempre aceptábamos pulpo, pero cuando nos resistíamos solíamos acabar jugando al pilla pilla o al tú la llevas o a darnos de hostias, sin más contemplaciones.
Éramos críos y no nos gustaba que los mayores se metiesen en nuestras cosas.
Pero a los mayores, también les pasan cosas parecidas. Siempre hay alguno que quiere imponer las normas bajo la amenaza de irse con la pelota, o recordando que su papá es el presidente de la comunidad de vecinos. Siempre hay alguno que no se conforma con ser uno más y asumir las tesis de Coubertain de participar y divertirse. Quieren que siempre sea lo qué ellos quieren, cómo ellos quieren y cuándo ellos quieren.
La pena es que son adultos. Ya no queda bien que los demás se vayan a jugar a otra cosa y los dejen tirados con su tontería. Y mucho peor resulta si la alternativa es partirles la cara. Lo de la violencia está muy mal visto. Pero por mentirosos, egoístas y otras muchas cosas, algunos mayores se merecen, cuando menos, unos azotes. Y estas últimas semanas, más.
martes, 13 de abril de 2010
LAS VÍCTIMAS
Hubo un tiempo en el que estaba convencido de que casi todos habíamos sido víctimas del franquismo. Daba lo mismo que sólo hubiésemos compartido el país unos pocos años con el dictador. Daba lo mismo que hubiésemos manifestado públicamente o no nuestras ideas políticas. Daba lo mismo. España, que éramos todos, habíamos sufrido el franquismo y, por lo tanto, éramos víctimas.
Ahora no. Ahora tienes que presentar determinadas credenciales para que te den el carné de víctima del franquismo. Puedes ser, incluso, un auténtico indeseable. Un delincuente, un don nadie, un jeta, una buena persona, un vividor, o, incluso, un auténtico y genuino franquista. Pero, si por un casual, un tío tuyo, un primo, un compañero de trabajo, está enterrado en una fosa común, o fue encarcelado injustamente, puede ser que estos tipejos bien pensantes te otorguen el carné de víctima. Si es así, date por jodido.
Estos que reparten carnés de víctimas del franquismo son los mismos que se han pasado años tratando de diferenciar a las víctimas del terrorismo. Y lo han conseguido. Les interesaba mucho destacar que no todos los asesinados por ETA eran igual. En realidad, pensaban que los supervivientes podían ser buenos (si eran de los suyos y no montaban mucho lío cuando no convenía) o malos, si actuaban por su cuenta y no se callaban cuando no querían callarse (aunque, a veces, hubiese sido mejor que estuviesen en silencio). Pero ellos, ahora, como han hecho muchas veces a lo largo de la historia, se han quedado con la máquina de imprimir y repartir carnés. Son muy listos.
Tan listos que seguimos asumiendo sus tesis, sus denominaciones y sus etiquetas sin inmutarnos y, cuando queremos reaccionar, es necesariamente tarde.
Yo me siento y me declaro víctima del franquismo. Por la misma razón que me siento amparado por la transición española que me ha permitido vivir como vivo y no como unos y otros querían que viviese. Bajo uno u otro totalitarismo, igual de perverso el uno que el otro. Yo sé donde están enterrados todos mis antepasados. Pero me da lo mismo. No voy a los cementerios. No me interesa ese culto a los muertos y me parece absolutamente innecesario.
Entiendo, perfectamente, que todo el mundo tiene derecho a saber donde está enterrado su padre, su hermana, su mujer o su hijo. Y cuando digo todo el mundo, quiero decir y digo todo el mundo. No sólo los que expiden los carnés antedichos. Pero a mi me gustaría saber donde está enterrado Velázquez y no veo ni a Gallardón, ni a Aguirre, ni a Zapatero, ni a Sinde, ni a Garzón muy interesados en el asunto. No. No pretendo comparar. Pero cuando hay quienes llevan años diciendo tonterías, que quieres que te diga, a mi me salen las mías.
Una cosa es tener memoria (y la memoria sólo puede ser histórica, no puede ser futurista) y otra cosa es convertirse en rehén de esa memoria. Otra cosa es vivir en el pasado. Otra cosa, bien distinta, es querer ajustar unas cuentas cuando se cree que se tiene poder para imponer una determinada tesis y eso, lo haga quien lo haga, siempre está mal.
Claro que la transición ofreció muchas soluciones. Muchas. Ninguna perfecta. Ninguna. Pero soluciones, al fin y al cabo. Y la esencia de todas ellas fue simple. Todos cedieron. Todos cedimos. Si ahora hay quienes quieren cambiar las reglas de ese acuerdo, deberían pensar, tener en cuenta y sopesar que todos pueden reclamar lo mismo. Y eso sería un desastre.
Ahora no. Ahora tienes que presentar determinadas credenciales para que te den el carné de víctima del franquismo. Puedes ser, incluso, un auténtico indeseable. Un delincuente, un don nadie, un jeta, una buena persona, un vividor, o, incluso, un auténtico y genuino franquista. Pero, si por un casual, un tío tuyo, un primo, un compañero de trabajo, está enterrado en una fosa común, o fue encarcelado injustamente, puede ser que estos tipejos bien pensantes te otorguen el carné de víctima. Si es así, date por jodido.
Estos que reparten carnés de víctimas del franquismo son los mismos que se han pasado años tratando de diferenciar a las víctimas del terrorismo. Y lo han conseguido. Les interesaba mucho destacar que no todos los asesinados por ETA eran igual. En realidad, pensaban que los supervivientes podían ser buenos (si eran de los suyos y no montaban mucho lío cuando no convenía) o malos, si actuaban por su cuenta y no se callaban cuando no querían callarse (aunque, a veces, hubiese sido mejor que estuviesen en silencio). Pero ellos, ahora, como han hecho muchas veces a lo largo de la historia, se han quedado con la máquina de imprimir y repartir carnés. Son muy listos.
Tan listos que seguimos asumiendo sus tesis, sus denominaciones y sus etiquetas sin inmutarnos y, cuando queremos reaccionar, es necesariamente tarde.
Yo me siento y me declaro víctima del franquismo. Por la misma razón que me siento amparado por la transición española que me ha permitido vivir como vivo y no como unos y otros querían que viviese. Bajo uno u otro totalitarismo, igual de perverso el uno que el otro. Yo sé donde están enterrados todos mis antepasados. Pero me da lo mismo. No voy a los cementerios. No me interesa ese culto a los muertos y me parece absolutamente innecesario.
Entiendo, perfectamente, que todo el mundo tiene derecho a saber donde está enterrado su padre, su hermana, su mujer o su hijo. Y cuando digo todo el mundo, quiero decir y digo todo el mundo. No sólo los que expiden los carnés antedichos. Pero a mi me gustaría saber donde está enterrado Velázquez y no veo ni a Gallardón, ni a Aguirre, ni a Zapatero, ni a Sinde, ni a Garzón muy interesados en el asunto. No. No pretendo comparar. Pero cuando hay quienes llevan años diciendo tonterías, que quieres que te diga, a mi me salen las mías.
Una cosa es tener memoria (y la memoria sólo puede ser histórica, no puede ser futurista) y otra cosa es convertirse en rehén de esa memoria. Otra cosa es vivir en el pasado. Otra cosa, bien distinta, es querer ajustar unas cuentas cuando se cree que se tiene poder para imponer una determinada tesis y eso, lo haga quien lo haga, siempre está mal.
Claro que la transición ofreció muchas soluciones. Muchas. Ninguna perfecta. Ninguna. Pero soluciones, al fin y al cabo. Y la esencia de todas ellas fue simple. Todos cedieron. Todos cedimos. Si ahora hay quienes quieren cambiar las reglas de ese acuerdo, deberían pensar, tener en cuenta y sopesar que todos pueden reclamar lo mismo. Y eso sería un desastre.
martes, 16 de marzo de 2010
LOS AUTODENOMINADOS
Hubo un tiempo en que los intelectuales eran otra cosa. No sólo habían leído más que la media y cosas que no todo el mundo tenía el cerebro necesario para leer. También habían sido capaces de desarrollar ideas propias y de ponerlas al servicio de los demás. Hubo un tiempo en el que los intelectuales eran pocos, selectos, como todo lo realmente importante, y servían de guías a las sociedades de las que formaban parte.
Desde la mitológica revolución del 68, los intelectuales han pasado a ser todos aquellos que aprenden a vivir sin trabajar… demasiado. Esa panda que probablemente ha leído pero que no ha asimilado todo lo que le ha entrado por los ojos. Los que presumen de hacer aquello que el común de los mortales no podemos o no queremos o no nos atrevemos a hacer. La primera perversión nace de la propia denominación. En aquel tiempo, eran otros los que calificaban a los intelectuales como tales. Y a ellos les solía dar reparo el término. Ahora se llaman intelectuales ellos mismos a sí mismos. Y ya hay que tener valor.
En un país como el nuestro, en el que se muere un señor como Delibes y casi nadie le llama intelectual es síntoma de dos cosas. Una, que el propio término “intelectual” está devaluado. Dos, que los que se autodenominan intelectuales tienen claro cuáles son las características que tiene que cumplir un intelectual. Por ejemplo, no ser castellano y estar orgulloso de serlo. No ser cazador, no haber criticado nunca a la izquierda, aunque se lo merezca, no haber tenido 7 hijos (eso suena a opusino y retrógrado),…
Cuando un país como el nuestro sólo ve posible ser intelectual y de izquierdas es que estamos al borde de no tener solución y, quizás, lo mejor sea decir “a la mierda los intelectuales, regenerémonos desde abajo”.
Por mi parte, hace años que siento el mayor de los desprecios cada vez que veo la palabra “intelectual” adosada a lo que sea, pero claro, vamos teniendo sobrado ejemplos de lo que estoy diciendo. Los últimos, los del Guillermo ese diciendo que algo habrá hecho Zapata para estar en la cárcel en Cuba. Me he acordado de la cantidad de veces que decían eso de la gente que asesinaba ETA a finales de los 70, en los 80 y hasta bien entrados los 90.
Hoy mismo leo que una panda de autodenominados que encabeza Pilar Bardem, Juan Diego o Miguel Ríos dicen que es perverso que unos presuntos delincuentes conviertan al juez Garzón en reo. Vaya por dios. Ellos, los mismos que quieren no se qué justicia sobre hechos de hace casi un siglo se niegan a que haya justicia sobre hechos de antes de ayer. Porque de eso estamos hablando, de justicia. Y no nos confundamos. Ningún juez es la justicia. Los jueces, también Garzón, son instrumentos para impartir justicia.
Desgraciadamente, no es la primera vez que en España se juzga a un juez (parece un trabalenguas), ni será la última, si llega el caso. Ni es la primera vez que se condena a un juez, ni será la última, si llega el caso. Y no entiendo, o sí, porque hay tanto alboroto de los radicales folclóricos autodenominados intelectuales. Pero habría que decírselo a la cara, porque ellos no tienen ninguna superioridad moral sobre el resto de los españoles, por mucho que se empeñen. Por cierto, en su torpeza llevan la penitencia. Si esos que han denunciado a Garzón son “presuntos” según sus propias palabras, están en el mismo estatus que Garzón, que sigue siendo “presunto” mientras no sea condenado. Como todos. Ni más ni menos.
Desde la mitológica revolución del 68, los intelectuales han pasado a ser todos aquellos que aprenden a vivir sin trabajar… demasiado. Esa panda que probablemente ha leído pero que no ha asimilado todo lo que le ha entrado por los ojos. Los que presumen de hacer aquello que el común de los mortales no podemos o no queremos o no nos atrevemos a hacer. La primera perversión nace de la propia denominación. En aquel tiempo, eran otros los que calificaban a los intelectuales como tales. Y a ellos les solía dar reparo el término. Ahora se llaman intelectuales ellos mismos a sí mismos. Y ya hay que tener valor.
En un país como el nuestro, en el que se muere un señor como Delibes y casi nadie le llama intelectual es síntoma de dos cosas. Una, que el propio término “intelectual” está devaluado. Dos, que los que se autodenominan intelectuales tienen claro cuáles son las características que tiene que cumplir un intelectual. Por ejemplo, no ser castellano y estar orgulloso de serlo. No ser cazador, no haber criticado nunca a la izquierda, aunque se lo merezca, no haber tenido 7 hijos (eso suena a opusino y retrógrado),…
Cuando un país como el nuestro sólo ve posible ser intelectual y de izquierdas es que estamos al borde de no tener solución y, quizás, lo mejor sea decir “a la mierda los intelectuales, regenerémonos desde abajo”.
Por mi parte, hace años que siento el mayor de los desprecios cada vez que veo la palabra “intelectual” adosada a lo que sea, pero claro, vamos teniendo sobrado ejemplos de lo que estoy diciendo. Los últimos, los del Guillermo ese diciendo que algo habrá hecho Zapata para estar en la cárcel en Cuba. Me he acordado de la cantidad de veces que decían eso de la gente que asesinaba ETA a finales de los 70, en los 80 y hasta bien entrados los 90.
Hoy mismo leo que una panda de autodenominados que encabeza Pilar Bardem, Juan Diego o Miguel Ríos dicen que es perverso que unos presuntos delincuentes conviertan al juez Garzón en reo. Vaya por dios. Ellos, los mismos que quieren no se qué justicia sobre hechos de hace casi un siglo se niegan a que haya justicia sobre hechos de antes de ayer. Porque de eso estamos hablando, de justicia. Y no nos confundamos. Ningún juez es la justicia. Los jueces, también Garzón, son instrumentos para impartir justicia.
Desgraciadamente, no es la primera vez que en España se juzga a un juez (parece un trabalenguas), ni será la última, si llega el caso. Ni es la primera vez que se condena a un juez, ni será la última, si llega el caso. Y no entiendo, o sí, porque hay tanto alboroto de los radicales folclóricos autodenominados intelectuales. Pero habría que decírselo a la cara, porque ellos no tienen ninguna superioridad moral sobre el resto de los españoles, por mucho que se empeñen. Por cierto, en su torpeza llevan la penitencia. Si esos que han denunciado a Garzón son “presuntos” según sus propias palabras, están en el mismo estatus que Garzón, que sigue siendo “presunto” mientras no sea condenado. Como todos. Ni más ni menos.
lunes, 15 de marzo de 2010
PERDÓN POR EL RETRASO
He llegado tarde a muchas cosas en mi vida. Y he de decir que no me ha pasado nada. En algunos casos, es cierto, he pensado más de una vez como hubiese sido si hubiese llegado antes. De todas formas, como tampoco soy de arrepentirme, cierro rápido capítulos y a otra cosa.
Por ejemplo, he pensado más de una vez si hubiese podido llegar a ser un deportista profesional. He practicado varios pero o los empecé un poco tarde, o fui inconstante o no supe aprender de las enseñanzas, o todo ello junto. No me arrepiento. A día de hoy sigo disfrutando y he descubierto otros deportes y me da mucha pereza pensar en los problemas físicos que arrastran los ex deportistas para toda su vida.
Llegué tarde al tema de las chicas. En realidad, sería más correcto decir que ni llegué. Me tope con la indicada a lo que podríamos calificar como una edad provecta y no ha habido ni antes, ni después, ni falta que hace. Pero me causa cierta ternura cuando mis amigos, cada vez más, hablan de sus novias de juventud o comparan lo que tuvieron con lo que tienen. Se me escapan sus reflexiones.
Llegue tarde a los idiomas y, parar ser justos, no me esforcé demasiado. Me dio miedo. Temí al fracaso. Y ahora intento casi cada día ponerle remedio. Me costó mucho quitarme la vergüenza. Me la he quitado. Pero, siendo mucho, no es suficiente. Y conozco mucha gente de mi edad y más mayor que está tomando decisiones drásticas del tipo de me voy unos meses a un país que no conozco para asentar lo que sé y aprender lo que no sé. Tal vez, en esta ocasión sí lo haga. Ya veremos.
Pero una de las cosas a las que llegué tarde y más rabia me da es la lectura. Esa es culpa sólo mía. En casa de mis padres había miles de libros. Soy incapaz de recordar un rincón de casa que no tuviese libros. Todos los días, después del pis del primer minuto, había que coger el periódico que había en la puerta. ¡Qué hermosura!. Y los fines de semana había 3 ó 4 periódicos para elegir, ¡con sus correspondientes revistas!.
Recuerdo la colección de Mortadelos, de Astérix, de Mafaldas, de Rompetechos,… Esos sí que los devoraba, como la prensa, pero el salto a los libros no me fue sencillo. Ni con los Cinco, ni con Guillermo el Travieso,… No fui capaz. Desarrollé una gran habilidad para torear las lecturas obligatorias en el colegio y en el instituto. Es el día de hoy que hay profesores y amigos (no es incompatible) que no se explican cómo pude llegar a la universidad sin haber leído El Lazarillo de Tormes, El Quijote, o Zalacaín. Con esas carencias no es de extrañar que todavía cometa faltas de ortografía. Los milagros no existen por mucho que se empeñe Frank Capra.
Pero aunque llegué tarde, he hecho un gran esfuerzo, uno de los mayores de mi vida, por arreglarlo. Y hay un puñado de personas que me han ayudado, guiado y encauzado bien. Pilar, profesora magnífica que pulsó la tecla precisa en segundo de carrera para interesarme de verdad por los libros. Jose, que sigue siendo un ejemplo a mi lado después de 20 años de amistad. Antonio, que me enseñó a cerrar cualquier libro y pasar a otro que me interesase más.
Y también algunos autores que han dejado páginas que me ha gustado mucho leer. Páginas sencillas, salidas de una mente privilegiada que recogen historias que he sido capaz de interiorizar. Para no perder la tradición que vengo volcando en estas frases, he llegado tarde a la muerte de Miguel Delibes, una de esas personas que me han ayudado. Un tipo, dicen los que le conocieron, tan sencillo como su literatura. Alguien que se merecía el respeto y el cariño de todos nosotros, el que los anónimos han sabido darle y el que algunas autoridades le han dado entre dientes y de mala manera. Ellos sabrán. Peor para ellos.
Gracias, Delibes. Y perdón por el retraso.
Por ejemplo, he pensado más de una vez si hubiese podido llegar a ser un deportista profesional. He practicado varios pero o los empecé un poco tarde, o fui inconstante o no supe aprender de las enseñanzas, o todo ello junto. No me arrepiento. A día de hoy sigo disfrutando y he descubierto otros deportes y me da mucha pereza pensar en los problemas físicos que arrastran los ex deportistas para toda su vida.
Llegué tarde al tema de las chicas. En realidad, sería más correcto decir que ni llegué. Me tope con la indicada a lo que podríamos calificar como una edad provecta y no ha habido ni antes, ni después, ni falta que hace. Pero me causa cierta ternura cuando mis amigos, cada vez más, hablan de sus novias de juventud o comparan lo que tuvieron con lo que tienen. Se me escapan sus reflexiones.
Llegue tarde a los idiomas y, parar ser justos, no me esforcé demasiado. Me dio miedo. Temí al fracaso. Y ahora intento casi cada día ponerle remedio. Me costó mucho quitarme la vergüenza. Me la he quitado. Pero, siendo mucho, no es suficiente. Y conozco mucha gente de mi edad y más mayor que está tomando decisiones drásticas del tipo de me voy unos meses a un país que no conozco para asentar lo que sé y aprender lo que no sé. Tal vez, en esta ocasión sí lo haga. Ya veremos.
Pero una de las cosas a las que llegué tarde y más rabia me da es la lectura. Esa es culpa sólo mía. En casa de mis padres había miles de libros. Soy incapaz de recordar un rincón de casa que no tuviese libros. Todos los días, después del pis del primer minuto, había que coger el periódico que había en la puerta. ¡Qué hermosura!. Y los fines de semana había 3 ó 4 periódicos para elegir, ¡con sus correspondientes revistas!.
Recuerdo la colección de Mortadelos, de Astérix, de Mafaldas, de Rompetechos,… Esos sí que los devoraba, como la prensa, pero el salto a los libros no me fue sencillo. Ni con los Cinco, ni con Guillermo el Travieso,… No fui capaz. Desarrollé una gran habilidad para torear las lecturas obligatorias en el colegio y en el instituto. Es el día de hoy que hay profesores y amigos (no es incompatible) que no se explican cómo pude llegar a la universidad sin haber leído El Lazarillo de Tormes, El Quijote, o Zalacaín. Con esas carencias no es de extrañar que todavía cometa faltas de ortografía. Los milagros no existen por mucho que se empeñe Frank Capra.
Pero aunque llegué tarde, he hecho un gran esfuerzo, uno de los mayores de mi vida, por arreglarlo. Y hay un puñado de personas que me han ayudado, guiado y encauzado bien. Pilar, profesora magnífica que pulsó la tecla precisa en segundo de carrera para interesarme de verdad por los libros. Jose, que sigue siendo un ejemplo a mi lado después de 20 años de amistad. Antonio, que me enseñó a cerrar cualquier libro y pasar a otro que me interesase más.
Y también algunos autores que han dejado páginas que me ha gustado mucho leer. Páginas sencillas, salidas de una mente privilegiada que recogen historias que he sido capaz de interiorizar. Para no perder la tradición que vengo volcando en estas frases, he llegado tarde a la muerte de Miguel Delibes, una de esas personas que me han ayudado. Un tipo, dicen los que le conocieron, tan sencillo como su literatura. Alguien que se merecía el respeto y el cariño de todos nosotros, el que los anónimos han sabido darle y el que algunas autoridades le han dado entre dientes y de mala manera. Ellos sabrán. Peor para ellos.
Gracias, Delibes. Y perdón por el retraso.
lunes, 8 de marzo de 2010
DE NIEVES
No seré yo quien diga que estamos teniendo un invierno de perros pero sí que en mi corta experiencia no recuerdo uno con tantas nevadas. No han sido nevadas imposibles, permanentes, de frío helador e incómodo. No. Pero sí lo suficientemente permanente como para que no se me vaya de la cabeza con facilidad.
Hace 20 años que vivo en Madrid y en este tiempo he visto unas cuantas nevadas. Los primeros años las esperaba, venía yo de zona de costa y no era habitual vivir un invierno blanco, con cierta alegría. Pero no llegaban. Luego se iban sucediendo a un ritmo de año sí, dos años no. Y resultaba entretenido. De un quinquenio para acá nieva todos los inviernos. Una nevadita (en la capital, se entiende) que hace que todos marquemos ese día en el calendario. Más por lo anecdótico que otra cosa. Además, casi todos hacemos alguna foto, como si nunca más fuese a nevar. Y tenemos una colección que ya ya.
Lo de este año está siendo diferente. Que recuerde, ha nevado media docena de veces. En alguno de los días de forma copiosa. Además, si lo normal era que nevase en torno a navidades o en febrero, este año ha nevado antes de fiestas, después de fiestas, en febrero, en marzo,… Y ya veremos si no volvemos a ver la nieve. No ha sido un invierno especialmente crudo, duro o frío. Los recuerdo peores, pero parece que es más fácil recordar la nieve que el frío.
Hablando de recordar, tanta nieve me ha traído a la memoria a un buen amigo que es fanático de los refranes, y de otras muchas cosas. Durante años trabajé con él y lo de buscar refranes para ilustrar lo que quería decir en cada momento se convirtió en una de mis tareas cuando la cosa se salía de lo más habitual. En este caso ha venido a mi cabeza un refrán muy conocido. Aquel que dice “Año de nieves, año de bienes”. Lo he utilizado ya en algunas ocasión en las últimas semanas y no puedo dejar de pensar que los estrategas políticos de Rajoy estarán deseando que en horas 24 no pase de las musas a… la realidad. De lo contrario, les joderá la estrategia para la segunda mitad de la legislatura.
No es probable que las cosas cambien porque en invierno haya nevado pero sí lo es, en mi opinión, que vamos a tener un buen verano en muchos aspectos. El turismo ajustará márgenes y la actividad será importante. Además, el agua caída traerá una excelente primavera que dejará una naturaleza reventona de esas que gusta ver casi tanto como a Charlize Theron en la pantalla. Y todo eso nos animará a todos. Además, es difícil seguir empeorando al ritmo que lo íbamos haciendo, con lo cual empezaremos todos a convencernos de que las cosas empiezan a ir menos mal.
Además, nada más terminar el verano empezaremos el maratón electoral de 18 meses que nos llevará a las generales de 2012 pasando por las catalanas de noviembre, las municipales y autonómicas de 2011 y las que vayan surgiendo por el camino. Y ya sabemos que los periodos electorales son propicios para grandes euforias y sonoros gorrazos. La realidad se maquilla, ya sea para disimular los defectos o para resaltarlos y nunca podemos estar seguros de si lo que estamos viendo es lo que creemos o lo que quieren que veamos.
Por eso, somos tantos los que disfrutamos viendo la nieve. Porque nadie le da forma pero deja un paisaje uniforme, suave, agradable. Hasta que llegamos los demás y empezamos a pisotearlo. ¡Qué le vamos a hacer!.
Hace 20 años que vivo en Madrid y en este tiempo he visto unas cuantas nevadas. Los primeros años las esperaba, venía yo de zona de costa y no era habitual vivir un invierno blanco, con cierta alegría. Pero no llegaban. Luego se iban sucediendo a un ritmo de año sí, dos años no. Y resultaba entretenido. De un quinquenio para acá nieva todos los inviernos. Una nevadita (en la capital, se entiende) que hace que todos marquemos ese día en el calendario. Más por lo anecdótico que otra cosa. Además, casi todos hacemos alguna foto, como si nunca más fuese a nevar. Y tenemos una colección que ya ya.
Lo de este año está siendo diferente. Que recuerde, ha nevado media docena de veces. En alguno de los días de forma copiosa. Además, si lo normal era que nevase en torno a navidades o en febrero, este año ha nevado antes de fiestas, después de fiestas, en febrero, en marzo,… Y ya veremos si no volvemos a ver la nieve. No ha sido un invierno especialmente crudo, duro o frío. Los recuerdo peores, pero parece que es más fácil recordar la nieve que el frío.
Hablando de recordar, tanta nieve me ha traído a la memoria a un buen amigo que es fanático de los refranes, y de otras muchas cosas. Durante años trabajé con él y lo de buscar refranes para ilustrar lo que quería decir en cada momento se convirtió en una de mis tareas cuando la cosa se salía de lo más habitual. En este caso ha venido a mi cabeza un refrán muy conocido. Aquel que dice “Año de nieves, año de bienes”. Lo he utilizado ya en algunas ocasión en las últimas semanas y no puedo dejar de pensar que los estrategas políticos de Rajoy estarán deseando que en horas 24 no pase de las musas a… la realidad. De lo contrario, les joderá la estrategia para la segunda mitad de la legislatura.
No es probable que las cosas cambien porque en invierno haya nevado pero sí lo es, en mi opinión, que vamos a tener un buen verano en muchos aspectos. El turismo ajustará márgenes y la actividad será importante. Además, el agua caída traerá una excelente primavera que dejará una naturaleza reventona de esas que gusta ver casi tanto como a Charlize Theron en la pantalla. Y todo eso nos animará a todos. Además, es difícil seguir empeorando al ritmo que lo íbamos haciendo, con lo cual empezaremos todos a convencernos de que las cosas empiezan a ir menos mal.
Además, nada más terminar el verano empezaremos el maratón electoral de 18 meses que nos llevará a las generales de 2012 pasando por las catalanas de noviembre, las municipales y autonómicas de 2011 y las que vayan surgiendo por el camino. Y ya sabemos que los periodos electorales son propicios para grandes euforias y sonoros gorrazos. La realidad se maquilla, ya sea para disimular los defectos o para resaltarlos y nunca podemos estar seguros de si lo que estamos viendo es lo que creemos o lo que quieren que veamos.
Por eso, somos tantos los que disfrutamos viendo la nieve. Porque nadie le da forma pero deja un paisaje uniforme, suave, agradable. Hasta que llegamos los demás y empezamos a pisotearlo. ¡Qué le vamos a hacer!.
sábado, 9 de enero de 2010
DESAHOGO
Pocas, muy pocas veces he estado tan de acuerdo con Ibarra. Esta semana publicaba uno de esos artículos provocadores suyos que tanta polvareda generan. Este era sobre los famosos derechos de autor. Armaba dos o tres argumentos claramente demagógicos pero no menos esclarecedores el que fuera presidente perpetuo de Extremadura. Digo demagógicos porque soy el primero que, incluso sin ser creador ni autor ni nada que se le parezca (y dios me libre), se da cuenta de que no es lo mismo un tema de Sabina o un libro de Zafón o una película de Trueba que un kilo de naranjas. Ya lo sé.
Claro, el regocijo que me produjo el artículo de Ibarra fue mayor cuando, 48 horas después, comprobé que alguien tan moderado como Muñoz Molina se lanzaba a la yugular del ex político con argumentos igual de demagógicos pero mucho más peregrinos. La pupa que le habían hechos las palabras de Ibarra afloraba desde el primer párrafo en el que llamaba presidente jubilado al socialista. Y después se metía en disquisiciones sobre qué pasaría si Ibarra se llevase el famoso kilo de naranjas de la tienda sin pagarlo.
Pasaría, por supuesto, que sería perseguido y detenido por ladrón. Pero no es eso de lo que hablaba Ibarra ni de lo que hablamos los pobres usuarios. Hablamos de otro robo, aquel al que nos vemos sometidos porque algunos creadores se han hecho fuertes y se han asociado al poder para cogernos por el escroto y no soltarnos. Y eso si que no. No es que le tenga demasiado aprecio a mis testículos, no sirven para gran cosa, la verdad. Es que me molesta tener ahí una mano desconocida con la amenaza perpetua de apretar, porque duele mucho oiga, cuando aprieta.
Qué pasaría si nosotros compramos un libro, un disco, una película o un grabado y cada vez que vamos a leerlo, escucharlo, verla o mirarlo tenemos que pagar. Pues pasaría que estaríamos en un país de locos. Sin embargo, aquí hay una sociedad que cobra cada vez que alguien quiere hacer una versión de una canción; cobra cuando esa versión se graba de forma efectiva; cobra por cada orquesta que graba esa versión; cobra cuando usted compra el disco en cuestión; y cobra cada vez que alguien reproduce ese disco fuera de su ámbito privado (cada vez más circunscrito a su cuarto de baño). Eso es lo que pasa. A la mayoría no nos parece normal pero la inmensa mayoría no hace nada. Ya está bien.
En mi opinión, el problema nace en el mismo planteamiento de los derechos de autor aunque se haya multiplicado ahora con el desarrollo vertiginoso de la tecnología. Vamos a ver en la antigüedad había básicamente dos grupos de “artistas” (por simplificar y llamarlos de alguna manera). Uno de esos grupos estaría formado por aquellos habilidosos que eran contratados para hacer una obra a la mayor gloria de quién los contrataba. Ese podría ser el caso de alguien como Fidias, escultor, pintor, arquitecto de la Grecia clásica que era requerido y cobraba su sueldo o remuneración por ello. Sin salir del panorama clásico, el ejemplo del otro grupo podría ser Homero, recopilador de la tradición oral y autor de dos libros tan leídos, vendidos y citados como La Iliada y La Odisea que no consta que cobrase por ellos ni por sus derechos de autor. Componía sus textos porque se le daba bien, le gustaba y resultaba eficaz. El que esos textos se hayan convertido en libros y en obras de arte de referencia en todo el mundo es secundario.
Hasta aquí tenemos a dos grupos de personas que tienen y desarrollan ciertas habilidades como mejor les parece. Luego existen otros dos grupos que no tienen nada que ver con los anteriores pero que, en algunos casos, van surgiendo al amparo de ellos. Son aquellos que sin tener ninguna habilidad conocida y reconocible pretenden cobrar como Fidias y pasar a la posteridad como Homero. Los jetas, vamos. El segundo de estos grupos lo forman los que quieren aprovecharse del trabajo de los dos primeros grupos para sobrevivir ellos de la mejor manera posible sin tener que aportar gran cosa (nada en absoluto, para ser exactos) al producto final. En este último grupo podemos retomar el caso del kilo de naranjas.
Resulta que cuando nos enteramos que a los agricultores que producen las naranjas les pagan 25 céntimos de euro por kilo aunque nosotros lo paguemos a 3 ó 4 euros cargamos contra esos malvados intermediarios que encarecen el precio, se quedan con la inmensa mayoría del beneficio y tienen sometidos a los pobres agricultores. Pero cuando conocemos que los 20 eurazos que nosotros pagamos por un disco no llegan para mantener al pobre de Alejandro Sanz en su mansión de Miami, ni para que Teddy Bautista pueda seguir comprando edificios con fines no siempre confesables o legales, todo el mundo mira a los que se bajan el disco en cuestión de internet. Resulta que la culpa es de esa gente y de la tecnología. Manda huevos, como si las naranjas se siguiesen trayendo de levante a Madrid en carros de burras y no en potentes camiones frigorífico. Como si no se metiesen en cámaras para poder ampliar la temporada de consumo.
Es tan patético y absurdo que me he permitido, yo también, ser un poco demagógico. Pero creo que queda clara mi postura. A ver si en menos palabras logro lo mismo con otros dos casos que también nos han azotado esta semana. El primero es el de ese petimetre de nombre Juan López de Uralde, a la sazón Director Ejecutivo de Greenpeace España. Este personaje no tuvo reparos en cometer un delito al servicio de los intereses de su asociación. Dicho sea de paso, asociación especialista en cometer todo tipo de delitos (menores desde luego, pero delitos) con el amparo de los loables objetivos (o no) que la animan. Lo estaba cometiendo digo y sabía a lo que se exponía pero, claro, era mucho mayor el beneficio que iba a obtener. Y estaba el negocio completo. Pongo por delante y sin matices que me parece una pasada que se tenga a alguien 20 días entre rejas por entrar en un edificio público. No hay duda. Pero esta gente son unos jetas que se creen con patente de corso y ya está bien. Me gustaría saber qué pensarían todos los defensores y justificadores que les han salido estos días si un día fuesen a entrar en su casa y se encontrasen a alguien en su salón, bebiéndose un par de las cervezas que tenían en la nevera. Claro, ya sé que me olvido que Uralde es de Greenpeace y los ocupas de la casa no. Perdón.
Finalmente, tengo que decir que condeno firmemente la agresión a Hermann Terscht de hace un mes. Firmemente. Y la condeno no porque él sea periodista. No tienen los periodistas, en mi opinión, ningún mérito superior al resto de los ciudadanos. La condeno porque no me parece bien la violencia. Punto. Condeno y denuncio, con la misma firmeza, la campaña de intoxicación lamentable que han generado desde algunos medios y desde algunos ámbitos políticos al calor de este suceso. Lamentable que hayan querido relacionar esta agresión con un enfrentamiento político y/o mediático de la índole que sea. No me gusta el enfrentamiento entre posiciones ideológicas que estamos viviendo en España desde hace años, y lo he dicho, pero no se puede relacionar con una pelea de bar de madrugada que son un clásico en toda la historia. Por cierto, Hermann, deberías volver a la primera versión que diste de la agresión. Aquella moderada declaración que hiciste para Telemadrid el sábado 12 de diciembre, antes de sentirte el mártir protagonista de la cruzada lanzada desde algún edificio importante del centro más importante de Madrid. Una cruzada que ha sido acallada por los hechos y cuyos inventores no han dicho nada en las últimas 48 horas, desde que se ha conocido que el detenido es un broncas profesional entre los borrachos, drogadictos y maleantes de la noche de la capital. Dicho sea sin ofender, Hermann.
Claro, el regocijo que me produjo el artículo de Ibarra fue mayor cuando, 48 horas después, comprobé que alguien tan moderado como Muñoz Molina se lanzaba a la yugular del ex político con argumentos igual de demagógicos pero mucho más peregrinos. La pupa que le habían hechos las palabras de Ibarra afloraba desde el primer párrafo en el que llamaba presidente jubilado al socialista. Y después se metía en disquisiciones sobre qué pasaría si Ibarra se llevase el famoso kilo de naranjas de la tienda sin pagarlo.
Pasaría, por supuesto, que sería perseguido y detenido por ladrón. Pero no es eso de lo que hablaba Ibarra ni de lo que hablamos los pobres usuarios. Hablamos de otro robo, aquel al que nos vemos sometidos porque algunos creadores se han hecho fuertes y se han asociado al poder para cogernos por el escroto y no soltarnos. Y eso si que no. No es que le tenga demasiado aprecio a mis testículos, no sirven para gran cosa, la verdad. Es que me molesta tener ahí una mano desconocida con la amenaza perpetua de apretar, porque duele mucho oiga, cuando aprieta.
Qué pasaría si nosotros compramos un libro, un disco, una película o un grabado y cada vez que vamos a leerlo, escucharlo, verla o mirarlo tenemos que pagar. Pues pasaría que estaríamos en un país de locos. Sin embargo, aquí hay una sociedad que cobra cada vez que alguien quiere hacer una versión de una canción; cobra cuando esa versión se graba de forma efectiva; cobra por cada orquesta que graba esa versión; cobra cuando usted compra el disco en cuestión; y cobra cada vez que alguien reproduce ese disco fuera de su ámbito privado (cada vez más circunscrito a su cuarto de baño). Eso es lo que pasa. A la mayoría no nos parece normal pero la inmensa mayoría no hace nada. Ya está bien.
En mi opinión, el problema nace en el mismo planteamiento de los derechos de autor aunque se haya multiplicado ahora con el desarrollo vertiginoso de la tecnología. Vamos a ver en la antigüedad había básicamente dos grupos de “artistas” (por simplificar y llamarlos de alguna manera). Uno de esos grupos estaría formado por aquellos habilidosos que eran contratados para hacer una obra a la mayor gloria de quién los contrataba. Ese podría ser el caso de alguien como Fidias, escultor, pintor, arquitecto de la Grecia clásica que era requerido y cobraba su sueldo o remuneración por ello. Sin salir del panorama clásico, el ejemplo del otro grupo podría ser Homero, recopilador de la tradición oral y autor de dos libros tan leídos, vendidos y citados como La Iliada y La Odisea que no consta que cobrase por ellos ni por sus derechos de autor. Componía sus textos porque se le daba bien, le gustaba y resultaba eficaz. El que esos textos se hayan convertido en libros y en obras de arte de referencia en todo el mundo es secundario.
Hasta aquí tenemos a dos grupos de personas que tienen y desarrollan ciertas habilidades como mejor les parece. Luego existen otros dos grupos que no tienen nada que ver con los anteriores pero que, en algunos casos, van surgiendo al amparo de ellos. Son aquellos que sin tener ninguna habilidad conocida y reconocible pretenden cobrar como Fidias y pasar a la posteridad como Homero. Los jetas, vamos. El segundo de estos grupos lo forman los que quieren aprovecharse del trabajo de los dos primeros grupos para sobrevivir ellos de la mejor manera posible sin tener que aportar gran cosa (nada en absoluto, para ser exactos) al producto final. En este último grupo podemos retomar el caso del kilo de naranjas.
Resulta que cuando nos enteramos que a los agricultores que producen las naranjas les pagan 25 céntimos de euro por kilo aunque nosotros lo paguemos a 3 ó 4 euros cargamos contra esos malvados intermediarios que encarecen el precio, se quedan con la inmensa mayoría del beneficio y tienen sometidos a los pobres agricultores. Pero cuando conocemos que los 20 eurazos que nosotros pagamos por un disco no llegan para mantener al pobre de Alejandro Sanz en su mansión de Miami, ni para que Teddy Bautista pueda seguir comprando edificios con fines no siempre confesables o legales, todo el mundo mira a los que se bajan el disco en cuestión de internet. Resulta que la culpa es de esa gente y de la tecnología. Manda huevos, como si las naranjas se siguiesen trayendo de levante a Madrid en carros de burras y no en potentes camiones frigorífico. Como si no se metiesen en cámaras para poder ampliar la temporada de consumo.
Es tan patético y absurdo que me he permitido, yo también, ser un poco demagógico. Pero creo que queda clara mi postura. A ver si en menos palabras logro lo mismo con otros dos casos que también nos han azotado esta semana. El primero es el de ese petimetre de nombre Juan López de Uralde, a la sazón Director Ejecutivo de Greenpeace España. Este personaje no tuvo reparos en cometer un delito al servicio de los intereses de su asociación. Dicho sea de paso, asociación especialista en cometer todo tipo de delitos (menores desde luego, pero delitos) con el amparo de los loables objetivos (o no) que la animan. Lo estaba cometiendo digo y sabía a lo que se exponía pero, claro, era mucho mayor el beneficio que iba a obtener. Y estaba el negocio completo. Pongo por delante y sin matices que me parece una pasada que se tenga a alguien 20 días entre rejas por entrar en un edificio público. No hay duda. Pero esta gente son unos jetas que se creen con patente de corso y ya está bien. Me gustaría saber qué pensarían todos los defensores y justificadores que les han salido estos días si un día fuesen a entrar en su casa y se encontrasen a alguien en su salón, bebiéndose un par de las cervezas que tenían en la nevera. Claro, ya sé que me olvido que Uralde es de Greenpeace y los ocupas de la casa no. Perdón.
Finalmente, tengo que decir que condeno firmemente la agresión a Hermann Terscht de hace un mes. Firmemente. Y la condeno no porque él sea periodista. No tienen los periodistas, en mi opinión, ningún mérito superior al resto de los ciudadanos. La condeno porque no me parece bien la violencia. Punto. Condeno y denuncio, con la misma firmeza, la campaña de intoxicación lamentable que han generado desde algunos medios y desde algunos ámbitos políticos al calor de este suceso. Lamentable que hayan querido relacionar esta agresión con un enfrentamiento político y/o mediático de la índole que sea. No me gusta el enfrentamiento entre posiciones ideológicas que estamos viviendo en España desde hace años, y lo he dicho, pero no se puede relacionar con una pelea de bar de madrugada que son un clásico en toda la historia. Por cierto, Hermann, deberías volver a la primera versión que diste de la agresión. Aquella moderada declaración que hiciste para Telemadrid el sábado 12 de diciembre, antes de sentirte el mártir protagonista de la cruzada lanzada desde algún edificio importante del centro más importante de Madrid. Una cruzada que ha sido acallada por los hechos y cuyos inventores no han dicho nada en las últimas 48 horas, desde que se ha conocido que el detenido es un broncas profesional entre los borrachos, drogadictos y maleantes de la noche de la capital. Dicho sea sin ofender, Hermann.
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