Hubo un tiempo en que los intelectuales eran otra cosa. No sólo habían leído más que la media y cosas que no todo el mundo tenía el cerebro necesario para leer. También habían sido capaces de desarrollar ideas propias y de ponerlas al servicio de los demás. Hubo un tiempo en el que los intelectuales eran pocos, selectos, como todo lo realmente importante, y servían de guías a las sociedades de las que formaban parte.
Desde la mitológica revolución del 68, los intelectuales han pasado a ser todos aquellos que aprenden a vivir sin trabajar… demasiado. Esa panda que probablemente ha leído pero que no ha asimilado todo lo que le ha entrado por los ojos. Los que presumen de hacer aquello que el común de los mortales no podemos o no queremos o no nos atrevemos a hacer. La primera perversión nace de la propia denominación. En aquel tiempo, eran otros los que calificaban a los intelectuales como tales. Y a ellos les solía dar reparo el término. Ahora se llaman intelectuales ellos mismos a sí mismos. Y ya hay que tener valor.
En un país como el nuestro, en el que se muere un señor como Delibes y casi nadie le llama intelectual es síntoma de dos cosas. Una, que el propio término “intelectual” está devaluado. Dos, que los que se autodenominan intelectuales tienen claro cuáles son las características que tiene que cumplir un intelectual. Por ejemplo, no ser castellano y estar orgulloso de serlo. No ser cazador, no haber criticado nunca a la izquierda, aunque se lo merezca, no haber tenido 7 hijos (eso suena a opusino y retrógrado),…
Cuando un país como el nuestro sólo ve posible ser intelectual y de izquierdas es que estamos al borde de no tener solución y, quizás, lo mejor sea decir “a la mierda los intelectuales, regenerémonos desde abajo”.
Por mi parte, hace años que siento el mayor de los desprecios cada vez que veo la palabra “intelectual” adosada a lo que sea, pero claro, vamos teniendo sobrado ejemplos de lo que estoy diciendo. Los últimos, los del Guillermo ese diciendo que algo habrá hecho Zapata para estar en la cárcel en Cuba. Me he acordado de la cantidad de veces que decían eso de la gente que asesinaba ETA a finales de los 70, en los 80 y hasta bien entrados los 90.
Hoy mismo leo que una panda de autodenominados que encabeza Pilar Bardem, Juan Diego o Miguel Ríos dicen que es perverso que unos presuntos delincuentes conviertan al juez Garzón en reo. Vaya por dios. Ellos, los mismos que quieren no se qué justicia sobre hechos de hace casi un siglo se niegan a que haya justicia sobre hechos de antes de ayer. Porque de eso estamos hablando, de justicia. Y no nos confundamos. Ningún juez es la justicia. Los jueces, también Garzón, son instrumentos para impartir justicia.
Desgraciadamente, no es la primera vez que en España se juzga a un juez (parece un trabalenguas), ni será la última, si llega el caso. Ni es la primera vez que se condena a un juez, ni será la última, si llega el caso. Y no entiendo, o sí, porque hay tanto alboroto de los radicales folclóricos autodenominados intelectuales. Pero habría que decírselo a la cara, porque ellos no tienen ninguna superioridad moral sobre el resto de los españoles, por mucho que se empeñen. Por cierto, en su torpeza llevan la penitencia. Si esos que han denunciado a Garzón son “presuntos” según sus propias palabras, están en el mismo estatus que Garzón, que sigue siendo “presunto” mientras no sea condenado. Como todos. Ni más ni menos.
martes, 16 de marzo de 2010
lunes, 15 de marzo de 2010
PERDÓN POR EL RETRASO
He llegado tarde a muchas cosas en mi vida. Y he de decir que no me ha pasado nada. En algunos casos, es cierto, he pensado más de una vez como hubiese sido si hubiese llegado antes. De todas formas, como tampoco soy de arrepentirme, cierro rápido capítulos y a otra cosa.
Por ejemplo, he pensado más de una vez si hubiese podido llegar a ser un deportista profesional. He practicado varios pero o los empecé un poco tarde, o fui inconstante o no supe aprender de las enseñanzas, o todo ello junto. No me arrepiento. A día de hoy sigo disfrutando y he descubierto otros deportes y me da mucha pereza pensar en los problemas físicos que arrastran los ex deportistas para toda su vida.
Llegué tarde al tema de las chicas. En realidad, sería más correcto decir que ni llegué. Me tope con la indicada a lo que podríamos calificar como una edad provecta y no ha habido ni antes, ni después, ni falta que hace. Pero me causa cierta ternura cuando mis amigos, cada vez más, hablan de sus novias de juventud o comparan lo que tuvieron con lo que tienen. Se me escapan sus reflexiones.
Llegue tarde a los idiomas y, parar ser justos, no me esforcé demasiado. Me dio miedo. Temí al fracaso. Y ahora intento casi cada día ponerle remedio. Me costó mucho quitarme la vergüenza. Me la he quitado. Pero, siendo mucho, no es suficiente. Y conozco mucha gente de mi edad y más mayor que está tomando decisiones drásticas del tipo de me voy unos meses a un país que no conozco para asentar lo que sé y aprender lo que no sé. Tal vez, en esta ocasión sí lo haga. Ya veremos.
Pero una de las cosas a las que llegué tarde y más rabia me da es la lectura. Esa es culpa sólo mía. En casa de mis padres había miles de libros. Soy incapaz de recordar un rincón de casa que no tuviese libros. Todos los días, después del pis del primer minuto, había que coger el periódico que había en la puerta. ¡Qué hermosura!. Y los fines de semana había 3 ó 4 periódicos para elegir, ¡con sus correspondientes revistas!.
Recuerdo la colección de Mortadelos, de Astérix, de Mafaldas, de Rompetechos,… Esos sí que los devoraba, como la prensa, pero el salto a los libros no me fue sencillo. Ni con los Cinco, ni con Guillermo el Travieso,… No fui capaz. Desarrollé una gran habilidad para torear las lecturas obligatorias en el colegio y en el instituto. Es el día de hoy que hay profesores y amigos (no es incompatible) que no se explican cómo pude llegar a la universidad sin haber leído El Lazarillo de Tormes, El Quijote, o Zalacaín. Con esas carencias no es de extrañar que todavía cometa faltas de ortografía. Los milagros no existen por mucho que se empeñe Frank Capra.
Pero aunque llegué tarde, he hecho un gran esfuerzo, uno de los mayores de mi vida, por arreglarlo. Y hay un puñado de personas que me han ayudado, guiado y encauzado bien. Pilar, profesora magnífica que pulsó la tecla precisa en segundo de carrera para interesarme de verdad por los libros. Jose, que sigue siendo un ejemplo a mi lado después de 20 años de amistad. Antonio, que me enseñó a cerrar cualquier libro y pasar a otro que me interesase más.
Y también algunos autores que han dejado páginas que me ha gustado mucho leer. Páginas sencillas, salidas de una mente privilegiada que recogen historias que he sido capaz de interiorizar. Para no perder la tradición que vengo volcando en estas frases, he llegado tarde a la muerte de Miguel Delibes, una de esas personas que me han ayudado. Un tipo, dicen los que le conocieron, tan sencillo como su literatura. Alguien que se merecía el respeto y el cariño de todos nosotros, el que los anónimos han sabido darle y el que algunas autoridades le han dado entre dientes y de mala manera. Ellos sabrán. Peor para ellos.
Gracias, Delibes. Y perdón por el retraso.
Por ejemplo, he pensado más de una vez si hubiese podido llegar a ser un deportista profesional. He practicado varios pero o los empecé un poco tarde, o fui inconstante o no supe aprender de las enseñanzas, o todo ello junto. No me arrepiento. A día de hoy sigo disfrutando y he descubierto otros deportes y me da mucha pereza pensar en los problemas físicos que arrastran los ex deportistas para toda su vida.
Llegué tarde al tema de las chicas. En realidad, sería más correcto decir que ni llegué. Me tope con la indicada a lo que podríamos calificar como una edad provecta y no ha habido ni antes, ni después, ni falta que hace. Pero me causa cierta ternura cuando mis amigos, cada vez más, hablan de sus novias de juventud o comparan lo que tuvieron con lo que tienen. Se me escapan sus reflexiones.
Llegue tarde a los idiomas y, parar ser justos, no me esforcé demasiado. Me dio miedo. Temí al fracaso. Y ahora intento casi cada día ponerle remedio. Me costó mucho quitarme la vergüenza. Me la he quitado. Pero, siendo mucho, no es suficiente. Y conozco mucha gente de mi edad y más mayor que está tomando decisiones drásticas del tipo de me voy unos meses a un país que no conozco para asentar lo que sé y aprender lo que no sé. Tal vez, en esta ocasión sí lo haga. Ya veremos.
Pero una de las cosas a las que llegué tarde y más rabia me da es la lectura. Esa es culpa sólo mía. En casa de mis padres había miles de libros. Soy incapaz de recordar un rincón de casa que no tuviese libros. Todos los días, después del pis del primer minuto, había que coger el periódico que había en la puerta. ¡Qué hermosura!. Y los fines de semana había 3 ó 4 periódicos para elegir, ¡con sus correspondientes revistas!.
Recuerdo la colección de Mortadelos, de Astérix, de Mafaldas, de Rompetechos,… Esos sí que los devoraba, como la prensa, pero el salto a los libros no me fue sencillo. Ni con los Cinco, ni con Guillermo el Travieso,… No fui capaz. Desarrollé una gran habilidad para torear las lecturas obligatorias en el colegio y en el instituto. Es el día de hoy que hay profesores y amigos (no es incompatible) que no se explican cómo pude llegar a la universidad sin haber leído El Lazarillo de Tormes, El Quijote, o Zalacaín. Con esas carencias no es de extrañar que todavía cometa faltas de ortografía. Los milagros no existen por mucho que se empeñe Frank Capra.
Pero aunque llegué tarde, he hecho un gran esfuerzo, uno de los mayores de mi vida, por arreglarlo. Y hay un puñado de personas que me han ayudado, guiado y encauzado bien. Pilar, profesora magnífica que pulsó la tecla precisa en segundo de carrera para interesarme de verdad por los libros. Jose, que sigue siendo un ejemplo a mi lado después de 20 años de amistad. Antonio, que me enseñó a cerrar cualquier libro y pasar a otro que me interesase más.
Y también algunos autores que han dejado páginas que me ha gustado mucho leer. Páginas sencillas, salidas de una mente privilegiada que recogen historias que he sido capaz de interiorizar. Para no perder la tradición que vengo volcando en estas frases, he llegado tarde a la muerte de Miguel Delibes, una de esas personas que me han ayudado. Un tipo, dicen los que le conocieron, tan sencillo como su literatura. Alguien que se merecía el respeto y el cariño de todos nosotros, el que los anónimos han sabido darle y el que algunas autoridades le han dado entre dientes y de mala manera. Ellos sabrán. Peor para ellos.
Gracias, Delibes. Y perdón por el retraso.
lunes, 8 de marzo de 2010
DE NIEVES
No seré yo quien diga que estamos teniendo un invierno de perros pero sí que en mi corta experiencia no recuerdo uno con tantas nevadas. No han sido nevadas imposibles, permanentes, de frío helador e incómodo. No. Pero sí lo suficientemente permanente como para que no se me vaya de la cabeza con facilidad.
Hace 20 años que vivo en Madrid y en este tiempo he visto unas cuantas nevadas. Los primeros años las esperaba, venía yo de zona de costa y no era habitual vivir un invierno blanco, con cierta alegría. Pero no llegaban. Luego se iban sucediendo a un ritmo de año sí, dos años no. Y resultaba entretenido. De un quinquenio para acá nieva todos los inviernos. Una nevadita (en la capital, se entiende) que hace que todos marquemos ese día en el calendario. Más por lo anecdótico que otra cosa. Además, casi todos hacemos alguna foto, como si nunca más fuese a nevar. Y tenemos una colección que ya ya.
Lo de este año está siendo diferente. Que recuerde, ha nevado media docena de veces. En alguno de los días de forma copiosa. Además, si lo normal era que nevase en torno a navidades o en febrero, este año ha nevado antes de fiestas, después de fiestas, en febrero, en marzo,… Y ya veremos si no volvemos a ver la nieve. No ha sido un invierno especialmente crudo, duro o frío. Los recuerdo peores, pero parece que es más fácil recordar la nieve que el frío.
Hablando de recordar, tanta nieve me ha traído a la memoria a un buen amigo que es fanático de los refranes, y de otras muchas cosas. Durante años trabajé con él y lo de buscar refranes para ilustrar lo que quería decir en cada momento se convirtió en una de mis tareas cuando la cosa se salía de lo más habitual. En este caso ha venido a mi cabeza un refrán muy conocido. Aquel que dice “Año de nieves, año de bienes”. Lo he utilizado ya en algunas ocasión en las últimas semanas y no puedo dejar de pensar que los estrategas políticos de Rajoy estarán deseando que en horas 24 no pase de las musas a… la realidad. De lo contrario, les joderá la estrategia para la segunda mitad de la legislatura.
No es probable que las cosas cambien porque en invierno haya nevado pero sí lo es, en mi opinión, que vamos a tener un buen verano en muchos aspectos. El turismo ajustará márgenes y la actividad será importante. Además, el agua caída traerá una excelente primavera que dejará una naturaleza reventona de esas que gusta ver casi tanto como a Charlize Theron en la pantalla. Y todo eso nos animará a todos. Además, es difícil seguir empeorando al ritmo que lo íbamos haciendo, con lo cual empezaremos todos a convencernos de que las cosas empiezan a ir menos mal.
Además, nada más terminar el verano empezaremos el maratón electoral de 18 meses que nos llevará a las generales de 2012 pasando por las catalanas de noviembre, las municipales y autonómicas de 2011 y las que vayan surgiendo por el camino. Y ya sabemos que los periodos electorales son propicios para grandes euforias y sonoros gorrazos. La realidad se maquilla, ya sea para disimular los defectos o para resaltarlos y nunca podemos estar seguros de si lo que estamos viendo es lo que creemos o lo que quieren que veamos.
Por eso, somos tantos los que disfrutamos viendo la nieve. Porque nadie le da forma pero deja un paisaje uniforme, suave, agradable. Hasta que llegamos los demás y empezamos a pisotearlo. ¡Qué le vamos a hacer!.
Hace 20 años que vivo en Madrid y en este tiempo he visto unas cuantas nevadas. Los primeros años las esperaba, venía yo de zona de costa y no era habitual vivir un invierno blanco, con cierta alegría. Pero no llegaban. Luego se iban sucediendo a un ritmo de año sí, dos años no. Y resultaba entretenido. De un quinquenio para acá nieva todos los inviernos. Una nevadita (en la capital, se entiende) que hace que todos marquemos ese día en el calendario. Más por lo anecdótico que otra cosa. Además, casi todos hacemos alguna foto, como si nunca más fuese a nevar. Y tenemos una colección que ya ya.
Lo de este año está siendo diferente. Que recuerde, ha nevado media docena de veces. En alguno de los días de forma copiosa. Además, si lo normal era que nevase en torno a navidades o en febrero, este año ha nevado antes de fiestas, después de fiestas, en febrero, en marzo,… Y ya veremos si no volvemos a ver la nieve. No ha sido un invierno especialmente crudo, duro o frío. Los recuerdo peores, pero parece que es más fácil recordar la nieve que el frío.
Hablando de recordar, tanta nieve me ha traído a la memoria a un buen amigo que es fanático de los refranes, y de otras muchas cosas. Durante años trabajé con él y lo de buscar refranes para ilustrar lo que quería decir en cada momento se convirtió en una de mis tareas cuando la cosa se salía de lo más habitual. En este caso ha venido a mi cabeza un refrán muy conocido. Aquel que dice “Año de nieves, año de bienes”. Lo he utilizado ya en algunas ocasión en las últimas semanas y no puedo dejar de pensar que los estrategas políticos de Rajoy estarán deseando que en horas 24 no pase de las musas a… la realidad. De lo contrario, les joderá la estrategia para la segunda mitad de la legislatura.
No es probable que las cosas cambien porque en invierno haya nevado pero sí lo es, en mi opinión, que vamos a tener un buen verano en muchos aspectos. El turismo ajustará márgenes y la actividad será importante. Además, el agua caída traerá una excelente primavera que dejará una naturaleza reventona de esas que gusta ver casi tanto como a Charlize Theron en la pantalla. Y todo eso nos animará a todos. Además, es difícil seguir empeorando al ritmo que lo íbamos haciendo, con lo cual empezaremos todos a convencernos de que las cosas empiezan a ir menos mal.
Además, nada más terminar el verano empezaremos el maratón electoral de 18 meses que nos llevará a las generales de 2012 pasando por las catalanas de noviembre, las municipales y autonómicas de 2011 y las que vayan surgiendo por el camino. Y ya sabemos que los periodos electorales son propicios para grandes euforias y sonoros gorrazos. La realidad se maquilla, ya sea para disimular los defectos o para resaltarlos y nunca podemos estar seguros de si lo que estamos viendo es lo que creemos o lo que quieren que veamos.
Por eso, somos tantos los que disfrutamos viendo la nieve. Porque nadie le da forma pero deja un paisaje uniforme, suave, agradable. Hasta que llegamos los demás y empezamos a pisotearlo. ¡Qué le vamos a hacer!.
sábado, 9 de enero de 2010
DESAHOGO
Pocas, muy pocas veces he estado tan de acuerdo con Ibarra. Esta semana publicaba uno de esos artículos provocadores suyos que tanta polvareda generan. Este era sobre los famosos derechos de autor. Armaba dos o tres argumentos claramente demagógicos pero no menos esclarecedores el que fuera presidente perpetuo de Extremadura. Digo demagógicos porque soy el primero que, incluso sin ser creador ni autor ni nada que se le parezca (y dios me libre), se da cuenta de que no es lo mismo un tema de Sabina o un libro de Zafón o una película de Trueba que un kilo de naranjas. Ya lo sé.
Claro, el regocijo que me produjo el artículo de Ibarra fue mayor cuando, 48 horas después, comprobé que alguien tan moderado como Muñoz Molina se lanzaba a la yugular del ex político con argumentos igual de demagógicos pero mucho más peregrinos. La pupa que le habían hechos las palabras de Ibarra afloraba desde el primer párrafo en el que llamaba presidente jubilado al socialista. Y después se metía en disquisiciones sobre qué pasaría si Ibarra se llevase el famoso kilo de naranjas de la tienda sin pagarlo.
Pasaría, por supuesto, que sería perseguido y detenido por ladrón. Pero no es eso de lo que hablaba Ibarra ni de lo que hablamos los pobres usuarios. Hablamos de otro robo, aquel al que nos vemos sometidos porque algunos creadores se han hecho fuertes y se han asociado al poder para cogernos por el escroto y no soltarnos. Y eso si que no. No es que le tenga demasiado aprecio a mis testículos, no sirven para gran cosa, la verdad. Es que me molesta tener ahí una mano desconocida con la amenaza perpetua de apretar, porque duele mucho oiga, cuando aprieta.
Qué pasaría si nosotros compramos un libro, un disco, una película o un grabado y cada vez que vamos a leerlo, escucharlo, verla o mirarlo tenemos que pagar. Pues pasaría que estaríamos en un país de locos. Sin embargo, aquí hay una sociedad que cobra cada vez que alguien quiere hacer una versión de una canción; cobra cuando esa versión se graba de forma efectiva; cobra por cada orquesta que graba esa versión; cobra cuando usted compra el disco en cuestión; y cobra cada vez que alguien reproduce ese disco fuera de su ámbito privado (cada vez más circunscrito a su cuarto de baño). Eso es lo que pasa. A la mayoría no nos parece normal pero la inmensa mayoría no hace nada. Ya está bien.
En mi opinión, el problema nace en el mismo planteamiento de los derechos de autor aunque se haya multiplicado ahora con el desarrollo vertiginoso de la tecnología. Vamos a ver en la antigüedad había básicamente dos grupos de “artistas” (por simplificar y llamarlos de alguna manera). Uno de esos grupos estaría formado por aquellos habilidosos que eran contratados para hacer una obra a la mayor gloria de quién los contrataba. Ese podría ser el caso de alguien como Fidias, escultor, pintor, arquitecto de la Grecia clásica que era requerido y cobraba su sueldo o remuneración por ello. Sin salir del panorama clásico, el ejemplo del otro grupo podría ser Homero, recopilador de la tradición oral y autor de dos libros tan leídos, vendidos y citados como La Iliada y La Odisea que no consta que cobrase por ellos ni por sus derechos de autor. Componía sus textos porque se le daba bien, le gustaba y resultaba eficaz. El que esos textos se hayan convertido en libros y en obras de arte de referencia en todo el mundo es secundario.
Hasta aquí tenemos a dos grupos de personas que tienen y desarrollan ciertas habilidades como mejor les parece. Luego existen otros dos grupos que no tienen nada que ver con los anteriores pero que, en algunos casos, van surgiendo al amparo de ellos. Son aquellos que sin tener ninguna habilidad conocida y reconocible pretenden cobrar como Fidias y pasar a la posteridad como Homero. Los jetas, vamos. El segundo de estos grupos lo forman los que quieren aprovecharse del trabajo de los dos primeros grupos para sobrevivir ellos de la mejor manera posible sin tener que aportar gran cosa (nada en absoluto, para ser exactos) al producto final. En este último grupo podemos retomar el caso del kilo de naranjas.
Resulta que cuando nos enteramos que a los agricultores que producen las naranjas les pagan 25 céntimos de euro por kilo aunque nosotros lo paguemos a 3 ó 4 euros cargamos contra esos malvados intermediarios que encarecen el precio, se quedan con la inmensa mayoría del beneficio y tienen sometidos a los pobres agricultores. Pero cuando conocemos que los 20 eurazos que nosotros pagamos por un disco no llegan para mantener al pobre de Alejandro Sanz en su mansión de Miami, ni para que Teddy Bautista pueda seguir comprando edificios con fines no siempre confesables o legales, todo el mundo mira a los que se bajan el disco en cuestión de internet. Resulta que la culpa es de esa gente y de la tecnología. Manda huevos, como si las naranjas se siguiesen trayendo de levante a Madrid en carros de burras y no en potentes camiones frigorífico. Como si no se metiesen en cámaras para poder ampliar la temporada de consumo.
Es tan patético y absurdo que me he permitido, yo también, ser un poco demagógico. Pero creo que queda clara mi postura. A ver si en menos palabras logro lo mismo con otros dos casos que también nos han azotado esta semana. El primero es el de ese petimetre de nombre Juan López de Uralde, a la sazón Director Ejecutivo de Greenpeace España. Este personaje no tuvo reparos en cometer un delito al servicio de los intereses de su asociación. Dicho sea de paso, asociación especialista en cometer todo tipo de delitos (menores desde luego, pero delitos) con el amparo de los loables objetivos (o no) que la animan. Lo estaba cometiendo digo y sabía a lo que se exponía pero, claro, era mucho mayor el beneficio que iba a obtener. Y estaba el negocio completo. Pongo por delante y sin matices que me parece una pasada que se tenga a alguien 20 días entre rejas por entrar en un edificio público. No hay duda. Pero esta gente son unos jetas que se creen con patente de corso y ya está bien. Me gustaría saber qué pensarían todos los defensores y justificadores que les han salido estos días si un día fuesen a entrar en su casa y se encontrasen a alguien en su salón, bebiéndose un par de las cervezas que tenían en la nevera. Claro, ya sé que me olvido que Uralde es de Greenpeace y los ocupas de la casa no. Perdón.
Finalmente, tengo que decir que condeno firmemente la agresión a Hermann Terscht de hace un mes. Firmemente. Y la condeno no porque él sea periodista. No tienen los periodistas, en mi opinión, ningún mérito superior al resto de los ciudadanos. La condeno porque no me parece bien la violencia. Punto. Condeno y denuncio, con la misma firmeza, la campaña de intoxicación lamentable que han generado desde algunos medios y desde algunos ámbitos políticos al calor de este suceso. Lamentable que hayan querido relacionar esta agresión con un enfrentamiento político y/o mediático de la índole que sea. No me gusta el enfrentamiento entre posiciones ideológicas que estamos viviendo en España desde hace años, y lo he dicho, pero no se puede relacionar con una pelea de bar de madrugada que son un clásico en toda la historia. Por cierto, Hermann, deberías volver a la primera versión que diste de la agresión. Aquella moderada declaración que hiciste para Telemadrid el sábado 12 de diciembre, antes de sentirte el mártir protagonista de la cruzada lanzada desde algún edificio importante del centro más importante de Madrid. Una cruzada que ha sido acallada por los hechos y cuyos inventores no han dicho nada en las últimas 48 horas, desde que se ha conocido que el detenido es un broncas profesional entre los borrachos, drogadictos y maleantes de la noche de la capital. Dicho sea sin ofender, Hermann.
Claro, el regocijo que me produjo el artículo de Ibarra fue mayor cuando, 48 horas después, comprobé que alguien tan moderado como Muñoz Molina se lanzaba a la yugular del ex político con argumentos igual de demagógicos pero mucho más peregrinos. La pupa que le habían hechos las palabras de Ibarra afloraba desde el primer párrafo en el que llamaba presidente jubilado al socialista. Y después se metía en disquisiciones sobre qué pasaría si Ibarra se llevase el famoso kilo de naranjas de la tienda sin pagarlo.
Pasaría, por supuesto, que sería perseguido y detenido por ladrón. Pero no es eso de lo que hablaba Ibarra ni de lo que hablamos los pobres usuarios. Hablamos de otro robo, aquel al que nos vemos sometidos porque algunos creadores se han hecho fuertes y se han asociado al poder para cogernos por el escroto y no soltarnos. Y eso si que no. No es que le tenga demasiado aprecio a mis testículos, no sirven para gran cosa, la verdad. Es que me molesta tener ahí una mano desconocida con la amenaza perpetua de apretar, porque duele mucho oiga, cuando aprieta.
Qué pasaría si nosotros compramos un libro, un disco, una película o un grabado y cada vez que vamos a leerlo, escucharlo, verla o mirarlo tenemos que pagar. Pues pasaría que estaríamos en un país de locos. Sin embargo, aquí hay una sociedad que cobra cada vez que alguien quiere hacer una versión de una canción; cobra cuando esa versión se graba de forma efectiva; cobra por cada orquesta que graba esa versión; cobra cuando usted compra el disco en cuestión; y cobra cada vez que alguien reproduce ese disco fuera de su ámbito privado (cada vez más circunscrito a su cuarto de baño). Eso es lo que pasa. A la mayoría no nos parece normal pero la inmensa mayoría no hace nada. Ya está bien.
En mi opinión, el problema nace en el mismo planteamiento de los derechos de autor aunque se haya multiplicado ahora con el desarrollo vertiginoso de la tecnología. Vamos a ver en la antigüedad había básicamente dos grupos de “artistas” (por simplificar y llamarlos de alguna manera). Uno de esos grupos estaría formado por aquellos habilidosos que eran contratados para hacer una obra a la mayor gloria de quién los contrataba. Ese podría ser el caso de alguien como Fidias, escultor, pintor, arquitecto de la Grecia clásica que era requerido y cobraba su sueldo o remuneración por ello. Sin salir del panorama clásico, el ejemplo del otro grupo podría ser Homero, recopilador de la tradición oral y autor de dos libros tan leídos, vendidos y citados como La Iliada y La Odisea que no consta que cobrase por ellos ni por sus derechos de autor. Componía sus textos porque se le daba bien, le gustaba y resultaba eficaz. El que esos textos se hayan convertido en libros y en obras de arte de referencia en todo el mundo es secundario.
Hasta aquí tenemos a dos grupos de personas que tienen y desarrollan ciertas habilidades como mejor les parece. Luego existen otros dos grupos que no tienen nada que ver con los anteriores pero que, en algunos casos, van surgiendo al amparo de ellos. Son aquellos que sin tener ninguna habilidad conocida y reconocible pretenden cobrar como Fidias y pasar a la posteridad como Homero. Los jetas, vamos. El segundo de estos grupos lo forman los que quieren aprovecharse del trabajo de los dos primeros grupos para sobrevivir ellos de la mejor manera posible sin tener que aportar gran cosa (nada en absoluto, para ser exactos) al producto final. En este último grupo podemos retomar el caso del kilo de naranjas.
Resulta que cuando nos enteramos que a los agricultores que producen las naranjas les pagan 25 céntimos de euro por kilo aunque nosotros lo paguemos a 3 ó 4 euros cargamos contra esos malvados intermediarios que encarecen el precio, se quedan con la inmensa mayoría del beneficio y tienen sometidos a los pobres agricultores. Pero cuando conocemos que los 20 eurazos que nosotros pagamos por un disco no llegan para mantener al pobre de Alejandro Sanz en su mansión de Miami, ni para que Teddy Bautista pueda seguir comprando edificios con fines no siempre confesables o legales, todo el mundo mira a los que se bajan el disco en cuestión de internet. Resulta que la culpa es de esa gente y de la tecnología. Manda huevos, como si las naranjas se siguiesen trayendo de levante a Madrid en carros de burras y no en potentes camiones frigorífico. Como si no se metiesen en cámaras para poder ampliar la temporada de consumo.
Es tan patético y absurdo que me he permitido, yo también, ser un poco demagógico. Pero creo que queda clara mi postura. A ver si en menos palabras logro lo mismo con otros dos casos que también nos han azotado esta semana. El primero es el de ese petimetre de nombre Juan López de Uralde, a la sazón Director Ejecutivo de Greenpeace España. Este personaje no tuvo reparos en cometer un delito al servicio de los intereses de su asociación. Dicho sea de paso, asociación especialista en cometer todo tipo de delitos (menores desde luego, pero delitos) con el amparo de los loables objetivos (o no) que la animan. Lo estaba cometiendo digo y sabía a lo que se exponía pero, claro, era mucho mayor el beneficio que iba a obtener. Y estaba el negocio completo. Pongo por delante y sin matices que me parece una pasada que se tenga a alguien 20 días entre rejas por entrar en un edificio público. No hay duda. Pero esta gente son unos jetas que se creen con patente de corso y ya está bien. Me gustaría saber qué pensarían todos los defensores y justificadores que les han salido estos días si un día fuesen a entrar en su casa y se encontrasen a alguien en su salón, bebiéndose un par de las cervezas que tenían en la nevera. Claro, ya sé que me olvido que Uralde es de Greenpeace y los ocupas de la casa no. Perdón.
Finalmente, tengo que decir que condeno firmemente la agresión a Hermann Terscht de hace un mes. Firmemente. Y la condeno no porque él sea periodista. No tienen los periodistas, en mi opinión, ningún mérito superior al resto de los ciudadanos. La condeno porque no me parece bien la violencia. Punto. Condeno y denuncio, con la misma firmeza, la campaña de intoxicación lamentable que han generado desde algunos medios y desde algunos ámbitos políticos al calor de este suceso. Lamentable que hayan querido relacionar esta agresión con un enfrentamiento político y/o mediático de la índole que sea. No me gusta el enfrentamiento entre posiciones ideológicas que estamos viviendo en España desde hace años, y lo he dicho, pero no se puede relacionar con una pelea de bar de madrugada que son un clásico en toda la historia. Por cierto, Hermann, deberías volver a la primera versión que diste de la agresión. Aquella moderada declaración que hiciste para Telemadrid el sábado 12 de diciembre, antes de sentirte el mártir protagonista de la cruzada lanzada desde algún edificio importante del centro más importante de Madrid. Una cruzada que ha sido acallada por los hechos y cuyos inventores no han dicho nada en las últimas 48 horas, desde que se ha conocido que el detenido es un broncas profesional entre los borrachos, drogadictos y maleantes de la noche de la capital. Dicho sea sin ofender, Hermann.
miércoles, 30 de diciembre de 2009
SIEMBRA, QUE ALGO QUEDA
Hace años, durante la parte más tensa de la guerra fría, había una revista que publicaba en portada, en todos sus números, un termómetro. En él, media cual era el riesgo que cada mes (era una publicación mensual) existía de que se desencadenase un conflicto nuclear. Era, insisto, una revista. Prestigiosa, pero una revista. Y, además, lo publicaba todos los meses. Cuando aumentaba el riesgo, cuando se mantenía y cuando descendía.
En Estados Unidos, como se encargan de recordarnos numerosos columnistas estos días, se publica semanalmente el nivel de alerta terrorista. Un nivel que viene también dado por una escala de colores que recuerda, y mucho, a un termómetro. Cuando el otro día, el ministro de Interior dijo, así, sin más, que había un serio riesgo de atentado de ETA, en forma de bomba y/o de secuestro (hemos sabido después) no se movía en estos parámetros.
Tradicionalmente, los cambios de año, los acontecimientos destacados o los momentos de máxima visibilidad, sobre todo internacional, son escaparate para los asesinos. Tradicionalmente, el nivel de alerta se eleva en esos casos. Pero se suele hacer de forma discreta y se hace público cuando están tomadas las posiciones.
Si Rubalcaba tenía información fiable (y si no la tiene él, ya me dirás quién puñetas la va a tener) debería haber puesto en alerta a todas las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado. Haber hablado con los escoltas y los grupos de seguridad privada, con los consejeros de Interior de las comunidades autónomas, con las personas amenazadas,… Debería haber alertado a todos los que se ven más directamente afectados por la amenaza de los terroristas. Y luego, cuando todas las medidas hubiesen sido tomadas, haber alertado a la ciudadanía, o no.
Pero no lo ha hecho así.
He de decir que llevo unos días, desde que Rubalcaba habló, dándole vueltas, sin hallar respuesta, a la razón que le ha llevado a actuar así. Y hoy he leído, de pie, que es como se le tiene que leer, a Florencio Domínguez en La Vanguardia. Y, cómo casi siempre, me ha llevado por unos derroteros que no se me hubiesen ocurrido a mi solito.
Dice Florencio, y de esto sabe, que la izquierda radical asesina está bastante “acojonada” (traduzco yo) por la presión que ejerce el ministerio con Rubalcaba al frente. Dice que se sienten acorralados, amenazados, asfixiados. Y dice Florencio que las palabras del ministro iban dirigidas a Batasuna. Qué es una forma de decirles que sabe en lo que andan y que es mejor que no lo intenten porque se van a arrepentir.
A la tesis, lógicamente, cabría contraponer diversos argumentos. Si sabe lo que van a hacer, que los trinque y listo el bote. Si lo sabe, que lo evite. Lo sepa o no lo sepa, no se acaba de entender porque les da opciones. Pero también es cierto que sembrar el desconcierto, la duda, la incertidumbre, la cizaña, puede dar buenos resultados. Veremos.
En Estados Unidos, como se encargan de recordarnos numerosos columnistas estos días, se publica semanalmente el nivel de alerta terrorista. Un nivel que viene también dado por una escala de colores que recuerda, y mucho, a un termómetro. Cuando el otro día, el ministro de Interior dijo, así, sin más, que había un serio riesgo de atentado de ETA, en forma de bomba y/o de secuestro (hemos sabido después) no se movía en estos parámetros.
Tradicionalmente, los cambios de año, los acontecimientos destacados o los momentos de máxima visibilidad, sobre todo internacional, son escaparate para los asesinos. Tradicionalmente, el nivel de alerta se eleva en esos casos. Pero se suele hacer de forma discreta y se hace público cuando están tomadas las posiciones.
Si Rubalcaba tenía información fiable (y si no la tiene él, ya me dirás quién puñetas la va a tener) debería haber puesto en alerta a todas las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado. Haber hablado con los escoltas y los grupos de seguridad privada, con los consejeros de Interior de las comunidades autónomas, con las personas amenazadas,… Debería haber alertado a todos los que se ven más directamente afectados por la amenaza de los terroristas. Y luego, cuando todas las medidas hubiesen sido tomadas, haber alertado a la ciudadanía, o no.
Pero no lo ha hecho así.
He de decir que llevo unos días, desde que Rubalcaba habló, dándole vueltas, sin hallar respuesta, a la razón que le ha llevado a actuar así. Y hoy he leído, de pie, que es como se le tiene que leer, a Florencio Domínguez en La Vanguardia. Y, cómo casi siempre, me ha llevado por unos derroteros que no se me hubiesen ocurrido a mi solito.
Dice Florencio, y de esto sabe, que la izquierda radical asesina está bastante “acojonada” (traduzco yo) por la presión que ejerce el ministerio con Rubalcaba al frente. Dice que se sienten acorralados, amenazados, asfixiados. Y dice Florencio que las palabras del ministro iban dirigidas a Batasuna. Qué es una forma de decirles que sabe en lo que andan y que es mejor que no lo intenten porque se van a arrepentir.
A la tesis, lógicamente, cabría contraponer diversos argumentos. Si sabe lo que van a hacer, que los trinque y listo el bote. Si lo sabe, que lo evite. Lo sepa o no lo sepa, no se acaba de entender porque les da opciones. Pero también es cierto que sembrar el desconcierto, la duda, la incertidumbre, la cizaña, puede dar buenos resultados. Veremos.
lunes, 28 de diciembre de 2009
VUELA QUE ALGO QUEDA
No creo que a estas alturas valga de mucho, pero aviso, lo que sigue no es una inocentada. Hace 5 años, en 2004, miles de aves fueron anilladas en el Delta del Ebro. Entre esas aves había ejemplares de flamenco. Ya sabes, esas zancudas rosas con un gran pico curvo y negro. El pasado día de Navidad, una de esas aves fue localizada en Central Park, allá, en Nueva York.
Lo que me sorprende, visto como está la cosa, no es que el ave haya llegado hasta allí. Volar es lo que tiene. Te pones a darle a las alas y cuando te das cuenta has recorrido 5.000 kilómetros, has cruzado todo un océano y te entran unas ganas locas de descansar un rato. Lo que me sorprende es que, tal y como está la cosa, un objeto volante, no identificado y de procedencia europea intente entrar en Estados Unidos y no hayan despegado, de cualquier base militar un comando de F-18 para derribarlo.
Muy curioso.
A todas éstas, mira una cosa, si siguen apretando la cuestión de viajar en avión con restricciones, prohibiciones, impedimentos y desaparición de compañías, que de todo hay, vamos a dejar lo del mundo globalizado sólo para internet. Todos los que saben un poco de la seguridad en los vuelos aseguran que las medidas adoptadas después el 11-S no sirven, en realidad, para nada. Que son más disuasorias que otra cosa. Pero lo cierto es que sirven para dos cuestiones: una, cabrear a los viajeros; dos, alentar la prepotencia de los agentes (sean oficiales o no) encargados de aplicar esas medidas.
Nunca, jamás, en ningún país y en ninguna circunstancia se ha abortado un plan terrorista, criminal o delictivo en los controles de los aeropuertos. Nunca. Pero ahí seguimos mostrando nuestros calcetines remendados, sujetando los pantalones con los dientes o tratando de explicar en otro idioma que no es el nuestro que maldita la hora en la que se nos ocurrió colocarnos un piercing en la misma punta del capullo. Ese piercing que ahora está haciendo saltar las alarmas.
No te creas. Si tu, en lugar de estar pensando en que te vas de vacaciones, o que vuelves de vacaciones. Que llegas tarde a una reunión de trabajo o que estás a punto de cerrar el negocio de tu vida. Si en lugar de eso te vieses en la tesitura de tener una gorra de plato, un uniforme azul y una porra y pudieses hacer que los demás se quitasen el cinto y se descalzasen, a buenas horas te ibas a reprimir por el mero hecho de que no valiese para nada.
Naranjas de la china. Por mucho que los flamencos, los rosas con alas y zancos, pueden volar libremente tu no vas a hacer dejación de tus obligaciones, faltaría más. Vale que los estadounidenses de norteamérica del norte no sean capaces de sellar sus fronteras, por mucho que presuman de ello. Pero a mí me han dado una porra y voy a manejarla antes de que me manden a la ídem.
Perdón, he perdido el hilo. En cualquier caso, me gustaría añadir que, a este paso, lo de los vuelos va a ser de chiste. Los controladores, los pilotos, el personal de cabina y el de tierra te montan un gori cuando quieren y te jo… fastidian tus planes. Las compañías venden más billetes de los que caben en el avión, cambian los precios cuando quieren, te cobran los suplementos que les sale de las narices y suspenden vuelos en cuanto ven las orejas al lobo. Los organismos gestores de los aeropuertos te obligan a estar 2 ó 3 horas antes y te obligan a hacer todo tipo de majaderías antes de subir al avión y después de bajar.
Y nosotros, pobres estúpidos, seguimos volando. No tenemos arreglo.
Lo que me sorprende, visto como está la cosa, no es que el ave haya llegado hasta allí. Volar es lo que tiene. Te pones a darle a las alas y cuando te das cuenta has recorrido 5.000 kilómetros, has cruzado todo un océano y te entran unas ganas locas de descansar un rato. Lo que me sorprende es que, tal y como está la cosa, un objeto volante, no identificado y de procedencia europea intente entrar en Estados Unidos y no hayan despegado, de cualquier base militar un comando de F-18 para derribarlo.
Muy curioso.
A todas éstas, mira una cosa, si siguen apretando la cuestión de viajar en avión con restricciones, prohibiciones, impedimentos y desaparición de compañías, que de todo hay, vamos a dejar lo del mundo globalizado sólo para internet. Todos los que saben un poco de la seguridad en los vuelos aseguran que las medidas adoptadas después el 11-S no sirven, en realidad, para nada. Que son más disuasorias que otra cosa. Pero lo cierto es que sirven para dos cuestiones: una, cabrear a los viajeros; dos, alentar la prepotencia de los agentes (sean oficiales o no) encargados de aplicar esas medidas.
Nunca, jamás, en ningún país y en ninguna circunstancia se ha abortado un plan terrorista, criminal o delictivo en los controles de los aeropuertos. Nunca. Pero ahí seguimos mostrando nuestros calcetines remendados, sujetando los pantalones con los dientes o tratando de explicar en otro idioma que no es el nuestro que maldita la hora en la que se nos ocurrió colocarnos un piercing en la misma punta del capullo. Ese piercing que ahora está haciendo saltar las alarmas.
No te creas. Si tu, en lugar de estar pensando en que te vas de vacaciones, o que vuelves de vacaciones. Que llegas tarde a una reunión de trabajo o que estás a punto de cerrar el negocio de tu vida. Si en lugar de eso te vieses en la tesitura de tener una gorra de plato, un uniforme azul y una porra y pudieses hacer que los demás se quitasen el cinto y se descalzasen, a buenas horas te ibas a reprimir por el mero hecho de que no valiese para nada.
Naranjas de la china. Por mucho que los flamencos, los rosas con alas y zancos, pueden volar libremente tu no vas a hacer dejación de tus obligaciones, faltaría más. Vale que los estadounidenses de norteamérica del norte no sean capaces de sellar sus fronteras, por mucho que presuman de ello. Pero a mí me han dado una porra y voy a manejarla antes de que me manden a la ídem.
Perdón, he perdido el hilo. En cualquier caso, me gustaría añadir que, a este paso, lo de los vuelos va a ser de chiste. Los controladores, los pilotos, el personal de cabina y el de tierra te montan un gori cuando quieren y te jo… fastidian tus planes. Las compañías venden más billetes de los que caben en el avión, cambian los precios cuando quieren, te cobran los suplementos que les sale de las narices y suspenden vuelos en cuanto ven las orejas al lobo. Los organismos gestores de los aeropuertos te obligan a estar 2 ó 3 horas antes y te obligan a hacer todo tipo de majaderías antes de subir al avión y después de bajar.
Y nosotros, pobres estúpidos, seguimos volando. No tenemos arreglo.
sábado, 26 de diciembre de 2009
UNA LÁSTIMA DE SUDOKU
Seguro que sabes perfectamente que es un sudoku. Es más, estoy convencido de que has hecho más de uno. Ya sabes, 9 cuadros, 9 números, 9 combinaciones. Sencillo. Lo mejor de todo es que sabes cuales son los elementos. Sólo tienes que buscarles el sitio. Pero tiene su aquel.
Últimamente se ha puesto de moda aplicar el término sudoku a demasiadas cosas. Los presupuestos (sobre todo los del Gobierno) son un sudoku. La financiación autonómica fue y es un sudoku. Llegar a fin de mes es un sudoku. Como casi siempre, yo no estoy de acuerdo en la aplicación del término. En realidad, en todos estos casos, no sabemos de qué elementos partimos. Nos falta la certeza que es la premisa del verdadero sudoku. Más bien, en esos casos, se trata de la cuadratura del círculo. Algo imposible. Pero esa es una expresión manida. Antes se utilizaba también lo de la alquimia (como sinónimo de imposible) pero ahora también está pasado de moda. Ahora todo es un sudoku.
Pero sí creo que es aplicable, este término, a otra situación cada vez más común. Cuando los políticos, los periodistas y hasta el común de los mortales vamos a opinar sobre algo o a juzgar algo, en realidad partimos de unas premisas y las ajustamos sin considerar el fondo real de lo que juzgamos. Da lo mismo. Nosotros lo reducimos todo a esos 9 cuadraditos pegue o no pegue.
Lo que tantas veces se ha llamado la reducción al absurdo. O los apriorismos. Pero elevado a la enésima potencia porque nos afecta a todos. Qué le vamos a hacer. En lugar de absorber lo que nos rodea y aprender de ello. En lugar de estar abiertos a otras opiniones y aprender de todo o de casi todo, reducimos lo que nos rodea a nuestra estrecha mente.
Esta misma semana ha pasado con el mensaje del Rey por Nochebuena, era de esperar. Ha pasado con la sentencia contra dos periodistas (sus compañeros, de medio o no, en contra; los juristas, progresistas o conservadores, a favor). Ha pasado con los últimos trámites parlamentarios. Ha pasado con las candidaturas a los Globos de Oro. Está pasando con los balances del año…
Una lastima
Últimamente se ha puesto de moda aplicar el término sudoku a demasiadas cosas. Los presupuestos (sobre todo los del Gobierno) son un sudoku. La financiación autonómica fue y es un sudoku. Llegar a fin de mes es un sudoku. Como casi siempre, yo no estoy de acuerdo en la aplicación del término. En realidad, en todos estos casos, no sabemos de qué elementos partimos. Nos falta la certeza que es la premisa del verdadero sudoku. Más bien, en esos casos, se trata de la cuadratura del círculo. Algo imposible. Pero esa es una expresión manida. Antes se utilizaba también lo de la alquimia (como sinónimo de imposible) pero ahora también está pasado de moda. Ahora todo es un sudoku.
Pero sí creo que es aplicable, este término, a otra situación cada vez más común. Cuando los políticos, los periodistas y hasta el común de los mortales vamos a opinar sobre algo o a juzgar algo, en realidad partimos de unas premisas y las ajustamos sin considerar el fondo real de lo que juzgamos. Da lo mismo. Nosotros lo reducimos todo a esos 9 cuadraditos pegue o no pegue.
Lo que tantas veces se ha llamado la reducción al absurdo. O los apriorismos. Pero elevado a la enésima potencia porque nos afecta a todos. Qué le vamos a hacer. En lugar de absorber lo que nos rodea y aprender de ello. En lugar de estar abiertos a otras opiniones y aprender de todo o de casi todo, reducimos lo que nos rodea a nuestra estrecha mente.
Esta misma semana ha pasado con el mensaje del Rey por Nochebuena, era de esperar. Ha pasado con la sentencia contra dos periodistas (sus compañeros, de medio o no, en contra; los juristas, progresistas o conservadores, a favor). Ha pasado con los últimos trámites parlamentarios. Ha pasado con las candidaturas a los Globos de Oro. Está pasando con los balances del año…
Una lastima
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